Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

Culiacán: los tres desastres

No pasa una semana y ya cuento tres desastres, tres vastos fracasos en nuestra vida colectiva, nacional.

Uno. La estrategia de captura a un criminal dinástico, mal planeada, mal ejecutada y al cabo inútil, imperdonable para un Estado que lleva más de diez años combatiendo el crimen organizado en operativos de este tipo, descabezando organizaciones delictuosas, casi cada año.

Por puro respeto a los implicados no hay que olvidar a los trece muertos que causó esta escaramuza ocurrida el jueves pasado en Culiacán. De modo que no podemos tener la conciencia tranquila, pues a la exhibición de ineptitud e impericia, se agrega la destrucción material y la pérdida de trece vidas humanas.

Si tan sólo fuera por esto, el gobierno debería reconocer que no puede partir de cero en muchos campos de la vida nacional (la seguridad por supuesto, pero también la salud, la educación, la infraestructura) y que necesita recurrir al bagaje estatal acumulado por los gobiernos anteriores y a los expertos, que saben cómo se diseñan y se ejecutan estas cosas. El adanismo gubernamental según el cual todo estaba mal, nada de lo anterior sirve, nosotros lo comenzamos todo, está pasando factura y costos demasiado altos.

Dos. La demostración de fuerza de los criminales, capaces de sitiar una ciudad de casi un millón de habitantes en cuestión de minutos y la muestra enfática y sin pudor de su poder de fuego y de la captura logística de una ciudad, incluyendo las casas familiares del Ejército. Este es un balance que está haciendo falta, pues el cartel de Sinaloa ha subido de tono la exhibición de su poder para llevarlo a una escala terrorista, asumiendo a la población y a la infraestructura civil como rehenes de su jugada, escapatoria y estrategia. La correlativa demostración de la debilidad estatal forma parte de la misma derrota.

Tres. La reacción política de casi todos los demás ante estos dos desastres previos. Nadie convoca a la unidad; pocos abren un paréntesis para pensar todo lo que estamos haciendo mal; casi nadie antepone su frenética militancia; domina la reafirmación de las posiciones preexistentes como si el fracaso no tuviera una dimensión internacional; los extremos siguen dominando y el Presidente de la República no admite balance crítico alguno y mucho menos, convoca a una gran conversación nacional sobre esta, que es la gran calamidad de nuestro tiempo.

Este, tercer fracaso, está en marcha y sigue expandiéndose gracias a nuestra infame necedad, a la inexistencia de voces que llamen a extraer la más elemental y más importante de las lecciones, y es que el combate al crimen, dada su dimensión y gravedad, es un asunto del Estado, NO del Presidente. ¿A qué me refiero? Que el tema del boom delincuencial ya no debe ser parte de las discusiones, la puja, las campañas y estrategias entre los partidos políticos y los gobiernos. Como se trata de un tema absolutamente esencial, requiere de unidad política excepcional.

Se trata de sugerir, simple y previamente, un compromiso de los tres Poderes de la Unión y de los partidos políticos con objetivos precisos y estrategias revisables. No personalizar la estrategia y sacar del pleito diario, de los ajustes de cuentas mediáticos, al tema de la seguridad pública.

A estas cosas le han llamado política de Estado en otras latitudes, una serie de acciones y acuerdos entre las fuerzas y los poderes legítimos de la nación. Una construcción de la buena política que al menos no le ofrezca un nuevo triunfo a la delincuencia: el triunfo de nuestro desacuerdo aún en medio de la peor tragedia, su triunfo en nuestro encono y en nuestra propia discordia.

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