Cinque Terre

Javier Solórzano

De memoria. 1987, URSS-Afganistán

En 1987 la URSS estaba al borde del colapso. Mijaíl Gorbachov intentaba un cambio con el glasnost y la perestroika, (reestructuración económica y apertura).

Los intentos de cambio parecían tratar de alargar el tiempo de un régimen que se caía a pedazos. Los rusos sabían que la única forma de salir de la gran crisis era cambiando de régimen y para ello el país iba a tener inevitablemente que reorganizarse e incluso volver a las viejas fronteras de principios del siglo XX.

Las exigencias ciudadanas crecían, al tiempo que la economía estaba colapsando a grado tal que no había como satisfacer la demanda de alimentación de la población.

El problema no era sólo económico, los rusos, particularmente los jóvenes, iban tomando conciencia de un mundo externo que se les había escondido y hasta encerrado en medio de muchos dogmas.

La gente salió a las calles exigiendo cambios en la economía, apareciendo importantes temas para la vida: la libertad de expresión y el derecho a la información, los cuales eran controlados de manera abrumadora por el Estado.

Dentro de los muchos problemas que cargaba el régimen soviético estaba su intervención en Afganistán. Ayer como hoy se creía que este país sería fácil de dominar, al final después de que se libró una larga batalla los rusos tuvieron que retirarse derrotados.

Estos días en que algunos han hecho un paralelismo entre la derrota de EU en Vietnam y el retiro de tropas de este país y la nueva llegada de los talibanes a Afganistán, hay que recobrar en la memoria la derrota soviética de aquellos años.

Afganistán recibió ayuda indirecta de EU, lo que fue fortaleciéndole en un momento en que la URSS ya no tenía cómo atacar ni defenderse. El retiro de las tropas rusas fue un largo final cargado de una gran cantidad de soldados soviéticos muertos en el frente de batalla.

En esos días tuvimos la oportunidad estar en la zona fronteriza soviético-afgana en plena retirada de las tropas rusas. Todo era dolor, confusión y, sobre todo, era la manifestación más acabada de como un imperio caía derrotado.

Las largas pláticas que sostuvimos con muchos de los soldados eran aterradoras. Los habían mandado a la guerra sin armas, no sabían con quién estaban peleando y lo único que querían era que se acabara la guerra, la cual no entendían.

Una gran cantidad de jóvenes murieron y muchos más  quedaron lisiados en medio de un país que se estaba desmoronando. Muchos de ellos quedaron a la intemperie sin atención alguna regresando de la guerra, no tenían trabajo y viendo cómo sus vidas quedaban sin futuro.

Uno de los jóvenes con quien conversamos largamente nos contaba que de ser un héroe de la guerra pasó a ser un desempleado, lo cual además llevó a su familia a una situación económica de brutal adversidad.

Toda una generación de jóvenes rusos se vio severamente afectada no sólo en lo físico también en lo psicológico. Nunca entendieron del todo por qué su gobierno los metió como instrumento para sus intentos de expansión de sus territorios bajo la idea de que Afganistán podía ser derrotada.

Ver cruzar en la frontera afgano-soviética a cientos de jóvenes soviéticos desmoralizados con miradas perdidas regresando a su país que se encontraba en pleno deterioro, fue la manifestación más clara de lo que le estaba pasando al país.

Era la derrota y la incertidumbre que acabó por encontrar un momento de esperanza con la caída del Muro de Berlín años después.

Afganistán se defendió, ganó la guerra y recuperó, como fuere, la esperanza. Los soldados soviéticos regresaron no sólo derrotados también, como nos decían algunos de ellos, fue un regreso sin gloria sin saber lo que iba a pasar en sus vidas, las cuales terminaron por ser un enigma.

RESQUICIOS

No parece que a los grandes inversionistas les inquiete mucho que digamos la consulta o la revocación de mandato. Lo decimos porque México genera mayor certidumbre en América Latina para la inversión; para no perder de vista.


Este artículo fue publicado en La Razón el 18 de agosto de 2021. Agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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