Cinque Terre

Germán Martínez Martínez

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Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

Consenso y discordia: la “arquitectura” de Sandra Calvo

Como exposición, Arquitectura sin arquitectos se ha presentado en Colombia y en México.

¿Es posible el diálogo y la fraternidad, entre visiones políticas y estéticas enfrentadas o, por lo menos, diversas? Estoy seguro de que sí. También sé que no es fácil y creo que se trata de experiencias individuales, más que de la posibilidad de armonía social, del tópico “ponerse de acuerdo”. He vuelto a pensar en esto al releer Arquitectura sin arquitectos (2020) el libro de la artista Sandra Calvo que forma parte de la obra del mismo nombre (ASA). El proyecto es mucho más, pero incluye recurrir a algo que llaman “neoliberalismo” como si fuera comodín explicativo y supone al arte como intervención social: “una de las grandes contribuciones del arte es su capacidad de gestar cambios”. Mi punto político de partida es diferente y mi concepción del arte distinta; pero lo interesante es considerar los planteamientos de Calvo y los colaboradores del libro para dialogar con ellos.

Como es común en proyectos artísticos de este tiempo, ASA —título que abiertamente retoma el del libro Architecture without Architects de Bernard Rudofsky— fue planteado por la creadora para derivar en una pluralidad de resultados: la convivencia/investigación entre la artista y una familia en una zona pobre de las afueras de Bogotá, Colombia —entre noviembre de 2012 y diciembre de 2014, sin información sobre si esto implicó residencia permanente, al estilo etnográfico—; un documental del proceso, una escultura, una instalación y el libro que da pie a estas líneas. Durante su estancia, Calvo examinó circunstancias que llevan a lo que se acostumbra nombrar, desde fuera, como “autoconstrucción” de vivienda; que probablemente los involucrados llamen sólo “hacer/ampliar la casa” (en esto, particularmente al “echar la losa”, en realidad, es frecuente la colaboración de profesionales: albañiles sin certificados pero con oficio; pagados o no, pues pueden ser parte de la familia o vecinos que ayudan, así como han sido o serán auxiliados). Como afirman los contribuidores del libro, la situación está lejos de ser anómala, pues, en palabras de Calvo: “En la mayoría de las ciudades latinoamericanas la ‘informalidad’ es la norma”. Calvo conversó, filmó y, atendiendo a discusiones familiares, trazó con cordones de colores el futuro de una casa de manera tridimensional: el negro representaba opciones de construcción en que la familia estaba de acuerdo, mientras que los cordones rojos indicaban aspiraciones o propuestas de sus miembros que no convencían a los demás. Entre ellos, aun el mejor diálogo tampoco disolvía las diferencias.

El libro documenta visualmente el proyecto de Sandra Calvo y reflexiona sobre él.

La obra múltiple de Calvo se presentó como exposición tanto en Colombia como en la Ciudad de México (en el Museo del Chopo en 2014). A su vez, el libro contiene: ensayos de la misma Calvo, del artista Pedro Ortiz Antoranz —que se interroga por la clasificación de la intervención en Ciudad Bolívar y traza la genealogía de la obra a través de precedentes artísticos—, del arquitecto y poeta Juan Carlos Cano —el único que problematiza los dilemas de intervenir en procesos de construcción que no cuentan con profesionales credencializados—, de la antropóloga Vyjayanthi Venuturupalli Rao —que diserta sobre la concepción de “casa”, la historicidad de las urbes y la dinámica entre formalidad e informalidad—, e incluye también un poema de Calvo escrito al alimón con la editora y poeta Tatiana Lipkes y una nota de José Luis Paredes Pacho, director del Museo Universitario del Chopo.

El proyecto se desarrolló en un vecindario marginado de Bogotá, Colombia.

Calvo mantiene una distancia pertinente, se concentra en su práctica artística, que prefiere la exploración y la observación directas, sobre la comodidad del estudio. Pero los discursos políticos colindantes tienen el peligro de romantizar la precariedad o de suponerla resultado de una sola razón, en vez de, como lo es, de varios factores: Rao la atribuye a “procesos especulativos”, Calvo asegura que las personas del lugar serían “ciudadanos que son a la vez residuo y sostén del modelo neoliberal” (repitiendo no una paradoja, sino una contradicción). Sobre la informalidad de las construcciones Rao escribe, con el riesgo de estetizar la pobreza, que “el reto artístico, por lo tanto, consiste en hacerlas visibles y devolverles el estatus de actos creativos e inspiradores”. No cabe duda: hay creatividad y muchas prácticas constructivas se inspiran unas a otras, pero desde la desesperación o, cuando menos, desde el realismo forzado.

En una línea cercana, Ortiz Antoranz afirma, citando a Calvo, que “ASA pone de manifiesto una arquitectura ‘abierta, modular, flexible, dúctil y cambiante’, donde se habita mientras se planea y se construye, a diferencia de la vivienda como mercancía terminada que se construye y después se habita”. Esto implica una oposición por la cual las casas de la precariedad podrían ser deseables. A su vez, Cano expresa: “El romanticismo arquitectónico ha querido aplicar en estos sitios técnicas constructivas tradicionales o sistemas innovadores con poco éxito”. Por supuesto: los estudios antropológicos contemporáneos suelen encontrar que personas de comunidades excluidas lejos de aspirar a persistir como reservas de exotismo anhelan la integración a la vida convencional —incluyendo lo que se concibe como una casa “normal”— aunque esto decepcione a muchos artistas contemporáneos, académicos y anticapitalistas varios.

Algunos de los involucrados en Arquitectura sin arquitectos, obra de Sandra Calvo.

Calvo usa léxicos de estudiosos de la colonialidad y la desigualdad, enfatiza la dimensión “política” de las disputas presentes y acaso vislumbra conflictos futuros que dividirán a los miembros de la familia alrededor de derechos sobre la casa que están construyendo. Más allá de eso, con su Arquitectura sin arquitectos Calvo busca “enunciar la pobreza sin hablar de ella”. Alcanza ese punto, y se explaya, al conocer —frente a la falta de claridad sobre la legalidad de la propiedad— la decisión de la familia de preservar paredes de viejos ladrillos como “prueba fehaciente”, “evidencia arqueológica de su derecho a residir y construir en esos suelos”. Así, Sandra Calvo comparte, más que un modelo alternativo a la propiedad privada y la ley, un acercamiento a la aridez de la “incertidumbre” y la “crisis permanente”.

Siguiendo los deseos de los residentes, Calvo traza las posibilidades arquitectónicas del espacio.

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