Cinque Terre

Elizabeth Pérez Ramírez

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Neurocirujana

De fobias estúpidas

Cuando decidí hacerme un tatuaje, busqué calidad y cercanía. Me llamaron la atención los trabajos de Mariana. En la página de su estudio dice: “… un matrimonio gay que siempre tuvo la necesidad de expresar su amor por el arte visual, especialmente por el arte del tatuaje…”.

Como un tatuaje es algo permanente, y yo considero que debe ser una decisión madura y reflexionada, estuve revisando comentarios y trabajos en Facebook, Instagram y Google. Al final, me decidí. Los trabajos de Mariana me parecieron preciosos, y supe que era una de las mejores tatuadoras de México.

Busqué la imagen que yo quería con igual cuidado, puesto que iba a ir en mi piel. Una vez que la tuve, recorrí el camino que muchos ya conocen, pero que para mí era totalmente nuevo: enviar la imagen, decidir el área a tatuar, el tamaño, el estilo, y solicitar la cotización. Como ya me habían advertido algunos amigos, podría ser muy caro lo yo quería. La espera de la respuesta me tuvo en vilo poco tiempo: mi cotización era muy accesible en relación a los precios que algunas personas me habían manejado. Me solicitaban un adelanto para agendar la cita, así que tomé mucho aire (un tatuaje es una decisión sin vuelta atrás), suspiré, y procedí a hacer el pago del anticipo.

Mi primera sorpresa fue que Mariana tenía citas a poco más de un mes de distancia. Lógico, pensé, siendo tan buena tatuadora. Ni modo. Me armé de paciencia. Unos días antes de mi cita, al pasar por su página de nuevo, me entero que se cierran agenda y no mencionan fecha de nueva apertura. Para entonces, y dependiendo del primer trabajo, ya pensaba en un segundo que complementara el original, aunque no lo había decidido bien aún.

Me comuniqué y me dijeron que quedaban dos lugares. Hice un nuevo depósito como anticipo y reservé otro lugar, mes y medio después.

Foto:
@karmainkcollective

El primero fue toda una experiencia. Yo no lo sabía, pero escogí un diseño complejo y grande, que tuvo a Mariana ocupada en casi dos horas de trabajo continuo, y a mí sumida en una vorágine de dolor fluctuante entre leve, moderado, intenso y a veces, muy intenso. La mayor parte del tiempo, entre moderado e intenso. Gina trabajaba en una mesa contigua. Recibí mis indicaciones, jaboncito y pomada, cubrieron mi tatuaje y caminé a casa, queriendo cortarme la pierna al llegar (está en el muslo). Luego, los cuidados. Lavado, hidratación, más hidratación, más hidratación… hasta que empezó la comezón. Logre pasar los días aguantando el prurito sin rascar, y al final, todo valió la pena: el tiranosaurio, símbolo de mi agresividad, me observa con los mismos colores que tenía recién hecho. Es un trabajo precioso.

Ya tenía encima la segunda fecha. Consulté la página y supe entonces que se van a Vancouver. Me alegré por ellas, pensando que todos los cambios son buenos, y ellas son dedicadas, educadas, y hacen un excelente trabajo.

Llegué a mi segunda cita. Me senté a esperar, y mientras, algunos de los presentes vieron mi primer tatuaje, que para ser honesta, ha recibido muchos elogios. Me encanta.

Cuando iniciamos, dado que el segundo diseño es más sencillo y más pequeño, y el dolor se quedó entre leve y moderado, empezamos a platicar con comodidad. Y entonces supe la verdad.

No se van porque quieran. Se van porque aún en una ciudad tan, supuestamente, “gay-friendly”, ya no toleran el acoso. Tienen dos vecinas que les hacen la vida imposible. Una, homofóbica, y la otra, además, tatoofóbica. El problema no lo sería si simplemente lo fueran y ya. Pero no. Toman acciones para acosarlas, acosar a sus clientes, molestar por abajo del agua, molestar abiertamente… ya es una guerra. Ellas no responden directamente. Han acudido al ministerio público, donde intentaron persuadirlas de poner la denuncia. Tienen abogados. Están luchando por la vía de las instituciones, como se supone debiera ser.

Durante la charla, me enteré de que entre los que admiraron mi tatuaje, está uno de sus abogados. Aunque ya se nota que el estudio está medio vacío, se reunieron ahí para hablar del estado de la situación legal. Qué terrible, qué estresante, qué decepcionante debe ser no poder vivir la vida que quieres, sin molestar a los demás, ganándote la vida haciendo algo que te gusta, y teniendo que aguantar acoso del tipo que sea.

Se van a Vancouver. Es un hecho, aunque el pleito legal siga. Y los demás perdemos personas productivas y valiosas, que hacen un excelente trabajo con gusto, que pagan sus impuestos y que viven conforme a la ley. Que no se meten con nadie y sólo intentan vivir. Les irá bien, lo sé. Son buenas personas y allá la gente intenta crecer y es consciente de los derechos de los demás.

Y yo me quedo reflexionando: ¿por qué pedimos tolerancia para nuestros actos, pero no la tenemos con los de los demás? ¿acaso pensamos que son diferentes, que son menos, que no lo merecen? ¿de qué privilegios gozan los que se sienten superiores? ¿superiores en qué? ¿con qué derecho dictan el estilo de vida de cualquier otra persona? ¿por qué nos devaluamos los unos a los otros de esa manera con el pretexto que sea?

Qué pequeños somos aún como sociedad. Qué vergüenza.

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