Cinque Terre

Javier Solórzano

Covid-19, punto de quiebre

Urge atemperar los ánimos ante el coronavirus. Una cosa es que se hagan observaciones y se difunda información con bases científicas, y otra muy distinta es el que entremos en las filias y fobias haciendo señalamientos para desacreditar en medio de la crisis.

Pareciera que las confrontaciones de los últimos años siguen entre nosotros, sin permitir crear condiciones colectivas favorables ante la llegada plena del coronavirus.

El pasado fin de semana, de nuevo entramos en los terrenos de las noticias falsas. Si de por sí es fundamental certificar que la información que nos llega tenga validez, tanto por la fuente como por la información misma, a esto se suma la responsabilidad que se tiene al redifundirla.

Al mismo tiempo, a través de las redes han aparecido informaciones, consejos y advertencias que no necesariamente tienen que ver con fuentes fidedignas. La clave está en que lo que llegue a nosotros lo investiguemos antes de hacer cualquier cosa. Se ha difundido información que carece de validez, pero que nos resulta profundamente atractiva por su contenido, sin percatarnos su valor real.

Tenemos que asumir que los ciudadanos no somos especialistas, y que bajo los actuales escenarios los científicos, médicos y autoridades de salud, son las que dictan el qué hacer.

No tiene sentido caer en un catastrofismo porque inmoviliza y atemoriza. Por más rentables que sean los excesos y el alarmismo debemos reconocer que ante el escenario inédito y de alto riesgo, es necesario evitar los extremos.

Las reacciones que se han venido dando a través de las redes, en menor medida en los medios, tienen que ver con una manifestación más de nuestras diferencias, que por lo que se ve ni el coronavirus está siendo capaz de apaciguar.

Por otra parte, es probable que por momentos se hayan dado vacíos informativos desde el Gobierno, lo que ha provocado que aparezcan especialistas de ocasión que están haciendo mucho daño. A esto sumemos que algunas acciones del Gobierno están en velocidades y dinámicas diferentes a lo que están viendo y exigiendo los ciudadanos.

Es entendible que el Gobierno no quiera tomar medidas drásticas por las inevitables repercusiones económicas que tiene, el desigual orden mundial podría  pasar por cambios brutales. En el día después, las cosas se van a poner muy difíciles, tanto por nuestros problemas económicos, como por el entorno.

Lo que está pasando es que la sociedad está pasando a la ofensiva y se está organizando sin importar lo que diga y decida el Gobierno. La actitud del Presidente sigue siendo tema porque igual desdeña el gel antibacterial, que pasa por alto las indicaciones de su equipo, provocando que éste quede, en algún sentido, en evidencia. El dilema está en que al planearse una serie de medidas para todos, resulta que el Presidente no las cumple.

Si bien es cierto que es difícil, con todo coronavirus de por medio, se atemperen los ánimos, tenemos que darnos una tregua. El Presidente debe hacer a un lado sus interpretaciones de que a cada observación que se le hace están detrás de ella sus adversarios.

Sería muy útil que el mandatario se ciña a lo que su equipo le está pidiendo a los ciudadanos, esto provocaría, muy probablemente, una mirada diferente de mucha gente, sobre el momento que estamos viviendo.

Pero colocar al Ejecutivo como único frente no cabe porque en la ecuación estamos los ciudadanos y lo que hagamos y dejemos de hacer.

En esta tregua incluyamos a las redes sociales,que a veces son veneno puro y no perdamos de vista que el mundo a partir de ahora será diferente; es el punto de quiebre.

  RESQUICIOS.

Así como hay que prepararse para el coronavirus hay que diseñar el futuro. La afectación va a ser seria y le va a pegar sobre todo a las Pymes. Urge un plan de choque y apoyo y, para eso, hay que sentarse y reunirse.


Este artículo fue publicado en La Razón el 18 de marzo de 2020, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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