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Diciembre en Ciudad Obregón

Por: Suzanne Islas Azais. Doctora en Humanidades (Línea de Filosofía) por la Universidad Autónoma Metropolitana.

Cada diciembre vuelvo a Ciudad Obregón, cabecera municipal de Cajeme, en el sur del estado de Sonora. Aquí crecí, en una familia de clase media, y nada más cumplir dieciocho años emigré a la Ciudad de México donde me formé en las Humanidades y aún resido. Pero la Navidad siempre me trae de regreso. Estos días en casa resultan para mí la época más feliz del año. El paso del tiempo ha modificado sustancialmente a la ciudad y a mi familia, pero el sentido de pertenencia se mantiene intacto.

Llegué el lunes 13 de diciembre. Un día después estuvieron por aquí Beatriz Gutiérrez Müller y el gobernador Alfonso Durazo presidiendo el festival cultural “Fandango por la Lectura”. El evento, que forma parte de la Estrategia Nacional de Lectura, busca acercar los libros a la población. En este contexto, Gutiérrez Müller pidió una “tregua” y a las personas que “irrumpen la paz de la gente” les solicitó leer para ampliar su visión de su mundo. “Tregua por favor, lee, lee para que no ataques a nadie”, afirmó. Mientras la esposa del Presidente proponía cambiar armas por libros, la criminalidad campeaba a sus anchas por la ciudad. Ese día 14 un total de 5 personas fueron asesinadas en Cajeme, con lo que la estadística mensual ascendía así a 33 ejecuciones antes incluso de cerrar la primera quincena de diciembre (Fuente: infocajeme.com). Yo, que soy una convencida del poder civilizatorio de la lectura, asumí el evento como un mero mirar para otro lado, una constante de la presente administración federal.

Mucho, como digo, se ha modificado en la ciudad en los últimos años. Pero sin duda el cambio más importante, y al mismo tiempo más doloroso tiene que ver, precisamente, con el ascenso en los índices de criminalidad. Obregón, otrora una de las ciudades más seguras del noroeste, aparece hoy en día encabezando listados nacionales e internacionales que dan cuenta de los lugares más peligrosos para vivir. Según el Ranking 2020 de las 50 ciudades más violentas del mundo dado a conocer el pasado abril por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, Ciudad Obregón se ubicó como la cuarta ciudad más violenta del mundo con una tasa de 101.13 homicidios por cada 100 mil habitantes. El municipio de Cajeme, con 305 mil 539 habitantes, reportó 309 homicidios en 2020, se consigna en el informe dado a conocer a través de su portal (seguridadjusticiaypaz.org.mx). Por su parte, datos del INEGI de este septiembre ubican a la población adulta cajemense como una de las que reportan mayores índices de percepción de inseguridad: el 92.5% en Obregón señala vivir bajo esa condición.

Los días aquí se cuentan en muertos y ejecutados, las rejas que buscan proteger casas y propiedades se han vuelto parte común del paisaje urbano. Nada más cae la tarde y buena parte de la ciudadanía se resguarda. Muchos otros no lo hacen y optan por seguir con su cotidianidad participando –incluso- de fiestas hasta el amanecer: la no aceptación de lo evidente es también síntoma claro de una crisis.

Pero esto no siempre fue así. Fundada en los años veinte del siglo pasado, durante mucho tiempo la fama de Ciudad Obregón se fincó en su trazo urbano, la limpieza de sus calles, las oportunidades laborales y de desarrollo que ofrecía y, sí, como ya he dicho, también en sus altos índices de seguridad. Aquí se asienta el próspero Valle del Yaqui que por décadas ha provisto de trigo a buena parte del país y se cultivan también algodón y hortalizas en un campo que, a pesar de todo, sigue siendo generoso en producción. Si hablamos de ganadería, la región exporta cerdo a Japón y cría ganado vacuno que produce de los mejores cortes del país.

Solía pensar que el centro quedaba muy lejos de aquí, que este era un rincón del país con una dinámica propia. En los últimos años esta convicción mía se ha resquebrajado y ahora me parece constatar que los largos brazos del centralismo mexicano nos han alcanzado y no sólo porque tanto la anterior como la actual administración municipal llevan los colores del oficialismo, sino porque la cotidianidad aquí ha asumido el rostro más amargo del fracaso presidencial: ese de la quiebra institucional, de la ausencia de voluntad y capacidades para cumplir con la obligación primera de la autoridad pública y que es la de garantizar las condiciones de seguridad necesarias para la vida en sociedad.

Efectivamente, no son armas lo que se necesita para combatir a la delincuencia, lo que se necesita es justicia. Y cuando el gobierno claudica en esta responsabilidad fundamental, lo que termina por instalarse es una suerte de estado de naturaleza donde se impone la ley del más fuerte. En medio, e inermes, quedamos los ciudadanos. Tampoco con ideología podremos enfrentar el problema, pues lo que necesitamos son ideas, ideas audaces, creativas y vinculantes. El liderazgo de un partido –si es que acaso esto existe- resulta igualmente insuficiente: lo que urge es el compromiso común para poder salir adelante.

Mientras el Presidente asume que gobernar es vencer en la disputa por imponer una narrativa (falsamente) social de la vida pública, la criminalidad se disputa los territorios destrozando ciudades y vidas humanas. La vida transcurre más allá de Palacio y se construye día a día en los municipios, en las labores del campo, en las escuelas, en las empresas. Y esta vida en Ciudad Obregón está al borde del colapso.

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