Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Del dedazo como mayor acto patrimonialista

Tras las elecciones intermedias arrancó la carrera por la presidencia de la República. Gracias a esa prisa ya resulta posible advertir los mecanismos que utilizarán los diferentes partidos para elegir a sus candidatos. De acuerdo a todos los indicios, la alternancia política no introdujo ningún cambio en la forma como el PRI procederá al respecto. Peña Nieto nombrará el candidato. Los que se muevan antes de tiempo quedarán descalificados. En una exacta reiteración del antiguo ritual del tapado, los suspirantes suspirarán con disciplina, y el poder del presidente se irá concentrando hasta que alcance la cumbre en el gesto extático del dedazo. En este procedimiento autoritario no hay nada oculto y, sin embargo, el nombre del “bueno” permanecerá oculto durante la mayor parte del tiempo que media de aquí al 18.

Apenas pueden exagerarse las repercusiones nocivas que tiene para la democracia mexicana la plena actualidad del vergonzoso dedazo priísta. Su pedagogía, de transparente y orgulloso corte autoritario, constituye la forma mayor del patrimonialismo que obstaculiza por todos lados el desarrollo del país. ¿O acaso existe un gesto más visible y desvergonzado de administrar los recursos públicos como si fueran propios?

Claro, esta vez la elección del próximo presidente de México constará de dos etapas claramente diferenciadas, tal y como ha ocurrido en las últimas tres o cuatro elecciones presidenciales. En la primera los partidos decidirán a quién proponen como candidato, con la novedad de los independientes a un lado. En la segunda los ciudadanos decidiremos en las urnas quién encabezará, entre los propuestos y los independientes, el ejecutivo federal durante los siguientes seis años. En el PRI Peña Nieto es el dueño patrimonial de la primera etapa. La oprobiosa disciplina priísta permite ese gesto patrimonialista, y ese gesto patrimonialista garantiza la oprobiosa disciplina priísta: el círculo funciona como una máquina perfecta, y la anulación de la democracia que conlleva solo despierta sonrisas cómplices entre los políticos que validan el ritual en la práctica. El PRI y los demás partidos políticos son instituciones que viven del público y, al menos en teoría, para el público, así que al público le asiste el derecho de criticar su vida interna. Y cualquier persona que aprecie en algo la democracia no puede dejar de criticar la ignomiosa pompa del dedazo.

El patrimonialismo no puede ser erradicado con actos patrimonialistas. Integra una rémora feudal que impide un mejor desarrollo del país. Ajeno por entero al espíritu de libre competencia que mueve al capitalismo, se eleva como un obstáculo para el crecimiento de la economía. Curiosamente, el patrimonialismo no obstaculiza las inversiones en países autoritarios que a los ojos de todos permanecerán atornillados por siempre en el subdesarrollo. Allí los inversionistas entran en la dinámica corrupta cuando lo necesitan. Pero en un país como México, que pretende ingresar con todas las de la ley en la comunidad de las democracias asociadas económicamente, el patrimonialismo deviene un obstáculo mayor. Dicho de otro modo: México no podrá superar el subdesarrollo mientras reine el patrimonialismo. Y el patrimonialismo reinará mientras prevalezca el dedazo.

Peña Nieto y su equipo han pretendido elevar la competitividad económica de México. No han abandonado, sin embargo, los usos y costumbres patrimonialistas. Por eso el optimismo del mundo frente a México es menos que moderado. No podía ser de otra manera: resulta evidente la contradicción que existe entre el establecimiento de marcos legales que alienten la libre competencia económica y las prácticas patrimonialistas ilegales. En este sexenio el dedazo de Peña Nieto será la última y mayor de esas prácticas, la que sustentará la vigencia del resto de aquí a que tenga lugar y venga entonces la nueva “cargada”.

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