Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Deseos de clase media

El deseo forma parte del circuito de la acción.
Introduce en él un momento de claridad consciente, detenida y tensa
que rompe la fluida secuencia que lleva al animal de la pulsión al acto.
Vive entre la pulsión y el proyecto.
Toda nuestra vida está dirigida por él.
La historia de la cultura es la historia de nuestros deseos.

José Antonio Marina

 

 

Nací como parte de la clase media. Una larga tradición de clasemedieros siempre fluctuando en ese puente movedizo que sube y baja, que se acerca a los pobres o a los ricos, siempre con anhelos y aspiraciones, no todas ellas económicas porque si se mira bien, ser clase media lleva consigo ciertos valores aparentes y quizás otros escondidos. Decido incorporar a mi historia esta reflexión que en principio nada tendría que ver con el cuerpo, sin embargo y como hemos insistido, somos de cuerpo entero, lo demás son abstracciones. A mi cuerpo le tocó nacer en la clase media lo que supone una forma de vivienda, una alimentación, rituales y formas de relacionarme con los de mi clase y con los de las otras; con los nacionales y con los extranjeros.

Como he dicho somos un árbol genealógico de clasemedieros. Mis abuelos lo fueron. Los paternos tuvieron su época de gloria y rozaron la clase alta. Mi abuela Aurora hizo de sus relaciones con la crema innata mexicana una profesión, pero nunca se supo ni se sintió parte. Paladeaba como quien derrite un chocolate los nombres y apellidos de sus amigas de la “jugada”. Creo que sentía blasfemia mutilar de su apellido a la élite encopetada.

Los demás sí llevábamos un nombre simple, aunque los de abajo también se acompañaban de un segundo vocablo, el de su profesión: Pepe el chofer; Elodia la costurera; Rosita la lavandera. Mi abuela era clasista y paternalista a la vez. Creo que todo clasemediero de este país que lo niegue está faltando a la verdad. Somos condescendientes culposos, herederos del cristianismo que sigue corriendo por las venas, aunque ya no lo practiquemos, seamos disidentes o se haya hecho un upgrade hacia un culto importado o newagero. Nos da pena el dinero, hablar de él, decimos, “es de cocheros”, con una discriminación clasista y despectiva hacia el conductor; ese cochero que antes era representante de la clase baja hoy puede ser cualquiera que decida emprender con un Uber si se es clase media, o con 100 si es de la clase poderosa.

Somos además discriminatorios y clasistas porque en el gen humano está la aspiración de distinguirse. Como diría Bauman, el éxito de los gobiernos populistas actuales consiste en que al hacer del extranjero el último de la fila, todo nacional se siente un escalón por arriba. Ser absolutamente democrático es un esfuerzo de la razón, un ejercicio de compasión complejo. La compasión es una actitud complicada porque fácilmente se puede desvirtuar en arrogancia disimulada, en creerse “salvador” del otro.

Por eso Aurora, mi abuela, aunque tenía esas marcas que señalo y de las que me confieso heredera, hacía muchas obras de caridad en silencio. Mi abuela Gloria era una bella mujer de clase media y en su familia (en la de Aurora también, pero más en la de Gloria) la cultura era el mejor de los bienes, hermanastra de Antonio Castro Leal, en su familia el saber era siempre el mejor de los adornos.

Eso la llevaría a casarse con mi abuelo Carlos, un descendiente de alemanes que era políglota devorador de libros y presumía ser autodidacta. Carlos también era guapo, pero como 20 años más viejo que Gloria, así que los cuentos de Carlos y su limitada solvencia económica terminaron por aburrir a Gloria. Carlos fue representante diplomático en Suecia, el equivalente al embajador. Es de suponer que eso impresionó mucho a la joven Gloria. Mi abuela Aurora quedó deslumbrada con el Gordo, mi abuelo Toño, hijo de un salvadoreño rico dueño de pozos petroleros en México, pero que gracias a don Lázaro, fue degradado a la clase media que hoy nos ocupa.

Al gordo también lo chiflaba la cultura, amante de las leyes y abogado prominente que divorciara a Lyz Taylor y representara a Bugsy Siegel. Recuerdo que juntos vimos la serie “Yo Claudio” y creo que gracias a su admiración por el emperador mi prima Claudia lleva ese nombre (tengo un leve recuerdo de una discusión entre mi tía Laura y él sobre el nombre, aunque, es posible que al rato me den de whatsupsazos por inventarme una historia).

Así que en mi familia somos devotos de los libros, de los grados, del arte en todas sus representaciones. Somos aspiracionistas confesos. Estoy segura de que no sólo buscamos saber para cobrar, nos gusta saber para hacernos conscientes, para entender a la humanidad y para comprendernos. Existe una gula neuronal por el conocimiento nuevo, por adquirir datos para orquestar con ellos conversaciones, para ponerlas sobre la mesa y compartir. Nos gusta escribir, pintar o bailar para sentir la vida y poder contarla.

No menospreciamos los estudios que nos ayudan a hacerlo mejor porque todo juego humano es perfectible, un arte tal como el de las aves que construyen nidos multicolores o el vuelo intrépido de los halcones. A mí no me avergüenza ser clase media, por el contrario, me mantiene anhelante, me deja tiempo para sentirme bien en mi medianía y escribir, y leer con tiempo. Me permite comprender la realidad de los de arriba y la de los de abajo, buscar como malabarista aquello que llamamos bienestar. Una simple aspiración humana.

No condeno a los que más tienen, su trabajo y tiempo les habrá costado; no desprecio a los más pobres, habría que conocer su historia. Son despreciables en cambio los que lucran con los anhelos y deseos de superación del otro. Quienes aprovechan la miseria para vender protección como mafiosos. Aquellos que se visten de humildes y esconden en sus entrañas una sed de poder desorientada.

Mis hermanos sufrieron mucho por querer pertenecer a la clase alta. Confundieron el ingreso con las apariencias; buscaron ostentar en el cuerpo el santo y seña que los dejara escalar. No los culpo, por el contrario me reconozco y replanteo: creo que han sido ellos quienes me salvaron.

La división es una condición humana, nos agrupamos por afinidad o por precariedad, por estrategia o por sobrevivencia. Seres deseantes siempre a mitad de camino.

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