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Luis Antonio García Chávez

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Debates: expresión fundamental de la democracia en los procesos electorales

El domingo 22 de abril vivimos, en México, el que quizá pudiera ser considerado, hasta la fecha, el debate más importante en la historia de la democracia moderna nacional. Se calcula que más de dieciocho millones de televidentes pudieron presenciar el intercambio político entre los cinco candidatos a la presidencia de la república, lo que permitió contrastar proyectos, propuestas y, también, acusaciones, que permitieron a los ciudadanos normar un criterio para el ejercicio de su voto en los próximos comicios del primero de Julio.

En una sociedad democrática, el debate es una de las expresiones más importantes del intercambio público y, en cuanto a los procesos electorales se refiere, resulta una oportunidad sustancial para conocer a fondo a los aspirantes a un cargo de representación popular.

CIUDAD DE MÉXICO, 22ABRIL2018.- Aspectos de la transmisión del primer debate entre candidato que aspiran a la presidencia de la República.
FOTO: GALO CAÑAS /CUARTOSCURO.COM

Salvo el de 1994, que había suscitado interés y que se considera que influyó de manera determinante (aunque después se fue diluyendo en el ánimo del electorado), los debates posteriores se fueron convirtiendo en una suma de monólogos acartonados en donde los candidatos repetían, a las franjas del electorado a las que pretendían convencer, las frases y promesas generadas a lo largo de la campaña.

En principio de cuentas hay que reconocer el talento y la capacidad del INE para realizar un formato que, sin ser perfecto, resultó mucho más atractivo para el público que siguió el debate del 22 de abril. Por otro lado, se debe reconocer también de manera honesta el destacado papel de los moderadores quienes, con imparcialidad y talento periodístico, condujeron de muy buena manera el intercambio entre los candidatos y realizaron muchas de las preguntas precisas que la sociedad esperaba que fueran respondidas.

Sobre el desempeño de cada uno de los candidatos, mucho se ha escrito y creo que, al momento de leer este texto, el lector ya tendrá un criterio bastante formado al respecto, por lo que no abundaré en el tema, sino en los aspectos interesantes en lo general del mismo y, sobre todo, en las áreas de oportunidad que, considero, pudieran mejorarse para seguir potenciando este tipo de intercambios.

Lo primero es la frecuencia de los mismos. Si, al parecer, tanto actores políticos como analistas y sociedad coincidimos en que los debates enriquecen el intercambio y nos permiten conocer en mayor profundidad a los candidatos y sus propuestas, resulta inentendible que en una campaña de tres meses se prevea la aparición en distintas plataformas de aproximadamente 55 millones de spots y sólo se haya acordado la realización de tres debates.

¿Qué resulta más enriquecedor para la democracia y la construcción de ciudadanía, así como la emisión de un voto consciente e informado? Me parece que, por mucho, el debate supera al spot acartonado, lleno de lugares comunes, sin capacidad de interpelación, que hoy son la norma de la comunicación política de campañas y candidatos.

Todos los candidatos, sin excepción, se quejaron de lo corto de los tiempos. Evidentemente un debate de cinco horas de duración sería desgastante para el público, para los candidatos y para los moderadores. Pero si se hicieran muchísimos más debates, por ejemplo, uno por semana, sin duda en cada uno de ellos se podría tocar con mayor profundidad cada uno de los temas, de manera que la brevedad del tiempo no sea un pretexto para que algún candidato no responda cuestionamientos o explique a fondo sus propuestas.

Estoy seguro que los ciudadanos agradeceríamos reducir lo más posible el número de spots y concentrar ese tiempo en un mayor número de debates públicos.

Otro de los elementos a debatir es la pertinencia o no de poner un umbral de intención del voto para participaren el debate o, en su caso, dividir en debates entre contendientes en general y aspirantes, que aunque lo pareciera, no es lo mismo.

Esto se pudo apreciar aún más en el debate de la Ciudad de México, donde participaron siete candidatos cuando, en el fondo, todos saben que sólo dos de las candidaturas, o a lo mucho tres, tienen posibilidades reales de convertirse en el próximo gobierno de la ciudad. Esto hizo un debate mucho más largo y “robó” tiempo de discusión a quienes realmente pueden gobernarnos, a cambio de escuchar posicionamientos de quienes, en términos reales, no cuentan con ninguna posibilidad.

Sé que para muchos esta ida pudiera ser discriminatoria, pero creo que debería evaluarse, en la medida que la contienda electoral tiende a cerrarse; considero que, para el electorado, resultaría mucho más atractivo escuchar las propuestas de los candidatos que realmente tengan posibilidades competitivas de llegar al gobierno.

Otro de los elementos perfectibles en el debate es la capacidad o no de los candidatos a dar cifras que puedan ser o no reales en el marco de la discusión. Esto generó un posdebate intenso, por ejemplo, en donde algunos candidatos acusaron a otros de haber mentido y viceversa.

Me parece que esto empobrece el intercambio público. Poco sentido va a tener para el público ver un debate entre candidatos si, al escuchar datos o cifras contundentes de cualquiera de ellos no cuenta con la certeza de que éstas se apeguen a la realidad. Peor aún cuando la determinación de lo anterior queda en manos de grupos que pueden o no ser imparciales en el análisis de dichos datos y acaban confundiendo todavía más al elector.

Lo anterior se corregiría, a mi entender, de manera muy sencilla si todo candidato estuviera obligado de entregar a la autoridad electoral la fuente de la que tomó los datos presentados durante el debate y que la autoridad después diga públicamente a la ciudadanía si dichas fuentes tienen o no validez oficial.

Esto terminaría con subjetivismos sobre si los datos están bien o mal, dependiendo de la metodología usada para su interpretación o cualquier otro, e incluso pudiera haber una sanción por parte de la autoridad a quien en el debate pretenda engañar a la ciudadanía con datos falsos o provenientes de fuentes no fidedignas, y daría garantía a los ciudadanos de la calidad de la información y del intercambio que hubieran presenciado entre los candidatos.

En fin, considero que hay muchos temas por revisar, corregir y mejorar, pero felicito a la sociedad mexicana por la evolución que implica, en materia ciudadana, el comenzar a dar un mayor peso a los debates en la toma de decisiones libres e informadas al momento de elegir a nuestros gobernantes.

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