Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

Deng Xioaping: contra el clientelismo

“La escala lo determina todo”, perogrullada que se lee en un pasaje de aquel Informe presentado ante el Pleno del Congreso del Partido Comunista chino a finales de los años setenta. “Nuestras modernizaciones no pueden basarse en las dádivas que provea el gobierno a una población que sigue creciendo a niveles que no se han visto en ninguna otra etapa de la humanidad”.

El que habla es el padre del milagro económico chino, el camarada Deng, discutiendo las formas de hegemonía, consenso social y control en una nación con una demografía desmesurada que se prepara para su temprana entrada a la globalización. Y rechaza de plano al “sistema de dádivas” que proponen otros dirigentes influyentes.

Lo hace por razones éticas (las menos) pero sobre todo, por razones pragmáticas: dadas nuestras dimensiones, “nuestra escala”, esa solución no “alcanzará nunca” suponiendo que el mundo “de la cultura y la superestructura ideológica no cambie”. Así que la base del consenso social para el nuevo arreglo económico es el crecimiento y las expectativas que genera el crecimiento.

Remata el sagaz Deng: “…no hay proyecto político sin proyecto económico y viceversa… si nos proponemos entregar recursos a los 900 millones de chinos, siempre y todo el esfuerzo será insuficiente” (Wu, Ximing et. al. “China’s Income Distribution over time”, Berkeley, 2004, citado por Arrighi G. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007).

¿Cuál es el razonamiento de Deng? Mientras más grande es una sociedad, más recursos del Estado demandará, y si el consenso social depende exclusivamente de la entrega de “ayudas” directas, la presión fiscal no dejará de crecer. Así que, en lugar de colocar al gobierno en una misión imposible que lo acabará socavando, hay que exigir al mercado —regulado— para que “haga su trabajo”, que allí está “la segunda pierna de la modernización, el consentimiento que nuestro proyecto necesita del pueblo”.

Al cabo de 27 años, todo parece indicar que Deng tenía razón: si no hay un proyecto propiamente económico, singular, pragmático, contextual a su época y circunstancia, el proyecto político no podrá sostenerse, por más dádivas que se proponga dispensar y dispersar por todo el territorio nacional.

Es probable que países menos poblados puedan intentar la vía del “clientelismo a lo bestia” como decía Teodoro Petkoff para Venezuela, pero incluso allí y en una época de abundancia petrolera, las cosas no resultaron en nada que no sea una crisis humanitaria y una erosión progresiva del Estado y de la democracia (Deng, por supuesto, no tenía este pequeño inconveniente llamado elecciones libres y limpias).

Tal historia vino a mi cabeza cuando leí en La Crónica, un día si y otro también, que el gobierno del Presidente López Obrador y su afanoso Secretario de Hacienda andan a salto de mata buscando nuevos recursos por donde sea —en el fondo petrolero o incluso en la reserva de ahorros para el retiro— (¿y que hacemos con las calificadoras?) para financiar su obra mayor: los programas de asistencia generalizada a jóvenes, adultos mayores, madres soltera y muchos otros “sectores” qué, sumados, arrojarán la mayor red de beneficiarios (potenciales clientelas, a falta de padrones imparciales objetivos).

Pero México ronda ya los 130 millones de habitantes y los 90 millones de votantes. Si creemos en Deng, la escala misma de nuestro país cancela “la vía clientelar” del consenso social para la modernización, o como se dice ahora, el “cambio de régimen”. Treinta años después, seguiremos informando.


Este artículo fue publicado en La Crónica de Hoy el 7 de abril de 2019, agradecemos a Ricardo Becerra su autorización para publicarlo en nuestra página.

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