Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

El cumpleaños de la Tierra, Carl Sagan y las ganas de aprender, no de creer

No es verdad que el Sol salga para todos. Más todavía, el Sol no sale, lo que miramos cada mañana es un ilusión en el sentido doble: el que estimula los sentidos ante otro ciclo y la imagen del Sol proyectada en el horizonte; el primero alude al optimismo del nuevo comienzo y, el segundo, a que la salida del Sol es un espejismo: la Tierra gira y nosotros giramos con ella, y ese es el hecho también fascinante.

El horizonte tampoco existe aunque lo vemos, la atmósfera de la Tierra dobla los rayos del Sol, no hay un borde, eso también es una ilusión. Tiene sentido, sin embargo, ver al horizonte, es apenas el grano de arena de una playa entre todas las que existen en el planeta si tenemos como referente a las galaxias que existen en el Universo. Por cierto, cuando observamos el horizonte, el Sol es lo que fue ocho minutos antes, la luz del Sol tarda ocho minutos en llegar a la Tierra aunque la distancia es descomunal: en un segundo la luz viaja 300 mil kilómetros, la misma distancia que hay entre nosotros y la Luna.

Entonces, contemplar en el horizonte la puesta del Sol es contemplar el pasado aunque no lo sepamos. Y vaya que es un pasado remoto. Aquellos puntos tenues que miramos en el cielo de la noche fueron astros que existieron hace millones de años, varios de ellos cuando aún ni siquiera había vida en la Tierra. Vale la pena anotar: los primeros observadores del Universo no sabían que el telescopio era una máquina del tiempo y que eso significa la oportunidad de mirar nuestros propios orígenes aunque para ello habría que expandir el conocimiento tanto como la continua expansión del Cosmos; definir la unidad de medida del Universo es uno de los pasos importantes: cada año luz recorre diez millones de kilómetros y esto ayuda a tener una idea: la estrella más próxima a nosotros, después del Sol, se encuentra a cuatro años luz, es decir, 40 mil millones de kilómetros.

El tiempo es esencial para conocer el Universo, reitero. De ahí que podamos celebrar ahora mismo una fecha extraordinaria: la vida en la Tierra inició el 25 de septiembre. Sí, estamos de plácemes según el año cósmico que inicia el uno de enero con la Gran Explosión o el “Big Bang”; cada mes representa algo más de mil millones de años, por lo que en las dos terceras partes del años se formó la Tierra. Carl Sagan advirtió: “el organismo más simple es mucho más complejo que el mejor reloj”, y aunque un reloj supone la existencia de un relojero, la vida es más compleja y fascinante para saber sobre nosotros que remitirla al gran diseñador, como lo hicieron nuestros antepasados y como millones de personas hacen ahora mismo.

Cada mañana podemos despertar con la ilusión de mirar lo que no existe y desear un destino que tampoco existe. El señor Sol no entra ni sale por la ventana pero podemos cantarle y dar gracias a Dios por otro día más. Eso está en la órbita de las creencias, son en cierto modo vestigios de los ritos de nuestros antepasados. Hay otros planos sin embargo, que enaltecen a nuestros ancestros, me refiero al ímpetu de conocer, “No quiero creer, quiero saber” escribí la frase de Carl Sagan hace unas horas aquí, en Facebook, como una manera de saludar el nuevo comienzo que implica la mañana y como un recuerdo de mi temprana adolescencia que reedito con mi hijo mayor hasta que la física cuántica me hace desvariar. (Ahora mismo tengo entre mis manos el libro “Cosmos” que robé a los 17 años en una tienda a la que asistí a buscar trabajo; por cierto, con la experiencia que tengo no sé si lo volvería a hacer pero lo que sí sé es que no me arrepiento).

La creación del Universo a manos de un señor que se encuentra en el cielo quien, además, se ocupa de los nacimientos y las defunciones, así como de la desaparición de las especies y el surgimiento de otras es una hipótesis que nos acompaña desde nuestra existencia (y es un cobijo emocional desde luego, a mí, por ejemplo, podría perdonarme por robar ése entre otros libros, aunque, como advirtió Sagan, “es mucho mejor entender el universo tal como es que persistir en el engaño, a pesar de que éste sea confortable”.). En cambio, “la evolución es un hecho, no una hipótesis” señaló el ya citado astrónomo estadounidense: la belleza y la diversidad del mundo biológico en la Tierra es resultado de una evolución de miles de millones de años. Vale añadir que dentro de esta evolución la serie de cambios en las seres vivos generaron nuevas especies.

De acuerdo con el año cósmico, la vida terrestre surge en septiembre. Antes, el 14 del mismo mes, gases y polvos estelares sufrieron una gran condensación. Disfruto otra vez la serie que hace poco más de 38 años se hizo famosa: Los fósiles indican que la vida se originó el 25 de septiembre en las lagunas y océanos de la primitiva Tierra, se trató se seres nada complejos hasta que, en el proceso evolutivo, surgió la primera molécula que pudo reproducirse; transcurrieron millones de años antes de la aparición del sexo y, el 1 de diciembre, la plantas ya habían expedido oxígeno y nitrógeno, es decir, el cielo ya tenía vida. En la víspera de navidad caminaron los primeros dinosaurios, días después los primeros mamíferos y luego las aves. Poco antes de terminar el año cósmico murieron los dinosaurios, es decir, hace 65 millones de años. El 30 de diciembre aparecen los seres más parecidos a nosotros, y eso significa 10 segundos del año cósmico. La edad de la Tierra es de cuatro mil 500 millones de años.

El libro ya tiene varios desfases. Uno de ellos es el de los Cangrejos Samurái, los valientes guerreros Heike que lucharon hasta el fin y fueron arrojados al mar de Japón en el siglo XII, la leyenda dice que el espíritu de los guerreros se aloja en la caparazón de los cangrejos que semejan su rostro, lo que se afianza aun más con el estímulo psicológico llamado pareidolia y que consiste en ver, o creer que se ven, rostros –incluso divinos– u otras figuras más entre las cosas e incluso en las nubes. La leyenda es fascinante además porque en efecto el tipo de rugosidad de los cangrejos sí asemejan rostros. Es fascinante aunque no sea cierta, como tampoco lo fue la deducción de Sagan quien, retomando a su vez el parecer del biólogo Julian Huxley explicó aquel fenómeno como resultado del proceso de selección natural dado que los pescadores no comían los crustáceos que tenían el espíritu de los guerreros Heike y los arrojaban al mar. En 1993, Joel Martín corrigió la deducción de Sagan, en las rugosidades del caparazón se insertan los músculos y la selección natural es por razones funcionales, no porque los pobladores no comieran los cangrejos, además, los pobladores no comen ese tipo de cangrejos que no son los únicos en semejar rostros en sus caparazones. Pero la ciencia no es tanto un agregado de conocimientos sino una forma de pensar, como advirtió Sagan, y es que, como escribí hace unas horas en otro sitio, “generar la duda es el mayor aporte del trabajo intelectual: suscitar el deseo de saber”.

Estamos de fiesta entonces, aunque el nuestro no sea el calendario cósmico: el 25 de septiembre se originó la vida en la Tierra y eso es maravilloso. Tanto como mirar la puesta del Sol en el horizonte.

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