Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

Dormir cansa

¿Cuántas horas debe dormir una persona? El enigma, por supuesto, es insondable. Napoleón cerraba los ojos en dos tandas de un par de horas y despertaba con suficiente enjundia para invadir Egipto. Por el contrario, Einstein demostró que también el trabajo es cuestión de relatividad (rendía mucho porque descansaba diez horas diarias). En ciertos casos, la brevedad del sueño es autoimpuesta. Salvador Dalí diseñó un sistema de siestas que le permitía reducir al máximo la pérdida de lucidez. Al respecto, escribe Alan Pauls: “Se instalaba en un sillón, dejaba en el piso un plato de metal y se abandonaba al sueño con una cucharita entre los dedos. Dormido, los dedos se le relajaban, la cuchara caía golpeando contra el plato y el pintor, alertado por el modesto estrépito, despertaba y reanudaba el reloj reblandecido que había dejado inconcluso”.

El creciente control biopolítico aún no impone leyes de sueño; cada quien duerme según su capricho o necesidad, pero al valorar la conducta ajena, elogiamos a los que “necesitan poco sueño”, no por ser reos del insomnio, sino por un triunfo del metabolismo o la voluntad. La persona despierta tiene más prestigio que la dormida, y no faltan informes médicos sobre la fatiga que produce el letargo excesivo.

Este artículo no puede cambiar la reputación de la gente en piyama, pero aspira a que sea vista de otro modo. De manera equívoca, se piensa que tener los ojos abiertos garantizará rendimiento; sin embargo, en muchas ocasiones, quienes padecen desórdenes nocturnos se pasan el día bostezando y conciben ideas que deberían estar en un sueño.

Los personajes de García Márquez suelen despertar “con los primeros gallos”; cumplen su destino con el reloj de la naturaleza. En cambio, numerosos habitantes de las ciudades necesitan antifaces, tapones para los oídos, cortinas gruesas, té de valeriana y pastillas que van de los “estabilizadores del ánimo” a los “inductores del sueño”. Se diría que dormir es una actividad contra natura que se suspende al primer ronquido de la pareja (lo cual podría sugerir que dormir acompañado también es contra natura).

Pero la esencia del asunto no está en la cantidad de horas dormidas sino en su calidad. Sin necesidad de entrar en terrenos freudianos y en la inagotable interpretación de los sueños, pensemos en la energía que se despliega al soñar. Hay quienes hacen más cosas dormidos que despiertos. Las exigencias oníricas pueden llevarnos a resolver trámites que jamás resolveremos en las oficinas de la realidad. ¿Hay algo más extenuante que ese tipo de descanso? Rafael Cordero Aurrecoechea captó el predicamento en su texto “Burócrata”: “Amaneció molido, sin ánimo de levantarse, recostado sobre el lado derecho de su sueño. Soñó que había trabajado ocho horas consecutivas durante el descanso de su cuerpo. Se reportó enfermo”.

En un mismo sueño, subimos y bajamos escaleras, abrimos un portafolio lleno de cosas raras, damos un volantazo antes de caer al abismo, tomamos el tren equivocado, vemos partir a la persona amada, discutimos con Lenin o Carranza y recordamos que dejamos la leche en la estufa. ¿No es esto demasiado? Dormir es el sitio donde llegas tarde y la leche se derrama.

Hay sueños placenteros, no lo niego, que equivalen a los días de descanso. Pero este artículo se ocupa de las “noches hábiles”, que tanto trabajo exigen.

“Cuando el sueño dura suficiente para perturbarnos, se llama realidad”, escribe con acierto Rafael Pérez Gay en Perseguir la noche. Interpreto que no se refiere a las pesadillas sobrenaturales, sino a algo más profundo, las situaciones que ponen en juego lo que también somos de día, los asuntos pendientes, las inseguridades y los temores de los que estamos hechos: los sueños trabajados.

Y luego está la incertidumbre de llegar a la otra orilla. La cama es una tumba provisional; nos tendemos ahí en espera de un mañana: “arco de sangre, puente de latidos, llévame al otro lado de esta noche…”, escribe Octavio Paz. Confiamos en abrir los ojos; dormir es una travesía arriesgada. Lo supe de niño cuando oí rezar a mi hermana: “Como me echo en este lecho me echaré en mi sepultura…”. Decir “buenas noches” es un conjuro, no una profecía.

Vale la pena recapacitar en la valoración cultural del sueño. La historia de Europa sería distinta si Napoleón hubiera tenido la valentía de dormir más.


Este artículo fue publicado en Reforma el 21 de enero de 2022. Agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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