Cinque Terre

Luis Antonio García Chávez

[email protected]

El aeropuerto

Uno de los problemas más importantes que enfrentamos en México es la proliferación de gobiernos de ocurrencias. Aquellos que llevan adelante propuestas que les parecen adecuadas más allá de estudios que las sustenten, en el mejor de los casos, o propuestas con el simple interés de enriquecerse o medrar con ellas en el peor de los mismos.

Con la llegada de la alternancia, además, los gobiernos tienen una visión sexenal en el caso del gobierno federal o gobiernos estatales, y trianual en el caso de los gobiernos municipales. Pocos se atreven a plantear proyectos de largo aliento que tengan que ver con el interés nacional más allá del impacto inmediato en su gobierno. Y es que, por lo general, los grandes proyectos transformadores, que permiten moldear naciones o prepararlas para el futuro, requieren de una visión de futuro y no rinden frutos a lo inmediato.

El proceso de siembra siempre está rodeado de críticas y afectaciones. La sociedad mexicana busca recetas mágicas que cambien la realidad a lo inmediato. En cambio el proceso de cosecha, donde se empiezan a obtener los resultados, casi siempre trae dividendos políticos para aquel que lo encabeza, sin importar quien sentó las bases para el mismo.

Por ello, nuestros gobernantes impregnados de esa corta visión, quieren proyectos de relumbrón que se planeen, desarrollen e inauguren dentro de sus propias administraciones en la búsqueda de capitalizarlos políticamente. A la par, poco interés encuentran en dar continuidad a los proyectos de gobiernos anteriores, los que muchas veces quedan abandonados pese a ser o no positivos para la sociedad, o en su caso perfectibles.

Por este tipo de comportamientos podemos ver como en el sexenio de Fox se desarrollaron proyectos como Enciclomedia o la Biblioteca José Vasconcelos, que tuvieron una inversión monumental para ser completamente enterrados en el sexenio siguiente.

Podemos ver también obras mal realizadas y llenas de corrupción como el nuevo Senado de la República, de Calderón o la línea 12 de Metro, con Marcelo Ebrard que casi recién inauguradas tuvieron que cerrar por deficiencias en la planeación y elaboración de los proyectos.

También dio lugar a obras opacas como el segundo piso del Periférico, elaborada en la administración de Andrés Manuel López Obrador bajo la conducción de Claudia Sheinbaum, que priorizó el transporte automotriz particular al transporte público e incluso obras francamente caras e inútiles como la Estela de Luz, monumento a la corrupción y la ineptitud desarrollada por el calderonismo.

Desde el sexenio de Fox se vislumbraba que el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México estaba siendo rebasado por la demanda internacional y que se contemplaba la necesidad de un nuevo aeropuerto. Sin embargo, la incapacidad de Fox para plantear el proyecto y su intención de pasar por encima de los derechos de las personas que originalmente eran dueñas de las tierras en que se asentaría el nuevo aeropuerto lo llevaron a un fracaso total.

De nuevo, como gobierno de ocurrencias, en lugar de plantear una propuesta viable se apostó por poner un parche, comenzando en 2005 la construcción de la Terminal 2 del AICM, misma que habrá tenido una vida útil efímera, pues con el nuevo proyecto de Aeropuerto, el anterior, con todo y nueva terminal dejarán de funcionar.

Aunque el proyecto, hacia afuera, es conocido como el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, la realidad es que la inmensa mayoría del proyecto aprobado se encuentra en Texcoco. Había en un inicio otras propuestas, algunos considerábamos que la de mayor viabilidad, según los estudios técnicos que se conocieron, era la de Tizayuca, Hidalgo. Otros, particularmente Andrés Manuel López Obrador, planteaban (y aún plantea, como diría él, rayando en la locura) que la solución estaba en ampliar la terminal de Santa Lucía, un parche que, según los técnicos, además de ser inviable por muchas razones, acabaría teniendo una vida útil y menor productividad de la que tuvo la Terminal 2. Es decir, seguir tirando dinero en ocurrencias para que un nuevo gobierno tenga que volver a resolver lo que sólo se parchó.

Finalmente el gobierno escogió Texcoco, se desarrolló el proyecto, se crearon bonos y ya hay inversiones por miles de millones de pesos. Se calcula que el proyecto dejará al menos 400 mil empleos directos.

Considero que en el proyecto, como ha sido una constante en la administración de Enrique Peña Nieto, es altamente probable que haya habido corrupción y una asignación de contratos irregular. Esto sin embargo tiene que someterse, como debería pasar con todas las obras de gobierno y sobre todo las más significativas, a la revisión de una auditoria completamente independiente y autónoma la que, en caso de descubrir irregularidades deberá sancionar con la mayor severidad a empresas y funcionarios que pudieran ser parte de ellas.

Se debe revisar también que la parte técnica se desarrolle con los más altos estándares de calidad para que no pase como en la nueva sede del Senado, la Biblioteca Vasconcelos, la Línea 12 del metro o el Paso Express, que resultaron fiascos millonarios, incluso el último cobrando la vida de seres humanos, por su pésima realización, terminando además por costar mucho más de lo planeado a los contribuyentes.

Ambas cosas deberían ser no sólo para el nuevo aeropuerto, sino reglas en el manejo de las obras públicas y el presupuesto gubernamental que permitan cuidar los recursos y los intereses de los mexicanos.

Pero de ahí a suspender la obra y reorientarla como plantea AMLO, es una propuesta demencial. Cuando en la entrevista con varios reporteros de Milenio le mencionaron que eso atacaría las inversiones nacionales y extranjeras en el Aeropuerto, Andrés respondió que la inversión no se perdería, sólo se llevaría a otro lado.

De verdad, ¿no hay nadie en el equipo de Obrador que le haga ver que el gobierno no puede decidir dónde o en que invierten su dinero particulares, ya sean nacionales o extranjeros?

Imagine el lector que invierte en un negocio (que además fue planteado por el gobierno) y de pronto un nuevo gobernante cancela el proyecto y quiere reorientar tu inversión.

¿Con qué derecho?, ¿con que base jurídica? En una sociedad libre los ciudadanos deciden en que invertir y el que lo hayan hecho en un proyecto no implica que en automático les parezca atractivo hacerlo en otro que, de manera unilateral, decida el gobierno.

El simple hecho de plantearlo, no se diga si lo llegara a hacer en algún momento, genera incertidumbre en las inversiones y golpea la economía nacional.

Por supuesto que para tomar decisiones se requieren consideraciones técnicas. No es posible que, en su imaginación, AMLO se salte estas consideraciones llamando a consultas populares como si todos los que participen tuvieran la preparación técnica para saber dónde conviene instalar un aeropuerto, la viabilidad o no de instalar uno existente, o las sanciones económicas y repercusiones que deriven de cancelar un proyecto de esta envergadura.

Hoy toda la sociedad debe considerar el tremendo riesgo que existe de impulsar al gobierno a quien decide sin ver al pasado y sin pensar en el futuro, con base en filias y fobias, en ocurrencias y no en proyectos.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password