Cinque Terre

Julián Andrade

Escritor y periodista.

Coronavirus. El gobierno se toma las cosas con calma

El temor mayor de los políticos es lo inesperado: Los temblores y las epidemias están en la escala mayor de los demonios que pueden terminar por complicar, hasta el extremo, las labores de los gobiernos.

Esto es así, porque las crisis implican presiones adicionales a las arduas tareas de la administración pública.

En nuestro país tenemos ejemplos de ello. Los terremotos de 1985 y 2017 y la influenza H1N1 de 2009. Lo padecieron, en carne propia, Miguel de la Madrid, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

Con el Coronavirus, por su nivel de gravedad, le tocará hacerse cargo a Andrés Manuel López Obrador.

A mediados de los años ochenta, un temblor de 8.1 grados pegó con fuerza en la Ciudad de México, los muertos se contaron por miles, 3 mil 692, según el gobierno y 10 mil de acuerdo con datos de la Cruz Roja, y su destrucción se apreció, sobre todo, en el Centro y en la colonia Roma.

Las capacidades de reacción eran pocas y la protección civil estaba encargada a una jefatura de departamento en el entonces gobierno del Distrito Federal. Lo más difícil consistió en organizarse para atender la emergencia y tuvo que ser la sociedad la que lo hizo con mayor eficacia y ante un gobierno pasmado por lo que había ocurrido.

En 2017 se padeció un terremoto similar, de 7.1 grados, pero de inclusive de mayor intensidad, debido a la cercanía del epicentro, pero la capital del país estaba preparada con un eficiente sistema de protección civil y con protocolos establecidos para salvar vidas y mitigar los daños. Aún así, su alcance fue doloroso, con 369 personas fallecidas.

La influenza H1N1 llegó con la fuerza de lo desconocido. Las áreas de seguridad alertaron de un comportamiento atípico en las enfermedades estacionales y se prendieron las señales de alarma.

Se tomaron decisiones bastante duras, como la de parar económicamente a la Ciudad de México y la suspensión de clases, pero la estrategia permitió no enfrentar un problema todavía mayor. La estela de muerte llegó a las mil personas, frente a 70 mil contagios.

Los responsables de atender la crisis actuaron con profesionalismo, y dejaron al margen criterios que no fueran los de proteger la salud de los ciudadanos y sus familias.

Este miércoles, la Organización Mundial de la Salud estableció que el Coronavirus tiene la categoría de una pandemia y llamó a todos los países a implementar acciones de prevención y de contención del virus.

En China, donde empezaron los contagios se aisló a millones de personas y la curva de contagios empezó a ser menor que en otros lugares.

En Italia se están tomando decisiones draconianas para intentar contener lo que ya es una ola de contagios. En España se suspendieron las clases por algunas semanas, y Estados Unidos suspendió los vuelos a Europa por 30 días.

En México las autoridades de la Secretaría de Salud han decidido tomarse las cosas con más calma, o en todo caso esperar que existan mayores evidencias sobre la propagación del Coronavirus. Sólo el tiempo dirá si se trató de una estrategia adecuada, para no generar nerviosismo adicional, o un error que puede acarrear consecuencias muy graves.

Lo que es evidente, es que en el corto plazo se tendrán que anunciar medidas de contención, porque de otra forma nos podemos convertir en un problema para el resto del mundo.

Sin duda esto impactará en la imagen del gobierno (de cualquier gobierno) porque las crisis son costosas. Pero la alternativa de flotar es mucho peor, porque esa sí puede significar un desastre.

Gobernar cuesta y este el momento de pagar el peaje y demostrar que se está a la altura de las circunstancias.

¿Pero qué podemos hacer? Escuchar a los expertos, corroborar la información, y realizar todas las tareas preventivas que sean necesarias. El coronavirus ya llegó y más vale enfrentarlo.

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