Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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De Saigón a Kabul

“Sí, la historia se repite a sí misma, pero la primera vez como tragedia, la segunda como comedia”. La famosa enmienda de Marx a la idea de Hegel sobre la repetición de la historia pudo haber quedado flagrantemente desmentida en el caso de la retirada estadounidense de Kabul, aun más caótica y aciaga que aquella de 1975 en Saigón. “Algunas veces, la repetición a modo de comedia puede ser más terrorífica que la tragedia original”, añadiría Zizek.

Tras dos décadas de presencia en Afganistán, Estados Unidos se retira dejando en el poder a los mismos fanáticos religiosos que fue a deponer. Se refrendan las tristes enseñanzas de Vietnam sobre el fracaso de lo que se ha dado en llamar en ciencia política “nation building”, la construcción de un Estado-nación por medio del poder de una fuerza extranjera. Estados Unidos ha malogrado este esfuerzo en países tan diferentes a su idiosincrasia y forma de ver la política y el mundo como lo son Vietnam del Sur, Haití, Irak y ahora Afganistán. Lo que caracteriza a todos estos lugares ha sido el empeño masivo de Washington en erigir países con instituciones y credos similares a los suyos, a veces a nombre de loables preocupaciones humanitarias en defensa de quienes sufren un genocidio, pero a veces por crudos intereses económicos y geopolíticos.

Estados Unidos invade países y gana guerras con facilidad, pero la paz, la estabilidad y la seguridad a largo plazo han sido imposibles de garantizar a base de solo despilfarrar dólares. Esto del nation building es una quimera que devora muchos recursos…y vidas. Se necesita una fuerza militar sustancial para mantener la paz en sociedades fragmentadas, asistencia política para establecer una gobernanza eficaz y ayuda económica sostenida para reconstruir infraestructuras devastadas y garantizar servicios públicos básicos. Todo esto es caro, y aun más ilusorio es extrapolar sistemas multipartidistas con sus parlamentos, división de poderes y libertad de prensa a sociedades con poca o nula raigambre democrática.

Las lecciones de este absurdo debieron ser cabalmente aprendidas por Estados Unidos desde la guerra de Vietnam. Hoy horroriza al mundo los tremendos parecidos entre lo sucedido en la Embajada estadounidense en Saigón en 1975 y lo que pasa ahora en el aeropuerto de Kabul. Pero las razones de estas ignominiosas salidas también son aterradoramente parecidas: en ambos casos Estados Unidos porfió en apoyar a ultranza gobiernos locales notablemente corruptos, ineptos, aprovechados e impopulares. Tanto en Vietnam como en Afganistán la potencia más grande del mundo combatió por años a un enemigo que lo enfrentó en territorios agrestes con una eficaz guerra de guerrilla y contando con el tiempo a su favor. Talibanes y Vietcong sabían que vencer a los estadounidenses en batalla abierta era casi imposible, pero se les podía obligar a retirarse si tenían una voluntad inquebrantable y una paciencia infinita. Washington se volvió a tropezar con la misma piedra, desdeñó su experiencia vietnamita y decidió la invasión a Afganistán (y a Irak) de un modo irracional: sin fijarse metas concretas y calendarios de ingreso/retirada plausibles. La guerra y subsiguiente ocupación se plantearon como un castigo al gobierno talibán, en un país insondable (“tumba de imperios”, le han llamado), dueño de una bien fundada reputación de fiereza y capacidad de resistencia ante los invasores desde los tiempos de Alejandro Magno.

El espejismo del nation building tardó menos de un año en desvanecerse. Muy pronto los insurgentes empezaron a hostigar a las tropas aliadas. El gobierno afgano siempre se mostró incapaz de gestionar el país sin apoyo extranjero. Entonces, Estados Unidos decidió rescatar el manual vietnamita: se convenció (otra vez) de que bastaba con  entrenar y equipar a un ejército local y hacerlo capaz de enfrentar al enemigo. Afganos contra afganos, la calca del proceso de “vietnamización” de Richard Nixon y, al igual que en Vietnam, donde Washington se gastó una fortuna sólo para ver la reunificación del país bajo la férula comunista, el tenaz adversario terminó por imponerse, sólo que de una manera mucho más veloz.

Vietnam y Afganistán comparten una característica básica que lo explica casi todo. En ambos casos, el gobierno estadounidense llegó, tras muchas pifias, a la conclusión de que su presencia en esos países, costosa en vidas y recursos, sólo podía aspirar a retrasar lo inevitable, de ahí que se dejara llevar por la ficción de que podía armar y entrenar a un ejército local; pero cuando entendió que esta tampoco era una solución viable optó únicamente por tratar de evitar la deshonra y el ridículo. En ambos casos también en eso fracasó.

Cuando Saigón cayó en 1975 casi todos los soldados estadounidenses habían abandonado el país dos años antes, tras el precario acuerdo de paz de París, papel mojado, cuyo único objetivo real era permitir una retirada lo más digna posible de Estados Unidos, la “paz con honor” prometida por Nixon en su campaña electoral. De la misma forma, Trump también buscó una coartada “honorable” para salir de Afganistán cuando en 2020 firmó un acuerdo con los talibanes en el que Estados Unidos se comprometía a marcharse del país en mayo del presente año a cambio del compromiso de los talibanes de no amparar a grupos terroristas enemigos de Washington. Biden retrasó la fecha por unos meses, pero la suerte estaba echada y el ridículo no pudo evitarse.

Biden hizo el mes pasado todo un esfuerzo dialéctico para explicar por qué la salida de Afganistán no se parecería nada a la huida de Vietnam. En una frase que pasará a la historia, declaró: “Bajo ninguna circunstancia se verán helicópteros evacuando gente desde el tejado de la Embajada de Estados Unidos en Kabul”. Ya vimos esa imagen y algunas aun más dramáticas, como la de afganos cayendo de aviones. Ahora, Estados Unidos y la comunidad internacional deberán prepararse para lo que venga con la restauración del califato en Afganistán, y esto apenas unos años después de la derrota de ISIS.

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