Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Somos más y estamos juntos, podemos. Crónica de unas horas en la CDMX

Estoy en la glorieta de Etiopía en la Ciudad de México, junto un edificio severamente dañado; como tacos de birria y bistec, y tomo una Coca Cola sin azúcar, junto con mi hijo que hace lo mismo (solo que sus tacos tienen más o menos unas cien veces más de jugo de limón que los míos). Estamos cansados, estoy seguro. Y digo que estoy seguro no nada más por lo que siento sino porque la señora Maricela –que está con su hermana y su esposo– ofrece pagar la cuenta. Ahora tengo en mis manos enrollado un Morelos (en los tiempos de mi padre se le decía “un torreón”) porque no pude convencer a la doña de que no y no pude porque me dejó sin palabras cuando me dijo que entonces se lo diera yo a quien viera necesitado durante la jornada que me espera. Y eso haré, lo prometí.

Pero si en mis manos tengo enrollado un billete, en la garganta tengo a cada momento un nudo; le digo a Emiliano que es lo malo de llegar a viejo, “se te afloja el lagrimal por casi todo y te vuelves un cursi de la vida”. Sentí emoción por ejemplo cuando Roxy (quien luego supe que es una estrella de las redes sociales) me dijo algo así como “no la cagues we, no mames cómo te sientas en la orilla de las redilas si puedes dar de culo por allá”, cuando enfilamos a la nada para ofrecer lo que teníamos a quien lo necesitara. Me emocionaron en los Cibeles, los motociclistas y el rugido de sus motores que asemejan a cualquier bestia encabritada con un jinetes barbones y de lentes (pañoletas en la cabeza casi todos) y cabello largo o, en el otro extremo, calvo, con caras de malo; juro que más de uno antier andaba sobre las ruedas más frívolas que se pueda imaginar (porque hasta para ser el señor James Dean se requiere un mínimo esfuerzo que ellos no hacen) o estuvo montando en cierta estafa de esas que desgracian a cualquier familia porque el padre llegó desvalijado. También siento mucho entusiasmo cuando miro a esos jóvenes tatuados preparando tortas y repartiéndolas a quien se acerque como pasó con el de la voz que entre el hambre (tenía mucha) y una sonrisa de ensueño frente a sí pidió su torta con doble picante para demostrar que como uno de esos motociclistas rudos (sólo que sin motocicleta, lentes, barbas ni pañoleta).

Caminé por la avenida Álvaro Obregón, para hacerme plática durante el trayecto me digo que a la derecha casi en la esquina con avenida Cuauhtémoc hay una de las tiendas de sexo más viejas de la ciudad. Pero como si necesitara un tercero en la plática también releo lo que el aviso que está dispuesto en una vieja camioneta habilitada como centro de acopio para el que quiera mandar medicamentos y comida a Xochimilco. El ulular de las sirenas es asiduo, los helicópteros son intermitentes y el olor a gas extendido. Ahí está otro centro de acopio, un camión recibe a cerca de 35 personas que forman una brigada de ayuda en tanto unos 43 ciclistas se ponen de acuerdo para repartir la ayuda. Me desconcierta lo que siento, a uno de los tres con los que platico le digo que se asome a mirar si todavía está esa tienda para ver si compra una tanga de moda, al otro le digo que no llore por la niña que está todavía atrapada en el colegio y a mí me digo que nuestra ciudad está lastimada pero que muchos de quienes la habitan están aquí no para levantarla –no se ha caído– sino para sostenerla entre motores vigorosos, sonrisas cautivadoras y sí, un calor de esos nublados que mojan el cuerpo. Ah, y miles de miradas que encuentran en el otro la necesidad de ayudar y por eso le llegan a dar a uno un torreón de esos que tienen de imagen a Morelos.

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