Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

El amigo insoportable

El afecto no es ajeno al repudio. Se puede querer a una persona detestable. En su novela Los que aman, odian, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares llevan esa situación al extremo. Ahora el tema aparece en los papeles privados del autor de La invención de Morel.

En 1994, cinco años antes de su muerte, Bioy confió su legado a un custodio inmejorable, Daniel Martino, que este año publica Wilcock, volumen de cartas y diarios que registran tres décadas de amistad con el poeta, novelista y traductor Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978).

El libro, obligadamente fragmentario, ofrece significativos atisbos a los autores de la revista Sur que cambiaron el curso de la literatura y traza perfiles psicológicos de dos personas: el arrebatado Wilcock y el testigo que desea entenderlo con mesura.

Bioy conoció a Juan Rodolfo por medio de su esposa Silvina. Al principio, lo soportó como un estrafalario de probada inteligencia que se servía demasiadas cucharadas del puré; luego le descubrió otros defectos que sin embargo reforzaron la amistad. Cuando supo que muchos no lo soportaban, ya eran inseparables.

“La gente con la edad empeora considerablemente aunque escriba mejor. Parecería que adquieren el derecho a sus defectos”, escribe en 1954. Aunque la frase es crítica, describe el movimiento emocional con el que Bioy busca comprender al otro. Retrata a un poeta inestable, abusivo y ególatra que, poco a poco, se vuelve próximo; sin mejorar, resulta querible: gana “el derecho a sus defectos”.

La amistad depende menos de lo que otra persona es que de aquello que despierta en nosotros. Podemos amar a alguien insufrible. Como las neurosis son variadas, a veces no apreciamos a un amigo a pesar de sus deficiencias, sino por ellas mismas. De esta compleja materia está hecha la nueva entrega póstuma de Bioy Casares.

En 2006 Martino había dado a conocer Borges, monumental compendio de las conversaciones de Bioy con su mejor amigo. Esa “vida privada de la tradición”, como la llamé en un ensayo, es el equivalente en español de los encuentros de Samuel Johnson y James Boswell en lengua inglesa.

Lo mejor de un diario es la sinceridad sin fisuras: el autor ya no pretende quedar bien con nadie y se atreve a perjudicarse. La gozosa maledicencia de Borges hizo que Alejandro Rossi comentara que su subtítulo debía ser: “Sálvese quien pueda”.

Autor de excepcionales relatos fantásticos, Bioy fue un caballero porteño que no rehuyó los prejuicios de su clase. Su escritura íntima no es ajena a arrebatos misóginos o racistas, aunque ése no es su tono dominante. Al referirse a Wilcock, destaca virtudes acotadas por limitaciones: ha leído mucho, pero se deja llevar por modas; es inteligente, pero no se compara con el otro amigo de la casa, nada menos que Borges.

El carácter de Wilcock es un espejo que depende de los otros. Borges dice que sólo tiene dos actitudes: la zalamería o la injuria; busca congraciarse o insultar. Ese temperamento reactivo lo lleva a ser un espléndido traductor del inglés y el italiano al español y, posteriormente, del español al italiano. Su capacidad de pensar en función del otro también lo convierte en magnífico corresponsal. Sus cartas a Bioy transmiten las vibrantes ideas de alguien que parece escribir mientras corre.

En 1957, Wilcock emigró a Italia. Como el matrimonio gay no estaba permitido, adoptó a su pareja, mucho más joven que él. Con extrema generosidad, promovió la obra de Borges, Ocampo y Bioy en italiano, y se volvió cercano a la distancia.

En su último cuento, “La memoria de Shakespeare”, Borges imagina los recuerdos de quien definió una literatura. Curiosamente, esa intimidad está hecha de cosas triviales: Shakespeare vivió lo mismo que todos. Lo extraordinario es que su torrente verbal surgiera de circunstancias comunes.

En forma parecida, las circunstancias banales de Wilcock brindan claves profundas. Bioy visita a su amigo en Roma y almuerzan con Roberto Calasso e Ingeborg Bachmann, quienes lo admiran y vencen su habitual timidez. Bioy brilla hasta que Juan Rodolfo pide que hable de su hacienda y sus cabezas de ganado. El homenajeado pierde la inspiración y se resigna a pagar la cuenta. Una vez más detesta al amigo imprescindible.

El afecto puede ser una forma de la impertinencia: revela quién eres, y te obliga a pagar por ello.


Este artículo fue publicado en Reforma el 01 de octubre de 2021. Agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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