Cinque Terre

Germán Martínez Martínez

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Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

Dispersiones: un año de crítica cultural

Esta columna tuvo su entrega número 52 la semana pasada. Mañana sábado se cumple un año de su primera publicación. Ha aparecido ininterrumpidamente cada viernes en etcétera gracias a la hospitalidad de Alejandra Escobar y Marco Levario, y del trabajo de su equipo.

Han sido, hasta ahora, alrededor de 174 cuartillas editoriales que han cubierto discusiones de poética, fotografía, libros de ensayo, crítica de conmemoraciones históricas y de la cultura oficial, teatro, políticas y paradigmas culturales, poesía, intelectuales latinoamericanos, danza, cerámica, literatura y traducción literaria, asuntos de la comunidad cultural mexicana, el papel mismo de la crítica y cada quince días, invariablemente, cine.

El escritor Samuel Beckett y el cineasta y actor Buster Keaton durante el rodaje de Film.

Aunque nunca se ha anunciado, el nombre de la columna es Dispersiones —giro que resignifica el primer escollo que encontré, en labios de un burócrata universitario, al día siguiente de mi regreso a México tras más de una década fundamental de residir en Londres. Quiero ahora compartir algunas reflexiones sobre esta columna y lo que, deseo, pueda leerse en ella en el futuro cercano, además de lo que se ha visto cancelado y demorado por la pandemia de coronavirus.

La bailarina Aisha Serrano en Kumadori. Fotografía analógica fija de Mauricio Novelo.

Me complace que he tenido noticia, frecuentemente a través de ellos mismos, de que cada texto ha alcanzado a personajes clave en diversos lugares: agradezco toda lectura. Gracias a esto, tengo gratos motivos, por ejemplo, para conocer más sobre danza, ordenar mis ideas sobre cine y crítica cinematográfica, así como para hablar sobre implicaciones culturales de la ciencia. También me interesa presentar aquí crónicas sobre editoriales y grupos artísticos, así como perfiles de creadores, como maneras de tratar algunos temas culturales. Me da gusto que la entrega que más lectores registra es sobre una charla de Joseph Beuys. Las ideas de los creadores sobre el arte, y acerca de sus procesos creativos, son cruciales para mí y las estudio a la par de la producción teórica de distintos pensadores. Sin embargo, algo que todavía no he explorado aquí son, precisamente, libros y planteamientos de teoría cultural, estética, política, social y del arte. Es algo de lo que me propongo abordar.

Hay una razón particular detrás de este propósito: estoy seguro de que la teoría no tiene por qué ser coto privado y esotérico. Escribí mi tesis doctoral bajo la supervisión de Ernesto Laclau —a quien siempre reconoceré su respeto y tolerancia hacia mi liberalismo y libertarismo, igual que a Jason Glynos, David Howarth y Aletta Norval. Habiendo escuchado hablar a personas como ellos, Chantal Mouffe y varios otros teóricos reconocidos —tanto en ambientes académicos como informales—, nunca dejan de divertirme los enredos verbales que acometen los deslumbrados por la teoría. Me refiero a personajes que demuestran estar enceguecidos tanto ante la realidad, social y artística, como ante las teorías mismas.

Quienes son incompetentes con la teoría están por igual en las aulas que en las redes sociales: cortesanos que van desnudos y aluden sin parar a quienes construyen como emperadores. Es común que sus discursos sean insignificantes —verborrea que disfraza la consiga—, pero son escuchados por públicos que los toman por transmisores de las grandes ideas de otros. La confusión alcanza el grado de que esas audiencias no identifican la desnudez que tienen enfrente. Pero no dejan de intuirla: probablemente silencian su sospecha por temor a quedar como tontos o, peor aún —según el contexto actual— como “neoliberales”. En Dispersiones y otros trabajos, quiero, en cambio, ofrecer mi capacidad para comprender, expresar y formular planteamientos teóricos, sin caer en la jerga y sin perder precisión. La claridad no es falta de rigor o complejidad, ni sólo cortesía, sino ejercicio del pensamiento.

a película Sanctorum, dirigida por Joshua Gil. Cinefotografía de Joshua Gil y Mateo Guzmán.

Para mí el lenguaje es central: el de mis textos y como suceso social. Hace años, sobre mis primeros poemas, Aurelio Asiain me escribió: “tiene usted gusto por el lenguaje (y se deja llevar demasiado por él con frecuencia; ése es su riesgo) y sentido del ritmo”. En efecto, en la corrección de las entregas de Dispersiones, encuentro en ocasiones que debo enmendar lo que antes he corregido por alguna cuestión formal que escapa a mi comprensión. Sea como sea, considero que el cuidado de la prosa tiene que ser indeclinable y está vinculado al amor por la literatura —de la que habrá que escribir mucho más, con la libertad de referirme tanto a novedades editoriales, como a textos de pasados cercanos y remotos. Y está la otra dimensión: el lenguaje como fenómeno cultural: las palabras y lo que nos dicen sobre las sociedades en que se enuncian. Este fue de los primeros temas que pensé pertinentes al imaginar la columna. Para mi frustración, todavía no lo he tocado. Ojalá pronto llegue al asunto y sea recurrente.

El artista Gabriel Orozco y el proyecto Chapultepec han sido materia de esta columna.

Más que preferencia literaria, la reiterada referencia en esta columna a escritores del boom expresa la investigación para un libro que será una crítica de la cultura latinoamericana contemporánea. Por el contrario, la recurrencia de Borges aspira a la afinidad. Quien haya leído con atención sus ensayos encontrará que lo imito en ciertos usos léxicos, a veces consciente de ello, otras, sin saberlo. Cioran alguna vez escribió que lo que más apreciaba de Borges era “su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del Tango […] La curiosidad universal es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo”. Esto es, por entero, ajeno a la limitación de la burocracia pseudoacadémica. Quiero creer que es parte de lo que me justifica. Aspiración no es delirio, sino deseo, como el que espero me lleve —hasta el último de mis días— a comprar libros que nunca alcanzaré a leer; a seguir asistiendo en décadas por venir, a todo tipo de presentaciones artísticas. En la vida en la cultura y las ideas —políticas y estéticas—, en su observación sensible, inteligente y crítica, baso mi impulso para continuar, o alcanzar, la crítica cultural.

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