Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

El combate individual

La luna fue el primer cine de la historia: la gente alzó la vista para contemplar una pantalla circular que mudaba de aspecto. “O fortuna velut luna”, comienzan los cantos gregorianos musicalizados por Carl Orff en Carmina Burana. La fortuna cambia como la luna.

Borges comparó la lengua alemana con dos milagros intangibles: “el álgebra y la luna”. Sin embargo, hace cincuenta años, la mitología selenita cambió por completo. El satélite de la Tierra dejó de ser el destino al que sólo llegaban los poetas. El Apolo XI alunizó en un páramo golpeado por las rocas del cosmos. La magia se disipó en favor de la épica y los dioses antiguos fueron relevados por célebres hombres de acción. Surgió una época en la que “los astronautas tenían nombres”, como escribió Rodrigo Fresán.

Antes de eso, los pilotos se habían desplomado en mares, guerras y desiertos sin adquirir mayor reputación (o la habían adquirido por proezas paralelas, como Antoine de Saint-Exupéry, el ignorado cartero aéreo que trascendió por sus escritos hasta que su último avión se hundió en el Mediterráneo). El hombre que había roto la barrera del sonido, Chuck Yeager, era visto por sus colegas como un cowboy del rodeo celeste, pero pocos sabían de su existencia, y los kamikazes se habían inmolado como un “viento sagrado” sin que nadie reparara en sus nombres.

Todo cambió cuando la disputa entre Estados Unidos y la Unión Soviética se alejó de la corteza terrestre para competir por la supremacía del cosmos. En su titánica crónica sobre el Proyecto Espacial Mercury, The Right Stuff (traducida como Lo que hay que tener o Elegidos para la gloria), Tom Wolfe narra la aparición de los nuevos héroes del imaginario colectivo. No fue fácil que la comunidad aeronáutica valorara a los pilotos que usarían pañal para adulto y recibirían órdenes desde Houston. Para aviadores como Yeager, los tripulantes del espacio exterior tendrían la capacidad de decisión de un chimpancé.

Moscú y Washington pensaban diferente. La carrera armamentista amenazaba con llevar al planeta a un apocalipsis en el que sólo sobrevivirían las cucarachas. Wolfe recuerda que desde el origen de los tiempos los ejércitos acudieron a un remedio para no aniquilarse por completo: el combate individual. En vez de sembrar el campo de batalla con miles de cadáveres, elegían representantes para disputar en un torneo.

Los cosmonautas soviéticos y los astronautas estadounidenses fueron los caballeros andantes de la Guerra Fría; combatían por un reino con orgullo medieval y respondían a los imperativos de la tecnología, el conocimiento y la industria militar.

El primer ser vivo que orbitó la Tierra fue la perrita “comunista” Laika; la Unión Soviética también se anticipó a lanzar el Sputnik y logró que Yuri Gagarin fuera el primer hombre en el espacio. Detrás de los dos frentes de la Guerra Fría estaban los científicos alemanes que habían emigrado a la URSS o Estados Unidos. Wolfe refiere el momento en que, desesperado ante la supremacía de los soviéticos, el texano Lyndon B. Johnson, que había contribuido a que la NASA se instalara en Houston para que sus aliados económicos se beneficiaran del proyecto, reunió a los responsables del programa espacial y los desafió en estos términos: “¡No me digan que sus alemanes son mejores que nuestros alemanes!”.

Llegar a la luna se convirtió en la obsesión del país que perdía la contienda simbólica de la Guerra Fría. Finalmente, el 20 de julio de 1969, Buzz Aldrin, Michael Collins y Neil Armstrong protagonizaron el alunizaje que consumó el sueño imperial de poner una bandera al estilo de Century 21 en un remoto lote baldío.

La proeza tecnológica fue tan indiscutible como el temple de quienes se inscribieron en la dinastía de Colón y Magallanes. Con todo, a cincuenta años de distancia resulta difícil recuperar el entusiasmo con que los niños de la Tierra imitamos los pasos lunares de Armstrong, encandilados con un viaje que jamás haríamos.

Ciertas cosas suceden demasiado lejos. La luna dejó de ser visitada y surgió la hipótesis de que el Apolo XI había simulado su misión en un estudio secreto de televisión. Hoy en día, algunos la culpan de su carta astral, sus insomnios, los partos anticipados o la conducta de los peces en la marea alta.

A cincuenta años del alunizaje, la inconstante Selene no deja de repartir misterios.


Este artículo fue publicado en Reforma el 12 de julio de 2019, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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