El embrujo del equipo América

Por ahí desde los cinco años de edad digo que mi equipo de futbol es el América y creo que la palabra la aprendí a decir junto con mamá, papá o leche. No eran más que proclamas para llamar la atención a mis necesidades afectivas y fisiológicas, y por ello ustedes consideran en que difícilmente yo podría comprender términos como “Televisa, gobierno, árbitro vendido o complots”. Pero si hace falta hacer énfasis, lo hago: les juro que no, que antes de acceder al kinder no tenía la más puta remota idea de quiénes eran el PRI, Guillermo Cañedo o Emilio Azcárraga Jean y menos podría imaginarme ser un vaso comunicante de la enajenación de mis padres, en primer lugar porque a doña Mercedes siempre le ha valido madres el futbol y en segundo lugar porque don Marco Antonio nunca fue priista y de Televisa sólo le gustó “La Morenaza Paty” quien, como saben los viejos, fue un ángel moreno con piernas de gacela que estuvo en el programa “Sube Pelayo sube”. Ya no me detengo en más detalles porque como sea nunca faltará quien afirme que desde bebé yo fui víctima del imperialismo yanqui, la industria de la comunicación de masas o soldado del fervoroso himno que Andrés Manuel López Obrador compuso para el PRI. (A los más jóvenes les juro que esto también es cierto).

Entonces, le voy al Club América desde que tengo memoria. Tengo claro que esas aficiones son lo más parecido a cuando te enamoras: no sabes por qué y tampoco te interesa conocer las razones, solo amas y te entregas a la felicidad y al sufrimiento, a la alegría intensa y a las lágrimas. Mi equipo fue cobijo en la adversidad infantil –esparcida entre teporochos, rateros y putas–, ilusión complementaria de los héroes que don Marco me entregaba los martes con Memín y los viernes con Kaliman y, acaso sobre todo, el embrujo de un futuro alternativo en el que yo podría portar la camiseta 8 de Carlos Reinoso o el suéter número uno del Pajarito Cortés o El Wama Puente (a quien hace un año tuve oportunidad de decirle que en 1974 él era un impostor y yo Rafael Puente en realidad).

En 1976 yo tenía diez años, y no sólo sabía decir América, mamá, papá o leche sino chingue a su madre la U de G o términos menos inocentes aún como métele huevos Alcindo o ya ni la chinga Kiese que dejó ir el tercero aunque él mismo, un muy fino mediocampista paraguayo, en el Azteca, dobló a Calderón con aquel trallazo memorable para dejar el marcador 4-0 frente a los humillados Nené, Jair y todos ellos que poco a poco desaparecían como si fuera el conjuro de nuestros gritos en el Estadio, dije nuestros gritos, leyeron ustedes bien, si algo puedo presumir en la vida es que yo estaba en ese lugar viendo como los Cremas protagonizaban una epopeya más de su hermosa historia, y sí, creo que ahí entró en la sangre este equipo pero no por ese triunfo –que en sus derrotas soy también, siempre, americanista. No, soy americanista porque cuando Hugo Kiese lanzó un rayo desde su pierna vi a mi padre levantar los brazos con los puños cerrados, así extendidos como si quisiera alcanzar el cielo y en seguida miré una sonrisa plena bajo el cabello escaracolado; sus ojos brilllaban y en mí depositaban esa alegría inmensa. Ahí me di cuenta que yo sería feliz siempre, en ese mismo instante que congelo en la memoria cada vez que quiero serlo, y entonces lo soy más aún cuando mi equipo cumple 101 años y tengo en mi pecho la sonrisa de mi padre.

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