Cinque Terre

Juan Carlos Servín Morales

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¿Cuándo caduca la primera carta?

“El tiempo vuela”: expresión perogrullesca a la que todos solemos recurrir cuando súbitamente nos percatamos de lo rápido que dejamos atrás el pasado y el efímero presente. A veces, el dicho conlleva resignación ante las tercas realidades que se resisten a cambiar; más aún, cuando se pasa o se cree pasar por un punto de inflexión en la vida pública nacional. Con ello viene la irremediable decepción entre quienes con genuina ingenuidad -vaya cacofonía- creyeron -vaya desgracia- en las promesas de un redentor iluminado -¡vaya tragedia! Tragedia que en nuestro caso ha sido recurrente.

Ese ciclo, que va de la esperanza a la decepción, no es exclusivo de México o de los países con problemáticas similares. No solo se da bajo gobiernos de derecha, izquierda o centro; en las democracias liberales, en los fallidos experimentos socialistas o en el llamado -y también fallido- “Socialismo del Siglo XXI” en América Latina. En todos los casos mencionados, en otros, y en sus variantes, se han llegado a presentar este tipo de ciclos. A eso añádale el desencanto con las democracias y la seductora narrativa populistoide.

También ocurre hoy, precisamente, con los gobiernos populistas de diverso signo ideológico que, tras  “prometer el oro y el moro”, hacen gala de ineptitud y corrupción. Naturalmente, comienzan a caer sus niveles de aceptación. En caída libre o paulatinamente, pero en franco descenso. Sí, como “pian pianito” comienza a ocurrir en el México de la 4T.

Como en fechas recientes han demostrado algunas encuestas, el gobierno de López Obrador comienza a resentir el desgaste de ser gobierno, de sus dislates, yerros y escándalos. Por ejemplo, de acuerdo con el #aprobAMLOmetro de Consulta Mitofsky, el porcentaje de desaprobación del primer mandatario ha pasado de 35.1 en abril a 38.5 al final de la primera quincena de mayo. De acuerdo con el columnista Salvador García Soto (El Universal, 11/05/2019), una baja de al menos 10 puntos de la popularidad del Ejecutivo “ya es reconocida incluso por los sondeos internos de la Presidencia de la República”.

Ello seguramente tiene asideros de fondo en los números negativos en dos de los ámbitos que más preocupan a los mexicanos: economía e inseguridad, donde incluso las cifras oficiales y la percepción ciudadana son muy poco alentadoras. Basten algunos indicadores: decenas de medios, periodistas y analistas informaron que el primer trimestre de 2019 fue, con más de 8 mil homicidios dolosos, el más violento desde que se tiene registro (desde el año 1997). Aunado a ello, de acuerdo con múltiples fuentes, la economía mexicana muestra signos de desaceleración; tuvo su peor desempeño en 10 años durante el primer trimestre del año en curso, la producción generada por las actividades secundarias cayó 2.1 por ciento (en comparación anual) y los pronósticos de crecimiento para 2019 siguen a la baja (de 2.2 por ciento, como se calculaba en los días de la tersa transición, a 1.5, como ya algunos vaticinan). Unas horas antes de entregar este artículo, nos amanecimos con otra escalofriante noticia: “A abril, la creación de empleo formal es la más baja desde el 2013”. Súmele otras medidas oficiales que han ofendido a varios de los que dieron un voto de confianza a López Obrador y hoy se sienten defraudados.

En repetidas ocasiones, el Presidente de la República ha culpado al “neoliberalismo”, a la “mafia del poder” o al “cochinero” que dejaron administraciones anteriores, de la difícil situación por la que pasa nuestro país. En el ámbito local, nada más y nada menos que en el de la Ciudad de México, vienen a colación las desafortunadas expresiones de la “jefa de gobierno”, Claudia Sheinbaum, quien culpó a “la administración anterior” por no haberle dejado protocolos de actuación para poder hacer frente a la asfixiante -en sentido literal- contaminación ambiental. A final de cuentas, nada que no hayamos visto antes: el “yo no fui, fue Teté”, algo tan socorrido por tantos en la esfera política.

Frente a los magros resultados de la “Cuarta” (¿estoy siendo generoso?) y el “repartidero” de culpas para pretender eludir responsabilidades propias, es evidente que tanto en Palacio Nacional como en el Palacio del Ayuntamiento han abierto ya aquella primera carta mencionada en aquel cuento ruso de los tres sobres. En resumen, dicha historia trata de tres sobres que deja a su sucesor quien le transmitió alguna responsabilidad. El primer sobre, cuyo destino es ser abierto cuando se padezcan las primeras dificultades, dice algo así como “échame la culpa”. Bien pareciera que muy pronto se ocuparon los abrecartas palaciegos.

No obstante, el recurso parece no funciona del todo. Vox populi llega a preguntarse en qué momento concluirá la repartición de culpas y comenzarán la asumir sus responsabilidades los señores y señoras de la “Cuarta”. ¿A caso no todo iba a cambiar mágicamente? Nada que no hayamos visto previamente, pura demagogia. Aunque hoy revestida de grotescas maromas verbales.

Los gobiernos federal y de la Ciudad de México aplican pues aquella conocida maniobra, “la vieja confiable”, de culpar a los gobiernos anteriores del “desastre” en que dejaron al país para así justificar las incapacidades propias. Hasta cuándo seguirán de caraduras, hasta cuándo caduca esa primera carta. La agudización de la debacle es de su autoría y todo hace suponer que cursaremos por esa senda por los próximos 5 años y medio (cuando menos).

“Luego de una gestación larga y penosa nuestra democracia defrauda a (casi) todos”, dice José Woldenberg en Nexos al reseñar “Nocturno de la democracia” de Héctor Aguilar Camín. Es cierto y en eso sí tienen una gran responsabilidad los gobiernos previos al de la “Cuarta”, en propiciar el derrumbe de las conquistas democráticas en el largo camino de la transición iniciada hacia finales de los años ‘70. ¿O el triunfo del lopezobradorismo se explica sin la oprobiosa corrupción del sexenio anterior (como su impulsor inmediato)? Tienen razón el Presidente y la Jefa de Gobierno: las administraciones anteriores son culpables de auspiciar la salida populista. Y esa es la segunda carta, la que anuncia la transfiguración de la muy imperfecta democracia mexicana para dar paso a la restauración del país monocromático.

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