Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

El desastre de Panamá (Con perdón de John le Carré)

Si nombras embajador a un tipo basura, no cambia su naturaleza: ahora es una basura diplomática.
Orencio Puig.

¿Cuáles son los merecimientos de Pedro Salmerón para ser embajador de México en Panamá? Como historiador es de pena ajena, es más un apologista de Pancho Villa y de la peor versión de la historia de estampitas, que un especialista serio. Usa su profesión para hacer propaganda, es como Ackerman, pero en versión más rústica.

Además de sus columnas y tuits de promoción de corte socialista, Salmerón se hizo famoso por elogiar a los asesinos de don Eugenio Garza Sada (los llamó “comando de valientes jóvenes”). Ese exabrupto cargado de estupidez le costó su cargo en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). En su momento, el presidente López Obrador disculpó la tontería de Salmerón y dijo que valía más como investigador que como funcionario. Entonces, ¿por qué lo volvió a enviar a la función pública, en un cargo del más alto nivel de representación en el exterior?

FOTO: DIEGO SIMÓN SÁNCHEZ /CUARTOSCURO.COM

Está comprobado que el señor Salmerón Sanginés carece de filtros y modales. Sus tuits lo exhiben como un patán, da entrevistas intoxicado y tiene el tacto de un elefante. Con esto bastaría para no agraviar al pueblo panameño con semejante palurdo. Planteado de otra forma, carece de formación en relaciones internacionales, sus modales son espantosos y le falta la gracia para una función tan importante como para la que fue propuesto. ¿Tiene sentido que López Obrador envíe a alguien, que cree que vale más como historiador que como funcionario, a realizar labores diplomáticas?

Por ello es importante que el análisis y la crítica sean racionales, no emocionales, que se centren en lo que está acreditado sobre Salmerón, que es su ineptitud para los asuntos de gobierno y servicio público. Al tocar otro tipo de señalamientos no sólo se le hace el juego al presidente, que siempre puede invocar el respeto a la Constitución y al debido proceso, sino que se entra en la cancha de los sentimientos, donde él es más apto que Messi, Neymar y Cristiano Ronaldo juntos: saca la pelota, la toca lejos y, si falla, se tira al suelo y se hace la víctima. No, saquemos el debate de su área de confort y metámoslo en donde siempre tiene problemas, el campo de las razones y los datos. En ese espacio, el de los hechos, Salmerón no llena los zapatos de un embajador, sobre todo para un país tan relevante y estratégico como Panamá, donde se concentran flujos comerciales y cadenas de suministro primordiales para todo el planeta.

Cuando el presidente acomodó a Salmerón como director del INEHRM, no sabía que el sujeto cometería gansadas como las que perpetró. Ahora ya lo sabe e incluso, como colofón de su fiasco, enunció públicamente que el perfil de esa persona encajaba más en funciones de investigación que de gobierno. Ahora no podrá llamarse a sorprendido cuando Pedro cause un conflicto con otro país.

La solución, que mataría dos pájaros de un tiro, es muy sencilla: que lo manden a Conacyt, a ayudarle a María Elena Álvarez-Buylla en temas de ciencias sociales. Así sacan al chivo de la cristalería… y le dan un escarmiento a la funcionaria de los resultados nulos: luego de la pifia de las denuncias contra los investigadores, se merece aguantar semejante higadazo.

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