Joyeria de plata mexicana para cautivar
Cinque Terre

José Ramón López Rubí Calderón

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Politólogo, editor y consultor.

Diferencias entre López Obrador y Pepe Mujica

Desde que conocí su historia y su gobierno, siento respeto y admiración por Mujica. Admiración, no idolatría. Ningún político merece ser idolatrado. Por más admirable que alguno pueda ser. Y antes de admirar hay que entender. A profundidad. La idolatría hacia López Obrador es directamente proporcional a la falta de entendimiento sobre lo que es y puede ser. Para avanzar en esa tarea de entenderlo, contrastémoslo con Mujica.

Para la parte borreguil de la (supuesta) izquierda nacional, todos los líderes comúnmente llamados “progresistas” son iguales o equivalentes, pero no. Algunos de ellos ni siquiera son progresistas… Hay que ver las diferencias, no pequeñas, entre el presidente mexicano y el ex presidente uruguayo.

Mujica es un hombre que estuvo dispuesto a aprender y, por tanto, a corregir. Lo demuestra su paso de la guerrilla a la política democrática liberal, su adaptación exitosa a la competencia electoral por poderes limitados (gran extra: Mujica fue presidente por un solo periodo, no buscó ninguna reelección). López Obrador destaca por su necedad, por su incapacidad para escuchar, por su simplismo y falta de aprendizaje. Ni siquiera ha aprendido por completo que perdió y ganó la presidencia bajo sistemas electorales prácticamente idénticos (de 2006 a 2018, más que un cambio de sistema electoral hay cambios en el sistema electoral, es decir, no de esencia, no de fondo general). De ahí una parte de su “inmortal” obsesión contra el IFE-INE.

Mujica no fue un presidente autoritario. López Obrador lo está siendo un poco más cada vez. No hablo del régimen sino de la presidencia; el primero es uno de tipo democrático deteriorado y la segunda es cada vez más autoritaria –quiere más poder y obediencia ciega y menos control y rendición de cuentas- porque López Obrador es cada vez más autoritario –en coloquial, “sólo mis chicharrones truenan”, “y además YO soy el presidente”… Y se nota en sus propuestas para la Corte y la CNDH, en su relación con su propia mayoría legislativa y en su relación con la prensa. Sobre ésta: sí es criticable pero el obradorismo exagera: para el periodo 2000-2018, el total referido de medios conservadores, “chayoteros” y neoliberales, absolutamente callados o absolutamente acríticos, es una leyenda electorera –tampoco se podría hacer una defensa generalizada de los medios nacionales en términos de excelencia. Hasta donde sé, Mujica nunca se comportó autoritariamente con la prensa, y la prensa no es perfecta en ningún país.

Mujica es real y plenamente austero. Sobrio, según sus palabras. López Obrador no. Mujica rechazó vivir en la residencia oficial del presidente de Uruguay y siguió viviendo en su “chacra”, una especie de propiedad rural que no es rancho de lujo ni descanso. López Obrador cerró Los Pinos pero decidió vivir en un Palacio… Y sólo los creyentes pueden pensar que el Palacio Nacional tiene algo de austero. No digo que AMLO sea un hombre entregado al lujo, pues no lo es, lo que digo que no es ni tan austero como Mujica ni tanto como ha hecho creer a quienes todo le creen. ¿Por qué vive en el Palacio? No por oposición a Los Pinos, ya que son lugares distintos, pero no son opuestos verdaderos: en Palacio habitó de todo y Los Pinos es creación de Lázaro Cárdenas contra la idea de un Castillo. Me parece que esa decisión de López Obrador es para darse a sí mismo la sensación de “grandeza” de la Historia y comunicar una idea “histórica” sobre su gobierno. Es decir, política teatrera.

Correlato: Mujica fue y es inmune al culto a la personalidad. Es obvio que López Obrador no tiene esa inmunidad, ni sobre sí mismo ni sobre otros “héroes patrios”. Mujica es un hombre verdaderamente modesto y humilde, que reconoce que se equivoca y pide pensar antes de que se esté de acuerdo con él (lo dijo, por ejemplo, en 2014 en la FIL). En López Obrador no se puede ver algo parecido, si de veras se ve. Como tampoco se puede ver en él, si no se es ciego, a un hombre curioso, realmente culto, sabio. La “sabiduría” a la Arturo Farela no es sabiduría, ni moral ni política –eso es ser religioso y hábil para la grilla.

Mujica es un Estadista. López Obrador no. En palabras de Fernando Escalante, nuestro actual presidente es “un político mediano, bienintencionado, con una idea desmedida de sí mismo, pero nada más”.

Mujica no es creyente. López Obrador lo es. Es creyente en sí mismo y en Alguien más. Sus creencias privadas no me importan como tales, me importa que les da una importancia pública que no deben tener. Al usar y magnificar en público lo que debería mantenerse en lo privado, tanto como sea posible, termina deshonrando al laicismo y cacheteando –con doble mano evangélica- al Estado laico. Defender a AMLO como defensor de la laicidad es de una deshonestidad bestial.

Mujica no se opone a la legalización del aborto. López Obrador volvió a oponerse hace unos días. Bajo la máscara de su verbo pseudodemocrático: “consultar”. Lo que dijo –no promover, no polarizar, consultar- es una mamarrachada antifeminista, antiliberal y pseudodemocrática, por socialconservadora y prorreligiosa. Vea lo que dijo el 2 de diciembre.

El presidente Mujica impulsó la legalización de la marihuana en su país, donde ya es parte de la realidad estatal, y en su reciente visita a México le dijo a Danielle Dithurbide que “deberíamos tener el coraje de legalizar la coca”. Este gran presidente uruguayo –que aun así no debe ser idolatrado- estuvo dispuesto a escuchar, aprender y entender, y entendió que el narco no es una cosa de buenos pobrecitos luchando por la supervivencia (los campesinos obligados no son los narcos, carajo; ¿es tan difícil de entender?).

El narco es un negocio, muy lucrativo, fincado en la ilegalidad. Pero AMLO no quiere legalizar-regular con el poder público-democrático de un Estado que así sería mejorado, no quiere legalizar ni la coca ni la marihuana, porque cree que no importa, como ya lo declaró. Porque no entiende. Porque no quiere aprender. Quiere seguir creyendo en su pobrismo, que todo tiene explicación en la pobreza y todo tiene solución en el combate a ella. Una falsedad.

La pobreza explica varias cosas, ayuda a explicar otras y debe ser combatida con mucha seriedad, pero no explica todo ni todo se resolverá porque alguien la combata. Ése es el caso del narco. Si alguien cree que la legalización “está bien” para un país más avanzado como Uruguay, hay que decir que en un país como México, precisamente por el tipo de país, es más necesario y urgente avanzar en la legalización de drogas. Lo que es cierto es que es menos difícil en Uruguay que en México, pero a) no es imposible, b) el grado de dificultad y el de probabilidad también tienen que ver con las creencias o prejuicios de quienes pueden decidir y c) ¿no era AMLO un genio audaz de progresismo indudable e imparable?

A final de cuentas: López Obrador no sólo no es Mujica sino que es más criticable desde la izquierda democrática y liberal que desde las derechas. Sus fanáticos pueden tuitear lo que quieran, eso no cambiará la realidad.

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