Cinque Terre

Leo García

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Diseño y coaching de estrategias para manejo de redes sociales. Experiencia en análisis de tendencias en línea.

Discurso de odio

En la época hiperconectada que vivimos la comunicación es disfuncional. Enviar y recibir datos, compartir información, no significa comunicar. Nuevos términos han venido apareciendo en los recientes años y se han globalizado al verse replicados por todo el mundo, aunque no se entienda del todo a que se refieren.

Los regímenes que han surgido de 2016 a la fecha precisamente pueden haber logrado sus triunfos aprovechando los sistemas políticos y electorales de sus países, pero ejerciendo modelos disfuncionales de comunicación, donde ahora, ya como gobiernos en función, están aprovechando este tipo de términos para formar una acepción conveniente. Se están adueñando de ellos.

Es el caso de “discurso de odio”.

La definición ofrecida por la UNESCO dice que discurso de odio abarca todas las formas de comunicación por las que se difunde, incita, promueve, justifica, cualquier mensaje basado en expresiones de ataque, violencia y discriminación, contra una persona o un grupo de personas.

Inicia por la intolerancia, pero el discurso de odio es por sí mismo un riesgo social al lograr la cohesión de grupos que comparten y promueven ideas que pueden llegar a actos que violan los derechos humanos o definitivamente terminan en crímenes. En ese caso, se les llama crímenes de odio.

 ¿Y en línea?

La plataforma HateBase.org tiene el depósito de datos más amplio y mejor analizado en temas de discurso de odio en línea. Han encontrado que en redes sociales el discurso de odio se dirige principalmente por motivos de etnicidad, raza y nacionalidad, pero más recientemente, el enfoque se ha cargado hacia el odio religioso, a la lucha de clases por diferencias socioeconómicas, derechos de género y orientación sexual.

El discurso de odio en línea tiene rasgos específicos que lo hacen diferente al que está presente en otros medios. Específicamente en redes sociales, lo que aplica son las cámaras de resonancia que tienden a amplificarlo. De hecho, precisamente esa puede ser la intención cuando se inducen mensajes provocadores que inciten a una reacción enardecida, pero que en realidad lo que terminan provocando es la rápida e incontenible difusión de una campaña de odio.

Hay una importante diferencia en el alcance entre una publicación que recibe poca o nada atención y una que llega a ser viral.

Por la naturaleza del medio digital, a diferencia de los medios masivos tradicionales, el discurso de odio es itinerante, es decir, puede pasar de un formato a otro, de una plataforma a otra, siempre adecuado en cada una de ellas a su forma de interacción y consumo; el discurso de odio en un medio digital es especialmente agresivo gracias al anonimato que pueden lograr quienes lo profieren y difunden. La permanencia de un mensaje o una campaña completa basada en un discurso de odio tiene un efecto adverso especialmente perdurable a partir de lograr afinidad con la audiencia, en los usuarios, quienes lo repetirán, lo compartirán, lo amplificaran, de motu proprio, pero además, siempre podrán regresar a él cuándo alguna circunstancia parezca propicia.

Mensajes basados en odio sí pueden causar daño en quienes son sus objetivos; el daño va de lo emocional, a la reputación, pero puede saltar de la pantalla a lo económico, lo laboral, en general al entorno social donde se convive, hasta a comprometer la integridad y la vida misma.

El daño crecerá y aumentará en la medida que la campaña dure, en consecuencia directamente proporcional. A mayor daño logrado en una campaña de este tipo, más empoderados resultan quienes la originaron.

En una campaña que se basa en el tipo de comunicación que incita al odio, entre más tiempo dura, más alcance tiene, pero además, la difusión por afinidad relaja los límites éticos y morales de los integrantes de grupos que comparten ideología, lo que lleva a tomar posturas cada vez más radicales e intolerantes.

Este tipo de comunicación representa posiblemente el mayor reto para las plataformas de tecnología social digital, que entre más rápido y con más consistencia limiten la exposición de la audiencia a una campaña basada en odio, sus efectos serán menores. Siempre con la compleja limitante de hacerlo con sustento comprobable, de manera que lo distinga de un ejercicio arbitrario de censura.

En Twitter los trendings se han convertido en un medio fácil y rápido de difundir mensajes de odio que, por concordancia con unos y discordancia con otros, casi de inmediato polariza la conversación. El factor que puede inclinar la tendencia en un sentido u otro de la escala es la capacidad de amplificar el mensaje y aprovechar el factor de influencia por seguidores que sean usuarios reales.

En cambio, Facebook ofrece prácticamente en el perfil individual de cada usuario la posibilidad de construir conversaciones basadas en odio de manera simultánea y que pasan desapercibidas para el resto de la comunidad. Esto hace que Facebook sea un espacio donde el discurso de odio dura más, donde individuos y grupos son persistentemente ofendidos, ridiculizados y discriminados.

Y con la agravante de la itinerancia, que hace que aunque un contenido sea removido, seguro encontrará espacio en otras plataformas. En el caso de los sitios web que lo promueven, como han sido ya conocidos 8chan o Daily Stormer, cuando el proveedor de hospedaje los da de baja, la solución que han encontrado es recurrir a proveedores que tienen regulaciones y obligaciones legales más laxas, que a su vez enardece a sus usuarios concurrentes llevando a radicalizar el discurso.

Sirva esta rápida aproximación al concepto fundamentado de discurso de odio para llevarlo al ámbito personal de la interacción cotidiana y para tener elementos y distinguir la validez o no, cuando el régimen en turno recurra a llamar “discurso de odio” a una crítica respetuosa, fundamentada, sustentada.

Pero también sirva para ofrecer un espejo al usuario, que, en descargo de la propia frustración y miedo, sustento habitual del odio, encuentra el menor de los pretextos para en verdad proferir expresiones legítimamente discriminatorias, disfrazándolas de “su derecho a criticar”.

Hagamos red, sigamos conectados.

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