Cinque Terre

José Buendía Hegewisch

Corrupción desestabilizadora

 Hay una repulsa social que habla de una extendida masa crítica hacia el uso de la política para hacer negocio y enriquecerse.


 La corrupción es el más común de nuestros males. Es histórica, pero se equivocaPeña Nieto cuando dice que forma parte del ADN cultural. Las narrativas de demonios sirven poco para explicarla. No somos tan especiales, aunque tengan que ver códigos de moral pública y tolerancia a instituciones discrecionales y opacas. Y no obstante, la  preocupación  por ella es hoy epicentro del mayor desgaste por la queja ciudadana y potencial desestabilización de un gobierno de la democracia.


Cada nuevo sexenio se atribuye mayor corrupción que al anterior, aunque los índices de transparencia se mantengan igual de mal desde la alternancia en 2000. La salida del PRI no cambió rutinas institucionales como la discrecionalidad y opacidad de la autoridad, aunque se multiplicó por la fragmentación del poder en todos los partidos y la autarquía de gobiernos locales sin vigilancia ni contrapesos. Tampoco creo que se disparara con la segunda alternancia del PRI, aunque en gobiernos priistas (Nuevo León, Veracruz y el Edomex), moches y enriquecimiento con obras públicas se desbordan en escándalos.


Lo que es nuevo es la indignación por los casos de corrupción del actual gobierno y el regreso del tema al centro de la preocupación pública. ¿Qué pasa con la corrupción en el país?


1.- Hay nuevos gobernantes como El Bronco, en Nuevo León, o Ricardo Monreal, en Cuauhtémoc, que se presentan como guerreros con “coraza de acero” para vencer el mal endémico. Ofrecen “resistir” el poder corruptor del dinero con el escudo de su “moral individual”, como hiciera Fox, entre la ilusión de hacer una raya en el agua con respecto a los corruptos y agarrar peces gordos. Sobre todo recogen el malestar social por los fracasos, por combatirlo y el costo de oportunidad para inversión y  crecimiento. Su estimación, según el IMCO, equivale a cinco reformas fiscales.


 2.- Hay una repulsa social a los gobernantes que habla de una extendida masa crítica hacia el uso de la política para hacer negocio y enriquecerse. Las últimas encuestas sobre confianza en las instituciones reflejan caídas en todas, incluso en el Ejército, mientras el índice de popularidad de Peña Nieto se precipita por debajo de sus predecesores. El descontento puede atribuirse a la economía, pero los datos sobre percepción de corrupción dejan poco lugar a dudas de que es causa de indignación. Casi tres cuartas partes de los mexicanos creen que el gobierno es poco o nada transparente, según el Latinobarómetro, cuya más reciente medición recoge la develación de la crisis de derechos humanos por Tlatlaya y Ayotzinapa, así como el escándalo de corrupción por la Casa Blanca de la familia presidencial.


3.- La centralidad de la preocupación por la corrupción puede leerse en la sucesión diaria de escándalos como el del Grupo Higa, de contratistas ligados al gobierno, o de OHL, en concesiones de infraestructura, tanto como en foros para reforzar su visibilidad como los de la semana de ONGs, como el IMCO, y fundaciones internacionales, como la Ebert. El tejido de organizaciones de transparencia no suelta el tema y denuncian cualquier retroceso en las leyes. En las últimas semanas detuvieron la Ley Federal de Obras Públicas, que aprobaron los diputados y que se desecha en el Senado por ir en contra de la reforma constitucional anticorrupción.


4.- Los malos resultados de obras, como la Estela de Luz, el parque Bicentenario o la Línea 12 del Metro, enseñan que la discrecionalidad, opacidad y simulación en las obras públicas son carísimas para el país. El parón económico aviva la preocupación por la corrupción, pero, sobre todo, la mayor transparencia vincula cada vez más los problemas del desarrollo con ella. Cada día creemos más que la tolerancia y aceptación de gobiernos opacos y corruptos explica el pobre desarrollo económico.



Este artículo fue publicado en Excélsior el 15 de Octubre de 2015, agradecemos a José Buendía Hegewisch su autorización para publicarlo en nuestra página

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