Cinque Terre

José Antonio Polo Oteyza

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Ha colaborado en el diseño y gestión de proyectos en los ámbitos de comunicación social, política exterior, seguridad. Actualmente es director de la organización social Causa en Común.

Crucifixiones

“Justo cuando pensé que estaba fuera, me jalan de vuelta para adentro”, le reclama a la vida Michael Corleone cuando constata que no puede despegarse de las sombras en que se mueven sus negocios. Y es que hay casos donde el poder no puede ya abandonarse, pues hay compromisos y secretos que no son transferibles y una multitud de venganzas acecha. La debilidad huele a sangre para los tiburones resentidos. Corleone era inteligente y competente, y quería salirse, pero lo verdaderamente trágico, sobre todo para los demás, es cuando los incompetentes quieren quedarse. Es el caso de MORENA, un movimiento de tal estulticia, que a velocidad del rayo se volvió legendaria, y que pretende impunidad para prolongarse en el poder y prolongarse en el poder para procurarse impunidad. Es normal, a mayores estropicios, más apremiante la necesidad de permanencia y de protección, de tal suerte que ambas condiciones se abrazan, indistinguibles.

Sin embargo, estas ambiciones tan primarias deben disfrazarse de otra cosa menos prosaica y hay procedimientos siempre en boga para tales efectos. La receta más común consiste en presentar todo gesto y acción con un velo de ideología radical y abocarse a dos cosas. Una de ellas, mantener fijo un eje horizontal a lo largo del cual se pueda engañar con las aspiraciones y las percepciones: en un extremo se colocan las pretensiones más pedestres vestidas de “ideas” y en el otro extremo los escogidos para ser enemigos, designados como “los intereses” y de otras formas, ninguna amable. La segunda tarea esencial, y complementaria, consiste en destruir el centro político, pues nada deja peor parado a un gobierno derrochador, mentiroso e inepto que actores y representaciones con claridad en torno a ciertos principios, y que actúan pragmática y eficazmente.

Estos juegos a lo largo del eje de las palabras y las emociones propician cambios tectónicos en el eje vertical del dinero y las jerarquías. Un gobierno revolucionario o “transformador” destruye una casta política o una clase social para ascender, al menos temporalmente, a un conglomerado de otrora desplazados, que estarán agradecidos un tiempo que debe ser suficiente para endurecer el aparato represivo, indispensable para lidiar con la crítica y el descontento. En su extraordinaria historia de la Europa de la posguerra, Tony Judt narra cómo los regímenes comunistas no fueron al principio impopulares porque la destrucción de las clases medias abrió oportunidades de movilidad a las clases bajas. Como ejemplo, Judt menciona que, en la Polonia de 1966, años después del advenimiento comunista, cuatro quintas partes de los empleados del Estado sólo tenían educación primaria, formando una casta administrativa especialmente torpe. Más cerca en el tiempo y en la ideología a lo que hoy sucede en México, el escritor Jorge Fernández Díaz incluye entre los poderes permanentes en Argentina “una obscena formación de vastas burocracias con privilegios”. Esas burocracias forman parte de las famosas clientelas, antónimo de ciudadanía, y piso inestable sobre el cual operan los gobiernos populistas.

Esta crucifixión entre izquierdas y derechas, y subes y bajas, se repite en la historia cual receta de cocina: correr hacia un extremo, encumbrarse y deformar las instituciones para ya no irse. Es lo que sucede aquí, con un añadido autóctono: todo lo narra y lo anuncia una voz lenta, corta e ignorante, capaz de comprimir todas las tragedias en un bostezo. Bono tétrico para una nación menguante.

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