Cinque Terre

Javier Solórzano

De botepronto

Como haya sido hay que reconocer que el debate de anoche tuvo avances en comparación con los anteriores. Si bien hubo momentos caóticos, sobre todo en la medición de los tiempos, en lo cual somos de la idea de que debe haber más firmeza al finalizar la participación de cada candidato, en general el debate terminó por ofrecernos una cara de quienes suspiran por la presidencia.

Efectivamente, buena parte del encuentro se concentró en Andrés Manuel López Obrador. El tabasqueño se la pasó quejándose de eso, pero es lo mismo que ha ocurrido en cada debate: quien va a la cabeza es el centro de la crítica y de todo tipo de observaciones.

Lo que queda claro es que, igual que pasó en el debate de la semana pasada de la Ciudad de México, seguimos con candidatos que nos llenan de promesas pero tienen muy alejado el cómo.

El hecho de que muchas cosas hayan quedado en el aire tiene una doble lectura. Por un lado, puede estar de por medio el tiempo de exposición, pero por otro pueden derivar de diagnósticos confusos sobre la realidad del país.

Algunos problemas no se pueden resolver con el ejemplo o con las buenas intenciones; el problema es estructural y requiere medidas severas, pero por ningún motivo las que propone Jaime Rodríguez Calderón.

Es probable que el debate vaya a cambiar la percepción de la sociedad respecto de los candidatos. Lo importante es que este primer encuentro suponemos que debió ser de utilidad para los ciudadanos. No sólo se trata de saber lo que piensan y cómo creen que se deben resolver los problemas del país, sino también pudimos ver sus reacciones, incluso sus gestos cuando hablan de ellos.

Está para revisarse el formato, porque algo que debe prevalecer es que, a pesar de que los tiempos sean cortos, es muy importante dejarlos explayarse en algunos temas. Sí es de ponderarse el hecho de que entre ellos se hayan dado momentos de confrontación.

Un ejercicio que nos vendría muy bien a todos es el que algunas organizaciones civiles han echado a andar. Mucho de lo que dijeron anoche tendríamos que saber si está “verificado” o no. Por ejemplo, ¿es cierto que López Obrador tiene tres departamentos? ¿Está totalmente claro el caso de Ricardo Anaya? ¿Efectivamente José Antonio Meade fue la clave para la detención de los corruptos exgobernadores?

El debate no solamente debe centrarse en quién es el ganador o la ganadora, es importante hacer seguimiento de lo que dijeron, es importante saber si lo que expresaron a lo largo de dos horas tiene un valor real o formó parte de dimes y diretes que al final terminaron sólo en demagogia y acusaciones.

López Obrador estuvo en el centro y lo seguirá estando. Deberá de responder a las observaciones que le hicieron de manera puntual. Esto es lo que lo fortalece, porque la fama de evadir a menudo las preguntas o darles muchas vueltas puede dar resultado en entrevistas banqueteras, pero no dará resultado en debates como el de anoche.

Lo que se vio también en pantalla nos mostró que quienes suspiran por ser el próximo Presidente tienen que desarrollar un arduo y largo trabajo, empezando por ellos mismos. A lo largo de dos horas mostraron debilidades que, ante la eventualidad de que sean gobernantes, pueden resultar profundamente inquietantes.

Ya los vimos en este primer debate. De seguro todos se van a decir ganadores, van a gritar a los cuatro vientos que fueron los que hicieron las mejores propuestas y los que marcaron el desarrollo del encuentro. Dejemos que digan lo que crean, pero como ciudadanos, y estando en nosotros la decisión, el encuentro de ayer nos debe dar más elementos para elegir lo que nos parezca el 1 de julio.

Nuestra democracia, por más que viva a menudo entre turbulencias, avanza. El debate de anoche, como ejercicio de propuestas y confrontación de ideas, fue, en un balance general, positivo.


Este artículo fue publicado en La Razón el 23 de abril de 2018, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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