Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Decadencia de la ficción

DC Comics ha decidido que el hijo de Superman, Superman Junior, sea bisexual. Así es como publicita la historieta próxima a salir. Esta iconoclasia fácil es una estrategia de ventas que ilustra la crisis en la ficción de nuestra era, sometida al identitarismo –en este caso sexual– como bandera política.

Los ideólogos de género alegan que Superman Sr. también hacía explícita su sexualidad pues “ostensiblemente era un hombre blanco heterosexual”. La diferencia entre ambos es que la sexualidad del papá no era un statement político cargado de gazmoñería y de alardeo de la virtud. De hecho, si uno revisa vis-a-vis a padre e hijo, es claro que para el primero no importan ni la sexualidad ni la raza ni la religión sino los individuos, mientras que para los creadores del hijo esas etiquetas son, conforme a los edictos del wokeismo y las políticas de la identidad, lo primordial en el personaje.

DC Comics

En Cartas a un joven novelista, Vargas Llosa sostiene que la clave de la buena ficción es la verosimilitud del universo dramático. Cualquier creación –cualquier fantasía, personaje, aventura, frase, mundo, escena– funciona mientras se sostenga en las leyes de su propio universo narrativo. Un personaje puede tener la orientación sexual que sea (¡vaya, un extraterrestre con calzones por fuera!) mientras sea verosímil y congruente con la línea dramática de la historia, es decir, mientras tenga una razón de ser dentro de la propia ficción. Cuando es forzada, cuando obedece a un propósito político y publicitario, a un interés mercadológico, comercial e ideológico, ha habido una perversión de la ficción y ésta fracasa como tal.

Las artes y la industria cultural llevan ya demasiados años en decadencia. Las amenazas que la acechan son todas morales y políticas para que realice una imitación forzada del mundo. De un lado, la censura por la corrección política; del otro, la sensiblería del agravio y la victimización, lo que Javier Marías llama “ficción de las penalidades” y del sufrimiento biográfico: héroes que deben ser reinterpretados por cierta raza para cumplir cierta cuota; otros que deben ser de equis sexualidad para una reivindicación histórica.

Es justo que nos preocupe este tipo particular de corrupción en la ficción porque, como escribió Oscar Wilde en La decadencia de la mentira, la realidad imita a la ficción con más frecuencia que la ficción a la realidad, de modo que la decadencia de la ficción inevitablemente descompone nuestro mundo. Así, aunque el Superman Junior sea una vacilada, nos impele de nuevo a reivindicar la máxima esteticista: art for art’s sake. La ficción será arte en tanto se encuentre más allá de la moral y la ideología.

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