Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Confesión electoral

Vivo en la era que se dio por llamar hipermoderna. Un tiempo en que el prefijo hiper sucedió al post, como aditamentos que se cuelgan a lo moderno que no tiene adjetivo para migrar. Tal vez el sustantivo es metáfora del hombre que le habita y que, por más aditamentos a los que se conecta, no deja de ser un hombre con prótesis que pretende incrementar el espacio y almacenar al tiempo, que se escapan sin parar.

Es esta mi época, lugar de extrañas epidemias como la de la obesidad o la indiferencia, en otro tiempo no se hubiera concebido que estos comportamientos se propagaran como un virus. El consuelo del enfermo ante pandemias de tales magnitudes es que el mal deja de advertirse cuando los síntomas se comparten.

No me declaro inocente ante estas desgracias; son las dietas periódicas o las indignaciones sorpresivas las que de vez en vez me desmarcan de muchos padeceres. No señor, no me considero víctima de ningún sistema perverso que, operando como un demiurgo todopoderoso quiera acabar con la humanidad, el tirano es pequeño como toxina y vuela por el aire de igual modo. No se hayan aún vacunas y como el mal de la gripe se minimiza con tazas de té o remedios caseros.

Me presento ante ustedes para denunciar un veneno aún más peligroso. Repta por el ambiente con su color tenue y sus modos disimulados, es ella la desconfianza que partiendo de un error preconcebido nos hace ingenuamente sentir a salvo. Y es cierto que otros males con ella se contrarrestan pero la cepa que ronda a este planeta es inmisericorde y acaba por carcomerlo todo. Es similar a esos bichitos camuflageados de verde que se apoderan de las plantas en el jardín. Son minúsculos y aparentemente inofensivos pero desgarran a la planta hasta dejar las puras nervaduras.

La desconfianza adultera la realidad pues es su contrario: la confianza, es buena fe de la creencia, la fidelidad y no la flaqueza, es la firme capacidad de sostener una postura, elegir creencia, luchar por ella hasta la muerte. La desconfianza atrofia al valor y a la justicia es ambigua y traicionera.

Reconozco haberla advertido royendo a las instituciones donde el recelo hacía que magistrados, mandatarios o maridos, sacaran de su saco un gran monócula para observar al amigo.

Luego se fugó por las avenidas y los callejones, en los pueblos era corriente el saludo cotidiano, preguntar la hora o regalar una sonrisa; pero hace tiempo que el saludo se interpreta como acoso, preguntar la hora implica el hurto de minutos y la sonrisa se muestra con un labio tembloroso de quien teme que los dientes se apresuren a pegar una mordida.

Se instaló entre las parejas que no duermen para velar al oponente. Se expande a la conciencia que duda de la propia voluntad. Es por eso que o quiero salir a votar hoy, me da miedo que mi mujer se entere que mi candidato no es el suyo, temo que el chofer que me conduzca pertenezca a un gremio clandestino, que mi candidato me falle una vez más y que a la tinta de la pluma no le quede otro remedio que sangrar con desconfianza de su propia voluntad.

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