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Wichy García Fuentes

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Desmontando la Cuarta Transformación

Partamos de lo elemental: ¿Por qué emplear el concepto/término “transformación”?

La historia reciente en Latinoamérica ha sido pródiga en bautizar “Revolución” a procesos políticos encabezados por la izquierda, que van desde la toma violenta del poder por medio de la lucha armada -Cuba, Nicaragua, El Salvador- hasta la modificación del formato democrático tras triunfos pacíficos en comicios que dicho formato permite en primer lugar -Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua reloaded…-, y aunque el recién estrenado presidente Andrés Manuel López Obrador, a la cabeza de su joven movimiento Morena, ha demostrado ser adepto a (cuando no aliado de) este tipo de experimentos sociales y sus líderes, también ha evitado denominar a su proyecto sociopolítico con aquella expresión tan recurrente, y optó por emplear en su lugar otro vocablo, análogo pero mucho menos cáustico.

La revolución por la vía armada quedó descartada en México desde la depreciación y decadencia de las guerrillas zapatistas. Ya no son tiempos de revueltas armadas y los ecos que sobreviven en el siglo XXI, como la propia falange encapuchada en Chiapas o las narcoguerrillas colombianas, no son los más halagüeños ni los más dignos. Por el contrario, la estrategia de usar las mismas herramientas democráticas de los repudiados sistemas “capitalistas opresores” para derrocarlo, previo alimento propagandístico de sus defectos y perversiones hasta acaparar el descontento popular y conseguir la victoria en las urnas, sin gastar una sola bala, eso sí que le ha funcionado de perlas a los activistas y caudillos populistas de izquierda en los últimos veinte años.

MEXICO D.F 01 FEBRERO 2005.- Indígenas mazahuas pertenecientes al “Ejército de Mujeres Zapatistas” Cutzamala. México, D.F. FOTO: Eunice Adorno/CUARTOSCURO.COM

Podría entenderse como una versión 2.0 de la Sierra Maestra. El propio Hugo Chávez, precursor indiscutible de dicha estrategia, lo comprendió después de su fallido golpe de estado a Carlos Andrés Pérez en 1992, y tras una temporada en la cárcel lo volvió a intentar por vías mucho menos sangrientas, hasta consolidar su insurrección light a través de elecciones, en 1998. Lo que sobrevino a continuación fue una serie de versiones latinoamericanas, más o menos radicales -y más o menos enajenadas-, de lo que se dio en llamar “socialismo del siglo XXI”. Hasta sus propios asesores y guías, los Castro, ya para los dosmiles habían entendido que aquello de tomar el poder con violencia era cosa del romántico pasado, pero que no obstante a eso, llamar “revolución” a un cambio substancial de poder seguía siendo seductor, heroico, para la mayoría.

AMLO, por su parte, habiendo llegado muy tarde a esta epopeya regional bolivariana, consciente de que para su tercera postulación el bloque chavista ya se encontraba demasiado desacreditado, decidió elaborar su propia versión de aquel esquema millennial de revolución castrista, maquillándolo con un término que eliminaba cualquier connotación previa, siquiera metafórica, con derramamientos de sangre, fusilamientos y ajustes de cuenta. “Transformación”, vocablo socarronamente extraído de la propia historia mexicana, le vino como anillo al dedo.

Porque al denominar a su proyecto como “Cuarta Transformación”, también ponía a un ladito el hecho de que esas tres transformaciones seleccionadas fueron, para la nación, ineludiblemente, también rebeliones sangrientas, dejando afuera otras transformaciones mexicanas no tan furibundas.

Tres transformaciones ganadoras y otras menos favorecidas

La primera gran transformación, según AMLO, fue sin duda la Independencia, acontecida entre 1810 y 1821, luego vendría la Reforma, o Guerra de los Tres Años (1858 al 61), y la tercera, por supuesto, la Revolución de 1910 que derrocó a don Porfirio.

En el propio logotipo del nuevo gobierno aparecen los insignes próceres vinculados al glorioso pasado de tradición revolucionaria, del cual López Obrador siempre ha dicho sentirse “El relevo”: Morelos, Hidalgo, Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas. Aunque… Un momento… Cárdenas no participó en ninguna de las tres transformaciones oficialmente reconocidas. ¿Qué pasó ahí?

No cabe duda de que el cardenismo impulsó algo que sí podría llamarse “Cuarta Transformación”, cronológicamente hablando, con un mito de dimensiones patrióticas indetenibles que no sólo abarca su período presidencial (1934 al 40), sino su pasado como soldado de la Revolución y como gobernador de Michoacán, así como su activa participación posterior en la política, siendo ya expresidente. Una vez en el poder y con el mito de su virtud y sus utopías en constante crecimiento, Lázaro Cárdenas impulsó la reforma agraria, los ejidos, unificó al movimiento obrero en sindicatos poderosos, pero sobre todas las cosas se le recuerda como un gran transformador después de la expropiación de la producción petrolera, el reemplazo de importaciones de bienes de consumo y en el surgimiento de nuevas industrias. Así que, incluso siendo una de esas figuras emblemáticas en la imagen del nuevo gobierno, verbalmente citado como inspiración en muchas intervenciones de campaña y posteriores, la razón de no incluirlo como reformador a gran escala quizás tenga algo que ver con la peculiar ambivalencia de su simbología.

Si bien Lázaro Cárdenas representa en el imaginario popular un ícono de revolucionario, de nacionalista, indigenista, secularista, dependiendo del punto de vista en que se le mire fue también fue un bastión del más conservador presidencialismo, de la subordinación de los poderes al ejecutivo, un líder que no destruyó al régimen sino que se sirvió de este, legitimándolo. Incluso muchos comunistas de la época llegaron a considerarlo un reformista burgués que nunca rebasó los límites del sistema capitalista. De cualquier manera su historia está entrelazada con la historia del PRI, independientemente de sus metamorfosis desde el PNR y el PRM, hasta lo que hoy se conoce como el villano mayor de la política mexicana en lo que va de siglo XXI.

Ningún otro mito de prócer guarda tantas similitudes con lo que hoy es la narrativa espiritual de Andrés Manuel López Obrador, un líder que si bien no hizo mutar legalmente al PRI (como Cárdenas al ancestro de este, el PNR) para convertirlo en una versión menos abyecta con siglas distintas, sí formó parte de sus filas y, después de pasar por otros partidos, virtualmente lo desvaneció con un renovado movimiento que acogió a buena parte de sus viejos correligionarios. Su leyenda recupera aquellos mismos valores cardenistas: el discurso nacionalista, patriarcal y justiciero, la virilidad machista, el contacto directo con la gente, la lucha contra el mal -en el caso de Cárdenas los patrones, los gringos, los caciques, y en el de AMLO los fifís, el neoliberalismo, los corruptos…- pero también recuerda demasiado que el buen cambio no se hace desde la rebelión sino dinamitando al estado desde adentro, siendo inevitablemente parte de este mecanismo repugnante que los revolucionarios detestan y sueñan demoler.

Pero la cardenista no sería la última “gran transformación” antes de la notificada y catalogada por AMLO. Una al menos quedaría para contabilizar, si tomamos en cuenta a la apertura democrática que nacería de la Reforma Política de 1977 durante el sexenio de López Portillo y promovida, desde su secretaría de Gobernación, por el intelectual e historiador Jesús Reyes Heroles. Aunque dicha transformación tardó dos décadas en consumarse (aparición del IFE en 1989, reformas de 1993, 94 y 96) hasta la mayoría opositora en la Cámara de Diputados en 1997 y la alternancia de la presidencia en el 2000, sin esta definitoria escisión política es muy probable que a la llegada de López Obrador a su primera contienda electoral, todavía el PRI hubiese seguido siendo un cónclave hegemónico sin contrapesos, legitimado por partidos paraestatales como el Popular Socialista y el Auténtico de la Revolución Mexicana, y Obrador no hubiese tenido la menor oportunidad de barrer en el país con el voto mayoritario a su proyecto, en 2018.

Lógicamente la imagen de López Portillo jamás podría aspirar a figurar entre los próceres de la Revolución (o la Transformación); no fue lo que se dice un ídolo de masas y aunque a los dos años de su sexenio México tuvo el mayor crecimiento económico de toda su historia, poco después el PIB cayó a niveles también inéditos, como se precipitó su prestigio personal tras las múltiples acusaciones de enriquecimiento ilícito y vida disipada estilo mansiones en La Colina del Perro y Acapulco, barranca exclusiva en Chapultepec, tequila Don Q y Sasha Montenegro.

Esta omisión, empero, resulta más comprensible si reconocemos que tal transformación atravesó un período extenso, con gobiernos inamovibles del PRI, que todavía bajo el control de Zedillo seguían generando escándalos como el de la matanza de Acteal. Es lógico que López Obrador evite ser relacionado con un partido en el que, sin embargo, ya militaba para esa fecha, habiendo obtenido su curul en las elecciones de 1976 como candidato externo del PRI, y navegando dentro del equipo villano hasta su renuncia en 1988, fecha en que se unió a Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo en el Frente Democrático Nacional.

Crónica de una Transformación anunciada

De cualquier manera, siendo tres o cinco las “grandes transformaciones” previas a la presunta cuarta que en estos momentos ya tiene su bien ganada etiqueta, reconocida como la “4T” -que podría ser la “5T” o hasta la “6T”, dependiendo de la precisión historiográfica con que se analice- aparece otro tema que merecería disertación: Ninguna de estas transformaciones anteriores fueron anunciadas como tales. Ni siquiera Lázaro Cárdenas echó mano a un vaticinio homérico de semejantes dimensiones cuando hacía su campaña electoral en 1933. Prometía cambios, por supuesto -muchos de los cuales fueron inicialmente tomados por demagogia barata por sus detractores- pero no proclamó que sus mejoras redundarían en una transformación épica, legendaria, para la nación.

Juárez y Madero tampoco anunciaron un segundo y un tercer Armagedón político, respectivamente. De muchas maneras no podían estar seguros de que sus esfuerzos llevarían a una gran mutación social radical, es decir, se esforzaban por cambiar las cosas, prometían retribución al sacrificio, luchaban, invocaban y hasta rezaban por remover las bases de un sistema al que consideraban inadecuado, pero en sus tiempos nadie anunció que tales epopeyas serían la consecución lógica de aquella tradición nacional de transformaciones al por mayor inaugurada por el padre Hidalgo y sus campanadas. Dichas transformaciones ocurrieron, tuvieron consecuencias y después, sólo después, fueron registradas como tales para la historia.

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Tal noción difiere raigalmente de esta, la presente, la de la llamada “4T”, una transformación que, en rigor, todavía no ha ocurrido, que podría tener lugar en los próximos años, o bien podría no ocurrir en absoluto o, Huitzilopochtli no lo permita, resultar una transformación para peor. Quizás, retomando el hilo de la analogía emocional con el castrochavismo, podría llegar a convertirse en una Transformación retórica, en un concepto que no implica lazos con la realidad, tal y como el término “Revolución” en Cuba o Venezuela no involucra cambio alguno, renovación, evolución, sino todo lo contrario.

Como en estos países previamente maltratados por el populismo de izquierda, México podría estar a las puertas del uso viciado, automático, casi catatónico de un concepto grandilocuente, uno que suena hermoso a los oídos de una masa de seguidores dispuesta a repetirlo a cada minuto. Esto, con independencia de que esté aconteciendo una verdadera transformación en el país, o sólo se siga etiquetando, de manera triunfalista, un proceso conservador disfrazado de reformismo, o bien uno desintegrador de las potencialidades económicas y socioculturales de la nación.

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