Cinque Terre

Mariana Moguel Robles

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Dios no quiere a sus hijos ejecutados

Para El Ronco, sacerdote y amigo jesuita

Dicen que no hay plazo que no se cumpla, y, finalmente, el gobierno podrá presumir su cifra récord de 121 mil 655 homicidios dolosos y feminicidios —y sólo han transcurrido cuarenta y dos meses de administración—, esto lo perfila como el indiscutible ganador del reconocimiento al más sangriento e insensible gobierno de la historia. Todavía tiene buen tiempo para batir su propia marca.

En esta ocasión fueron superados los números de la llamada guerra contra el narcotráfico del sexenio del presidente Felipe Calderón (120 mil 463 muertes). Somos testigos de la caída de otra de las banderas propagandísticas del oficialismo cuatroteísta. Hoy, penosamente, constatamos que a López Obrador se le cayó el tinglado: su estrategia de abrazar delincuentes ha provocado muerte y dolor a los mexicanos. Seguirse comparando con Felipe Calderón sería un disparate. Aunque es sabido que seguirá recurriendo al as bajo la manga de los otros datos, los que favorecen la construcción de esa realidad alterna donde habita el presidente y sus incondicionales le secundan. Cuando la realidad avasalla con sus números, siempre habrá una expriista como Clara Luz Flores (hoy morenista y candidata perdedora a la gubernatura de Nuevo León) para reorientar el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. 

FOTO: MOISÉS PABLO/CUARTOSCURO.COM

Conforme ha avanzado el sexenio, ha sido cada vez más inocultable que los números no le darán a López Obrador para ocupar un lugar digno en la historia nacional. Ni reconfigurando la matrix de la propaganda oficial pueden ocultarse las pifias gubernamentales: a diario atestiguamos todo tipo de horrores a través de las redes sociales. Cada imagen, cada palabra, cada escenario de violencia que son compartidos por los medios de información y los ciudadanos queda como evidencia de la realidad y se transforma en oposición verdadera ante el intento burdo del gobierno por manipular la realidad para ajustarla al discurso de la administración perfecta. El “vamos bien” o el pañuelo blanco, entre otras ocurrencias, en las conferencias matutinas se están consolidando como los clásicos que harán las delicias de chicos y grandes en un futuro no muy lejano. 

En el universo paralelo, el inocultable, esta administración entró en su etapa decadente. Sus funcionarios han dedicado un número considerable de horas efectivas laborales a hacer política partidista y promoción personal, prácticamente desde que el sexenio comenzó. El destape anticipado de las llamadas “corcholatas” fue la apertura de la puerta de los arrancaderos. Desbocadas, las corcholatas rasgan las cuerdas de la guitarra y hasta recurren a la gastada estrategia de enfermarse de covid para promocionarse en sus redes sociales, son más influencers que servidores públcos; eso sí, de resultados ni hablamos porque no hay.

FOTO: ROGELIO MORALES/CUARTOSCURO.COM

Con el gobierno de López Obrador tampoco hay pierde —para ellos, claro—: como los resultados son invariablemente negativos, la culpa es de Felipe Calderón o de los legisladores que se oponen a la militarización de la Guardia Nacional. Un poco de cordura asoma de vez en cuando a través de la ventana opaca de la cuarta transformación: uno de los suyos, el senador Ricardo Monreal —la corcholata desdeñada  por el presidente— ha dicho en varias ocasiones que es necesario “revisar toda la estrategia de seguridad pública” en el país, aunque todos sabemos que esa postura corresponde más a su estrategia política personal: permanecer quietecito, opinando mesuradamente, sin conflictuarse y manteniendo las formas, pero sin hacer efectivo lo que se atreve a decir, incluso entre líneas, ¿acechante o temeroso?, usted decida. 

Faltan poco más de dos años para que esta administración federal concluya su encargo y nomás no dan indicios que nos lleven a pensar que existe la más mínima intención de revisar la mal llamada estrategia de seguridad; sabemos que cualquier posible revisión enviaría el mensaje de que la política del presidente más humanista ha fallado una vez más, y poner en duda la infalibilidad de dios, sabemos, es herejía. Recular no es propio de la necedad.

Lo cierto es que la estrategia de seguridad ha servido únicamente para acumular muertes y dolor —y reconocer errores y cambiar el rumbo es algo impensable en los tiempos de la cuatroté; otra vez, los mismos tiempos del señor a quien el secretario Adán Augusto enciende veladoras a la menor provocación —algo debe saber sobre las tablas de la ley y los dados cargados en favor de la continuidad en el poder de la casta tabasqueña.

A los más de 121 mil 655 homicidios dolosos y feminicidios logrados por la actual administración se suman los asesinatos de dos sacerdotes católicos jesuitas en la iglesia de Cerocahui, en el municipio de Urique, Chihuahua, tras su intento por ayudar a un hombre herido que también fue ejecutado. Los cuerpos de los sacerdotes Javier Campos Morales, El Gallo, y Joaquín César Mora Salazar, El Morita, hasta el momento de escribir este artículo, permanecen desaparecidos.

En la Reunión Anual del Sistema Universitario Jesuita, la orden señaló que el gobierno federal ha mantenido una posición tibia frente a la crisis de inseguridad, y se sumó a la exigencia nacional por justicia y verdad ante la situación violenta del país. Desde este espacio me uno a la exigencia, y me solidarizo con los hermanos jesuitas y con las familias (hombres, mujeres y niños) víctimas de la violencia y la delincuencia en todo el país. Confirmo con profunda tristeza que el gobierno abdicó de su juramento y responsabilidad de cumplir y hacer cumplir la ley, que es incapaz o cómplice, y que la única y verdadera opción para retomar el camino está en manos de los mexicanos que exigimos vivir en paz. Una cosa es segura: Dios no quiere a sus hijos ejecutados.

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