Cinque Terre

José Ramón López Rubí Calderón

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Politólogo, editor y consultor.

El defensor del violador

Dice el presidente López Obrador que como el ex presidente Calderón “ya es feminista” no hay nada más que decir sobre el caso Salgado Macedonio. Es un recurso sofístico y sin fuerza moral, una salida torpe y falsa. La insinuación barata para la grilla parvularia, para el kínder partidista: “todos los críticos de Félix son felipistas, sólo por eso lo critican, todas esas feministas son simuladoras, no hay nadie feminista en todo esto”, lo que equivale a “todo es un complot contra mí, porque soy Andrés Manuel”. Mentira tras mentira. Hay mucho que decir, así: Calderón no es feminista, López Obrador tampoco –es una de 10 similitudes entre ellos que ya había expuesto aquí-, y el próximo ex presidente ha sido el defensor de un violador.

En el artículo anterior recordé que Alberto Fernández no es igual sino mejor que AMLO: lo ha hecho menos mal contra la pandemia (menos mal), sobre uno de los errores cometidos con las vacunas se atrevió a pedir la renuncia al titular del ministerio de Salud (¿cómo va Gatell con casi 190 mil muertos oficiales?) e hizo su parte en la legalización del aborto (obviamente, proponer en campaña y como presidente enviar una iniciativa al Congreso). No es que el argentino no sea criticable sino que López Obrador lo es mucho más. Los verdaderos felipistas atacan por todo a López Obrador y los obradoristas atacan por todo a todos los no obradoristas mientras ambos políticos siguen oponiéndose a toda legalización del aborto en México. Y otros tontos creen que no son cosas relevantes. El México de la mágica grilla. Grilla por la que también se puede llegar a defender a un violador.

Foto original: Cuartoscuro

La nuez macedonia es clara y evidente, un hecho grande y fácil de cascar: AMLO insistió, contra lo que fuera y como fuera, en mantener a Salgado Macedonio como candidato de su partido al gobierno de Guerrero. A “Félix”, como lo ha referido amistosamente durante toda la turbulencia; al secretario de Salud no le dice “Jorge”, a la secretaria de Gobernación no la llama “Olga”, a Gatell lo ha tratado como “Hugo” y el senador violador sólo es “Félix”; formas que son compendios: resúmenes de relaciones políticas. López Obrador decidió, también por motivos políticos, defender a un impresentable como Salgado Macedonio. Defender políticamente a un violador.

El presidente no sólo controla la administración pública federal sino también a Morena, por ser la primera y última palabra en la vida interna del partido. Tiene el poder formal y real para correr a quien sea de su gobierno y el poder informal pero real para, si de veras se empeña, expulsar a alguien de Morena; tiene en ambos lugares el poder que no tiene por completo en el Estado mexicano: el poder de impedir o cancelar el avance de cualquier medida y cualquier individuo en el gobierno federal y en su partido; por tanto, en cualquier momento pudo quitar la candidatura a Salgado Macedonio, decisión que Mario Delgado y los órganos del “CEN” morenista sólo tramitarían. Pero no ha querido. ¿Por qué? Porque no le importa el feminismo, no le importan los derechos de las mujeres como tales, le importa parecer un poco lo que no es ni quiere ser simulando que es humanista, de ese humanismo que también es importado y que cree relacionar suficientemente con el feminismo porque le pone rostros femeninos a su florería presidencialista (esas mujeres que no son criticables por ser mujeres sino por ser políticas que, sean feministas o no, aceptan seguir obedeciendo a un jefe que solamente las deja hacer en lo que a él no le importa y al que no se atreven a contrariar cada vez que es necesario). Del autoritarismo político-personal de López Obrador hay mucha evidencia, que se quiere tapar con retórica populachera, y de su antifeminismo hay dos pruebas máximas: su añosa oposición real a la legalización del aborto y su defensa de Félix Salgado Macedonio.

Finalmente, ¿es “el toro” un violador? Creo que lo es porque les creo a Basilia Castañeda y las demás acusadoras, porque no hay razón alguna para no creerles, porque las acusaciones no nacieron cuando AMLO llegó a la presidencia ni cuando el guerrerense anunció sus intenciones gubernatoriales. Las acusaciones renacieron, no nacieron, por el momento social y ante el posible encumbramiento del político, no únicamente por el momento electoral: reaparecieron feministamente porque al previamente acusado se le permitió ser candidato y podría ganar las elecciones (y si las ganara, un error popular no quita ni lo violador ni el riesgo machista como gobernante). También las creo porque todo indica que en el récord histórico son muchas más las acusaciones ciertas que las falsas y porque quien revisa la trayectoria del senador no le encuentra la decencia al hombre.

AMLO, dice, quiere ser de los mejores presidentes de la Historia pero, contradictoriamente, ha sostenido a un violador. En época de feminismos. Algunos fingen ser feministas o acercarse a ciertas posiciones del feminismo, es claro, pero el caso de López Obrador está resultando peor: ni por fingir ni por conveniencia positiva ni por evitar costos políticos e históricos, por nada, deja de insultar a las feministas que protestan; por nada deja de minimizar los problemas de las mujeres; pase lo que pase, él no propone la despenalización del aborto por legalización. Él, él, tenía que defender al obradorista violador.

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