Cinque Terre

Martin F. Mendoza

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Periodista. Corresponsal de etcétera en Estados Unidos

Covid-19 y Trump: una infección consume a la otra

Decir que lo ocurrido con el gobierno de Donald Trump y, en consecuencia, con el ambiente político de Estrados Unidos la última semana, es algo surrealista, es decir poco. El término no empieza a describir el desquiciamiento del presidente, el cual arrastró sin remedio a la Oficina Presidencial en una vorágine de contradicciones, absurdos, burdas mentiras y cinismo que francamente inspiran horror por lo que ha pasado y, más aun, por lo que pueda pasar, fuese cual fuese el resultado de la elección en noviembre.

Un brote de Covid-19 en la Casa Blanca, que era cuestión de tiempo dado el empeño de Trump y su gobierno por convertirse en un super-spreader, mandó al presidente al hospital. Como si ello no fuera suficientemente riesgoso y humillante para el país (se supone que su presidente es uno de los individuos mejor protegidos del planeta), lo que sigue es todavía peor: médicos que balbucean sinsentidos acerca de la real situación de mandatario debido a la mordaza que les fue aplicada desde arriba, hacen una broma del derecho a la información de los estadounidenses. Mucho menos se informa acerca de la última prueba negativa de Covid-19 del presidente, lo cual prácticamente confirma lo que se ha sospechado desde hace meses: que en realidad Trump no ha estado tomando la prueba con regularidad. ¿Sorprendidos? Para nada.

A 48 horas de internamiento y ya sintiéndose mejor, Trump salió “a darse una vuelta” alrededor del hospital nada más para saludar a partidarios que hacían guardia en las inmediaciones del lugar. ¿Qué aspirante a “hombre fuerte” desperdiciaría la oportunidad? ¡Faltaba más! El show debía continuar y el lunes, después de forzar su salida del hospital, montó espectacular entrada en la Casa Blanca a bordo del Marine 1 e, inventándose un protocolo del cual sólo él conoce los orígenes y significado, se muestra majestuoso en el balcón Truman de una forma que haría lucir a cualquier dictador sudamericano de los años setenta como simple e insulso amateur. Mientras todo eso pasa, los resultados de las encuestas posdebate otorgan a Joe Biden poco menos que el doble de ventaja en puntos de lo que tenía previamente. Trump se desfonda electoralmente pero su amenaza como autogolpista se agiganta.

De ahí en adelante ¿qué más podría esperarse?: la Covid-19 le “hace los mandados” a Trump, lo que es “una bendición de Dios” ya que no hay que temerle ni permitirle que “domine nuestra vida”. Expresado así en sus propias palabras, Trump apeló cínicamente al más radical fanatismo religioso y a la más profunda ignorancia de sus bases. Son franjas sociales que constituyen, junto con su retorcido plan de manipulación del Poder Judicial que ya telegrafió con absoluta claridad, sus únicas esperanzas de quedarse al frente del gobierno —nótese que ya no uso el término “reelegirse” pues es más que claro que, en sí, ese ya dejo de ser el objetivo de Trump desde hace buen rato.

EFE

Sí, la Covid-19 es una enfermedad terrible que se metió hasta el último rincón de un país pobremente preparado debido, en un principio, a políticas públicas increíblemente absurdas que preceden al gobierno de Trump. Son políticas puestas en práctica por el repugnante radicalismo de derecha que se enseñoreó, alimentado por la ofuscación de un importante segmento de la sociedad norteamericana por el arribo de un afroamericano a la Casa Blanca, y hay que decirlo también.

La Covid-19 ha matado ya a cientos de miles de estadounidenses que no tienen la suerte, como Trump, de ser atendidos en un sistema de salud de vanguardia y, paradójicamente, absolutamente público (“socialista”, dirían las cotorras republicanas y sus partidarios trumpistas), como el centro médico militar Walter Reed, en donde se atiende al presidente cuando requiere servicios hospitalarios.

A pesar de ello, sin embargo, la Covid-19 no hubiera llegado tan lejos y no representaría ya uno de los más grandes fracasos de Estados Unidos en cuanto a emergencias nacionales en toda su historia —si no es que el mayor—, de no ser por otra infección aún más profunda y devastadora: la del trumpismo y todo lo que representa. Su incompetencia, la corrupción, la mendacidad, la ignorancia y la cínica explotación facilitaron a la Covid-19 golpear con toda su fuerza a una nación que parecería ya no saber qué creer ni a quién creerle. El país está aturdido, agotado y confundido, y aun así necesita preparase para la mayor embestida del degenerado déspota y su corte de bufones en noviembre.

Lo irónico es que la Covid-19, que no sabe de consideraciones políticas, también ataca inmisericorde a aquellos que lo dejaron crecer a sabiendas de lo peligroso que era. Una infección consume a otra.

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