Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

El año del orégano

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2021 será recordada por el aroma del orégano. Las salas de exhibición reabrieron sus puertas bajo un cuidadoso dispositivo de seguridad. Para entrar, había que recibir un rocío que olía al ingrediente primordial del pozole.

El olfato es uno de los sentidos más castigados por el coronavirus. Respirar el fragante orégano fue un gesto de vitalidad que abrió el apetito lector.

Durante la pandemia las ventas de libros cayeron en veinticinco por ciento. A diferencia de países que aprovecharon el encierro para leer más, nosotros releímos o buscamos otros pasatiempos. Estamos ante una de las muchas costumbres gregarias del país. La lectura es una actividad solitaria, pero se fomenta de manera colectiva. La valoramos cuando nos congrega.

Paso a otra sorpresa de la FIL de 2021. Después de recibir la brisa desinfectante, había que pasar por un filtro de seguridad. En mi tercer recorrido, vi una caja que contenía los objetos provisionalmente decomisados a los lectores. ¿Qué había ahí?

Suspendo la revelación para hacer un paréntesis. El 27 de febrero de 2010 un temblor de 8.8 grados me despertó en Chile. Como los demás huéspedes del hotel, salí a la calle con lo que tenía puesto. Gracias a esa sacudida descubrí las muy diversas ropas con las que duerme la gente y entendí que el sueño es una muy variada forma del capricho.

En Guadalajara descubrí otra costumbre. Me asomé a la caja de las cosas prohibidas y encontré decenas de desodorantes en aerosol, algunos de tamaño familiar. Mucha gente va a la FIL a perfumarse. Los libros nos reúnen en una proximidad que exige oler bien. Los desodorantes decomisados confirman lo mucho que a los lectores les importa estar con otros lectores.

Por razones de seguridad, nadie pudo rociarse con esencia de vetiver, pero todos fuimos condimentados con orégano.

En unos días volveremos a los sitios donde leemos a solas, pero aun entonces tendremos una compañía implícita. La buena lectura exige ser recomendada. No conozco al lector que murmure para sí mismo: “Este libro es magnífico, que nadie se entere”. Gabriel Zaid comenta con acierto que la mejor forma de promover un libro consiste en introducirlo en la conversación de la gente, y todo indica que en México la necesidad de compartir la experiencia personal es mayor que en otros sitios; leemos para encontrarnos con una voz distante que incluimos en el circuito del afecto.

La página es el sitio más satisfactorio para estar a solas, del todo distinto a los restaurantes donde la estruendosa música ambiental procura impedir que el cliente caiga en el pavor de estar consigo mismo.

“Mientras haya necesidad de encontrar otras manos habrá libros en papel. Lo más importante de los libros son las manos que los entregan”, dice el bibliotecario que protagoniza mi monólogo Conferencia sobre la lluvia.

El regreso a la FIL confirmó el sentido comunitario de la lectura individual.

También en Guadalajara asistí a la inauguración de la espléndida biblioteca del ITESO, la Universidad Jesuita, que incluye salas para leer en silencio, espacios de trabajo común, zonas de discusión e incluso un lugar para dormir la necesaria siesta de los eruditos con la comodidad de un hotel japonés.

Una y otra vez se habla del fin de los libros. El regreso a la FIL y la nueva biblioteca del ITESO son signos alentadores para la cultura de la letra. Sin embargo, los libros también se someten a otros usos. Poco antes de llegar a Guadalajara estuve en Barcelona, donde el diseño es una forma de la sobreactuación. Cada espacio ostenta una decoración “de autor”. No basta que el sitio sea agradable; debe mostrar que alguien se esforzó para que lo fuera. Esta obsesión logra buenos resultados, pues se rige por eficaces principios estéticos, pero también provoca desfiguros. En mi cuarto de hotel, las repisas sostenían diversos adornos; entre ellos, libros de relativa antigüedad. Me llamó la atención uno de Narcís Oller; traté de tomarlo pero lo habían pegado a la madera. No era un objeto para ser leído sino una artesanía de otro tiempo.

Lo único que sabemos del futuro es que será distinto. ¿Los libros se convertirán en una forma de la decoración? Por ahora, todavía resisten, y cada vez que respiremos el orégano recordaremos el año en que volvimos al mundo, a nuestro mundo.

Este artículo fue publicado en Reforma el 03 de diciembre de 2021. Agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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