Cinque Terre

Rubén Cortés

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Periodista y escritor.

Cuba de vuelta… que no devuelta

Para Julio Serna y Nacho Anaya,

fumadores de tabacos


Ya anochecía. La calle empezaba a envolverse en esa oscuridad que en el Caribe parece exhausta, pues la luz cegadora del día nunca deja de reverberar detrás de la luna. Tendríamos que enterrar a mi padre a la luz de velas, de algunas linternas y unos mechones de keroseno.


Afuera, el sol se había ido por el párpado de las derruidas ventanas coloniales y el reflejo de las sombras se derramaba sobre los tejados.


El viejo era un hombre de campo, de Pinar del Río, el único lugar donde se puede ser guajiro. El cultivo del tabaco en las vegas de Pinar del Río (hojas con las que tuercen los “Romeo y Julieta”, “Cohiba” y “Hoyo de Monterrey”) gestó un tipo especial de cubano: el guajiro de voz lenta y acentuada que, desde la cimentación de la cubanía, en los siglos XVIII y XIX, empezó a lucir patillas, sombrero de pencas de palma, guayabera blanca y pantalón de dril crudo; un gallo de pelea bajo el brazo y machete o cuchillo al cinto.


El veguero fue el modelo para Liborio, símbolo popular del cubano humilde, en las caricaturas de los periódicos de 1902 a 1959, los años en que hubo libertad de prensa y elecciones presidenciales en la isla. Fue el veguero lo primero que se conoció en Europa como imagen de “lo cubano”: hombre de piel blanca, dibujado siempre junto a una guajira delante de un bohío rodeado de flores y de matas de tabaco en los diseños de las cajas de puros. “Con la rubia cabeza de Fonseca y con el rosal de Romeo y Julieta”, escribió Federico García Lorca, en alusión a las bellamente trabajadas cajas de tabacos, en su poema de 1930, “Son de negros en Cuba”.


Y de Pinar del Río es el mejor tabaco del mundo, por su suelo de origen volcánico, rico como ningún otro del planeta para producir una hoja sin puntos ni manchas, en las vegas situadas en una media docena de valles, de la vecindad de San Juan y Martínez, a una pedrada de donde nació el viejo. De ahí es el tabaco, no el “habano” porque éste es otra cosa. Nada molesta más a un guajiro que esta palabra porque “habano” se le llama al tabaco cuando sale de las fábricas de torcido de La Habana: de ahí el término “habano”, de “habanero”. Porque el tabaco siempre se ha sembrado en Pinar del Río y se ha torcido la hoja en La Habana. Por eso un guajiro jamás fuma “habanos”. Un guajiro fuma “tabacos”.


(Fragmento de mi libro Un bolero para Arnaldo. Memoria personal de Cuba (Editorial Cal y arena, 2015), que presentan esta noche Rafael Pérez Gay, Rafael Rojas y José Woldenberg. Piso 51. Torre Mayor.



Este artículo fue publicado en La Razón el 05 de Noviembre de 2015, agradecemos a Rubén Cortés su autorización para publicarlo en nuestra página

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