Cinque Terre

Regina Freyman

[email protected]

Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

El anillo de compromiso

A Leonor el matrimonio le cayó como la caca de paloma a un paseante despistado. Tenía 18 años cuando conoció a Arnulfo y llevaba, sin exagerar, calcetas y falda a cuadros del uniforme.

Él era el demandante jefe de su madre; a ella le pareció que acercarlo a su hija podría endulzarlo. Claro está que ni Leonor ni su madre sabían hasta dónde se puede solidificar la miel, así que cuando Arnulfo se postuló como marido, a Leonor le resultó una aventura y a su madre conveniente, aunque prematuro.

Es sabido que para que se formalice una unión de dicha naturaleza se requiere un anillo. El origen del ritual que involucra la joya es egipcio y muy antiguo: ellos suponían que una vena “amoris” corría desde el dedo anular y hasta el centro mismo de los afectos: el corazón.

Los romanos comenzaron por capturar al dedo de la novia con un aro de hierro que representaba la inquebrantable eternidad.

La propuesta del pretendiente fue aceptada y una vendedora de joyas llegó a la oficina donde trabajaban la madre y el prometido de Leonor. Arnulfo invitó a su suegra a ver la mercancía.

–Vente, suegrita, a ver cuál nos gusta.

El precio operó la discordancia porque la madre quería para su niña el diamante mayor. Ella gurdaba el dolor añejo del desprecio del padre de Leonor, que le regaló una baratija de ópalo al comprometerse. Así que pensó que el hechizo de un mal matrimonio se rompía con el más grande y bello carbón de luz. En complicidad, llamó a la vendedora a su oficina y le dijo:

—Mete en la cajita el más grande, yo pago la diferencia, mi jefe ni cuenta se dará—.

Jamás lo notó. La madre afirmaba que en México la tradición dictaba que el novio debía comprar un anillo equivalente a 3 meses de sueldo y Arnulfo se estaba haciendo pendejo.

Leonor, con la típica aversión matrimonial y la obsesión de ser atendida, conductas propias de los hijos de divorciados, se pronunciaba en contra de tan anticuado evento contractual, aunque en el fondo soñaba con la boda de princesa y hasta la casita con balcón. Arnulfo tenía para todo eso y además era 10 años mayor, no era mal tipo y portaba una tonelada extra de mundo en comparación con ella. Todo ello la sedujo lo suficiente. Por muchos años el anillo mágico funcionó bien, el amor fluía por la vena corazón. Paulatinamente la miel de Arnulfo se fue secando y el mundo de Leonor ensanchando.

Se sabe que fue hasta la Edad Media que los anillos de compromiso fueron aderezados con gemas. Finalmente, la aristocracia coronó al diamante como piedra oficial. Fue también a la mediana edad de Leonor que Arnufo tuvo problemas financieros y empeñó y perdió el gracioso anillo. Así se fueron perdiendo muchas otras cosa y él pensó, cuando le pegó a un buen negocio que comprar un nuevo anillo devolvería el brillo a la pareja. No sucedió, aunque el anillo fuera incluso más grande que el original.

Leonor se enamoró de nuevo, esta vez sin ayuda de su madre y de su propio compañero de trabajo. Por ello se le metió el asunto hasta las venas, dejó a su marido y se fue con Roberto. La relación fue pasional y tormentosa: ambos casados y con hijos, eran como dos olas que chocaban en arrecifes pero al final salieron de sus casas nupciales y comenzaron a vivir juntos.

El amor esta vez le sirvió de armadura de mil duelos, el menor de ellos fue cuando un maleante entró a la casa y se robó una sola prenda: el anillo de compromiso de Arnulfo. Ella, que inventaba símbolos a diestra y siniestra, supuso que el compromiso se había disuelto por completo y el ratero era un emisario que concretaba el acto. La naturaleza evasiva de Roberto y su alergia por los compromisos, supondrían dos anillos más.

La pareja se defendía bastante bien del revoloteo de las viejas historias, sin embargo, Roberto era alérgico al futuro y a cualquier obsequio o ritual que involucrara el desembolso. Leonor lo sabía, así que cuando a la orilla de la playa llegó un joyero de esos de maletín que se despliega en charola, ella insinuó que un anillo de plata sería perfecto para sellar su unión. Roberto se acomodó en el camastro fingiendo un sueño profundo. Pagó Leonor su propio anillo, pensó que era un símbolo de los tiempos y de su condición de mujer liberada. La transacción se hizo quedito para no perturbar a su bello durmiente.

Varios años después conciliaron en una boda futura. En un afán romántico, Roberto llevó a Leonor a una joyería. Más bien, caminaban y les quedaba una de paso. Entró emocionado a comprar por fin el anillo para su consorte, pero los precios no se ajustaban al tamaño de su amor, así que salió de ahí entusiasta y sin anillo, aduciendo que que el amor no tiene precio.

Algunos meses después se fueron de viaje y entraron a una pequeña tiendita de bisutería, a Leonor le gustó un anillo simple de dos perlas que se ajustaba a cualquier bolsillo, así que esta vez exigió a Roberto que se lo comprara. Anda pues, dijo él con desidia. Tal vez fue ese tono, o ese anillo fantasma lo que le estropeó el amor de armadura, no está muy segura. Pero Leonor está hoy frente a una joyería de verdad, hay piedras rojas y cristales, ópalos y turquesas, diamantes y esmeraldas.

Aún no se decide, pero sabe que comprará el que más le guste, no importará el tamaño o el precio: se comprará el que haga latir su propio corazón.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password