Adriana Curiel

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Mexicana sonriente, con más pecas que pecados, diletante soñadora de la literatura. Cuenta con una larga trayectoria en el periodismo de negocios. Ha publicado en los medios internacionales: Mergermarket, Financial Times, Forbes y Latam Investor. En México colaboró para El Financiero y la revista Obras, de Grupo Expansión.

Duérmete mi niño

Luna estaba por entrar a la adolescencia, pero tal vez por desnutrición temprana aparentaba ser más joven. Ni ella misma sabía la edad que tenía, mucho menos recordaba el día de su cumpleaños.

Cerró la ventana para calentar la habitación y en ese instante el viento trajo consigo el aroma del campo. Por primera vez después de mucho tiempo sonrió. Aquel olor venía cargado de buenos recuerdos, los días felices. Se sentó en una vieja mecedora que su tía le había provisto junto a su pequeña cama y una mesita. Los párpados le pesaban, hacía semanas que no lograba dormir más de dos horas seguidas. Se abrigó con el viejo rebozo; le hizo añorar los pesados brazos que solían apretarla con cariño. Sin darse cuenta comenzó a tararear en la mente la canción que su madre le cantaba para dormirla, se dejó llevar por el cansancio y cerró los ojos.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar…

Luna estaba en un campo verde, el sol le calentaba las mejillas y ella corría alegremente hacia los brazos de su madre.

La gruesa puerta de madera rechinó al abrirse, lo que provocó que volviera a la realidad de un salto.

—Ay mija, ¿te desperté? —Le susurró Clementina. Luna se limitó a negar con la cabeza.

—Aquí te traigo al niño. Está recién bañado. Ya tomó dos onzas de leche, asegúrate de que se tome el resto —dijo su tía con voz bajita mientras acostaba al bebé en una pequeña cuna de madera.

—Tienes que poner más atención con la criatura, a veces hasta yo la escucho llorar. Si tu tío se despierta, ¡la que se nos arma a las dos! Ya sabes cómo es. —Clementina se descolgó un pequeño morral y acomodó unos pañales en la mesita. Luego sacó un biberón y se lo extendió a Luna.

—Ya ves como me costó trabajo que me diera chance de que ustedes se quedaran con nosotros. Ya con saber que tenemos que alimentar dos bocas más anda como fiera, ahora imagina si no lo dejan dormir —Luna se limitaba a escucharla con vista puesta en el suelo

—Tú solamente tienes que encargarte de él en las noches. Además, este angelito se arrulla sólo con que le cantes una canción —al ver que la niña no respondía, Clementina suspiró angustiada.

—Ay niña, ya ha pasado mucho tiempo, es hora de que empieces a hablar. Dios sabe que en esta casa todos extrañamos a tu madre. Sí, no creas que no entiendo tu tristeza, pero ¿qué quieres que yo haga?  Yo paso toda la mañana de arriba para abajo con él y haciendo mandados de mi patrona.

La mujer se limitó a mover la cabeza al ver que no obtendría respuesta. Le echó una última mirada al bebé que dormía tranquilo en la cuna, se cerró el chal con fuerza y salió de la habitación con cuidado de no hacer ruido. Apenas se marchó, el niño comenzó a quejarse.

Luna se acomodó en la mecedora, hubiera querido cantarle aquella canción con la que la arrullaban de pequeña, pero la voz decidió apagársele desde aquel día… Suspiró resignada y se limitó a mover la cuna con el pie. El rechinido del vaivén de los muebles la arrulló.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar,

vamos a besar, este cielo…

Volvió al sueño anterior, pero ahora el prado estaba repleto de diminutas margaritas amarillas. Ahí estaba Ernestina, su mamá, sonriente como de costumbre, recogía flores y las guardaba en su rebozo. Luna corría y se llenaba los pulmones de aire puro impregnado con los aromas del campo. La abrazó con fuerza.

—Prométeme que siempre vas a cuidar de tu hermanito —le dijo dulcemente Ernestina acariciándose el abultado vientre.

—¡Siempre, siempre! —gritó Luna emocionada.

Repentinamente un estruendo como aullido de gato golpeó en el pecho de la pequeña. Los verdes campos se cubrieron de una nata espesa. Su madre yacía en una cama emitiendo sonidos que Luna no había escuchado jamás. Clementina le pedía que aguantara, ya venía el médico. Y exprimía toallas ensangrentadas en una cubeta.

—Veo algo, ¡ay dios mío! Son piecitos, espera. ¡No pujes! —Miró a la pequeña Luna y le ordenó—. ¡Reza niña, reza!

Los gritos de su madre le erizaron la piel. Quiso correr a abrazarla pero no encontró fuerzas para moverse. Se quedó petrificada en el piso donde permaneció todo el tiempo echa un ovillo, tapándose las orejas con las manos. Intentó gritar, pero la voz no le salía, exhaló con fuerza y abrió los ojos en la penumbra.

Luna despertó. Estaba de regreso en el cuarto, seguía tapándose los oídos, pero el agudo llanto no cesaba. Era el bebé que se desgañitaba con la fuerza de un animal herido.

Luna se talló los ojos y golpeó la cara con las palmas. “Despierta, prometiste cuidarlo”, se dijo. La escuálida niña se incorporó y levantó con cuidado al pequeño que no daba tregua al llanto, lo meció sin descanso, paseándose en círculos por la recámara. Trató de darle el biberón, pero el pequeño lo aventó con fuerza. “Si tan sólo pudiera cantarle una canción”, pensó Luna. Trató de emitir algún sonido, pero era como si el bebé le hubiera robado sus cuerdas vocales y aullara por los dos. Luna siguió arrullando al niño, de tantas vueltas, le pareció que haría un surco alrededor de la cuna. Cada vez le era más difícil levantar los pies, como si tuviera zapatos de plomo. Le dio la impresión de que en algún momento el piso se vencería y caería al abismo. Parpadeó.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar,

vamos a besar, este cielo,

nada, nada, nunca nada nos va a separar…

Luna cayó por un túnel sin fondo. Ernestina la miraba desde arriba, ya no sonreía, pero tampoco lloraba. Se limitaba a cantarle una canción que ella no podía escuchar. La pequeña luchó por detener la caída, pero por más que lo intentó no encontró nada de lo que pudiera asirse. Sintió un vacío hondo en el estómago y enseguida un dolor sordo en la cabeza.

Despertó de espaldas en el suelo, con el niño todavía en brazos. De tanto llorar, el bebé se ahogaba con sus propias flemas. Luna se arrastró hasta la cama, acomodó la pesada carga sobre el colchón. Trató una vez más de darle la leche, pero el pequeño agitaba el cuerpo desconsolado, tenía el rostro casi morado y tan hinchado que Luna tuvo miedo de que se le salieran los ojos por el esfuerzo.

Luna tomó el rebozo, envolvió al niño con paciencia y se lo amarró al pecho. Le pasó por la mente que el bebé había duplicado su tamaño durante la noche, le resultaba más pesado. “Te prometo que lo voy a cuidar, mamá”, pensó. Se sentó en la pequeña mecedora y comenzó a moverse bajo un lento compás. “Dormir, dormir, lo único que necesitamos los dos es dormir. Mañana todo estará bien, ya lo verás”, quiso decirle, pero sólo escuchó el chillido  agotado y ronco de la criatura.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar,

vamos a besar, este cielo,

nada, nada, nunca nada nos va a separar,

somos una llama en el invierno…

Los aullidos de perros callejeros la escoltaban por un camino de terracería. Se miró  los zapatos rotos llenos de tierra, apenas reconoció el color de sus piernas morenas bajo la manta de polvo blancuzco que la cubría. El gemido de los perros se confundía con los llantos y cantos de Clementina y otras señoras del pueblo que caminaban pasos atrás. Al frente, unos hombres que no reconoció cargaban una caja de madera barata. Los hombres pararon para esperar a Clementina, quien acomodó con mucho cuidado flores dentro de la caja. Antes de cerrarla, se volvió hacia Luna y le preguntó con la voz entrecortada —¿Quieres despedirte de tu mamá?

La tierra se le metió en la garganta y no pudo hablar. Un líquido helado la recorrió por dentro.

Luna tosió con fuerza. Se apretó al bebé que insistía en romperse el gaznate, le acarició la manita pálida, le arregló el cabello con ternura y lo llevó amarrado en el rebozo hasta la cama. Se envolvió en las cobijas y presionó la pequeña carita empapada en lágrimas contra una almohada. Sintió el último esfuerzo del pequeño por zafarse. Se acostó encima dejando caer el peso del cansancio sobre el mullido cojín… Se hizo el silencio.

Escuchó la dulce voz que tantas veces le había cantado en el pasado. Ernestina la envolvió con el rebozo lleno de diminutas flores amarillas y Luna cerró los ojos para al fin dormir.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar,

vamos a besar, este cielo,

nada, nada, nunca nada nos va a separar,

somos una llama en el invierno.

Le pedí al señor que me diera un amor nunca pensé sería tan profundo.

Duérmete mi niño duérmeteme ya…

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