Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

Comparación ineludible

El discurso de Joe Biden fue luminoso. El hombre, que ha sufrido las penas más amargas y crueles —la muerte de tres de sus seres más queridos: la mujer amada y dos de sus hijos—, no es un hombre amargado. Sus palabras fueron las de un presidente que ve en el cargo conquistado la privilegiada oportunidad de engrandecer a su país en lo más valioso: las libertades democráticas, la salud, la concordia, el bienestar; el combate al racismo, a las energías sucias, a la discriminación y a la mentira.

En ningún fragmento del espléndido discurso, de gran calidad literaria y de profundo contenido humanitario, asomó esa pasión malsana de ciertos gobernantes de vengarse de los infortunios que les ha deparado la vida. Tras la gestión esperpéntica de Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos anuncia que gobernará para todos, los que votaron y los que no votaron por él. Un hombre culto, sensato, lúcido, esperanzado y, por ende, inductor de esperanzas, que aspira estar a la altura del papel que el sino le ha asignado.

A la admiración no puede dejar de acompañarla la comparación de discursos y caracteres: ¡ah, si en México tuviéramos un presidente de ese talante, un presidente que no actuara saciando una incomprensible sed de venganza contra todo lo anterior a su gobierno, que no injuriara y calumniara a todos los que están en desacuerdo con sus actos, que gobernara para todos y no sólo para su mistificado pueblo bueno azuzándolo contra el segmento de los mexicanos que en su prejuicio ideológico no forman parte de los bienaventurados!

Biden, un hombre de 78 años, sabe que el tiempo de que disponemos los mortales es muy limitado, y que el tiempo del que dispone un presidente es un bien sumamente escaso. Por eso desde el primer día de su gobierno ha tomado una serie de medidas que se inscriben en la mejor tradición de ese gran país que es Estados Unidos. Además, su ofrecimiento de que en los primeros 100 días de su gobierno se aplicarán 100 vacunas contra el coronavirus atiende el mayor problema del país y de la humanidad en este momento. ¡100 millones de dosis en 100 días, un millón de dosis diarias! Sería una hazaña formidable.

La política —dijo Biden— no debe ser una guerra de unos contra otros. En una democracia puede haber diferentes posturas sobre cómo conducir un país, y es saludable que las haya; pero esos disensos pueden discurrir y procesarse sin inyectar encono, sin sembrar odio, sin mentir deliberadamente, sin hostigamientos, sin violencia. La política no es, no tiene que ser una contienda bélica. Es la forma civilizada de encauzar las diferencias, de evitar que los que piensan distinto se enfrenten con ánimo de exterminio. Es el instrumento que permite a todos expresar sus coincidencias y sus disidencias en un marco de respeto y legalidad.

Todo lo contrario del populismo, esa corriente demagógica, totalizante, sectaria, que predica que salvará del diluvio que ella misma ocasiona. Expertos en hundir países y diligenciar discriminaciones y anatemas, los populistas mantienen una doctrina que es el reino del engaño, de la falsedad, del resentimiento, del rencor, del afán revanchista que no se detiene a dilucidar culpabilidades, sino que fabrica culpables para justificar su obsesión vindicativa.

Un reiterado sueño húmedo ocupa la mente de los populistas: es el día del juicio final, las trompetas anuncian la llegada del nuevo mesías que aparta a los fieles seguidores de los réprobos, a aquellos los ubica en las páginas doradas de la historia y a éstos los manda al fuego eterno al que están condenados los enemigos de pueblo, los cuales son, en realidad, los aborrecidos de ese mesías.

El populismo es una exacerbación de la demagogia, un rencoroso fruto que vuelca su resentimiento contra los valores más altos del proceso civilizatorio, que aborrece a los intelectuales porque en ellos los populistas identifican a seres pensantes, no creyentes; una religión que sustituye a Dios por el líder incuestionable, un encarnizamiento contra todo y todos los que escapan de la mediocridad uniformadora, una fe inquebrantable en el discurso supuestamente revolucionario infestado de lugares comunes, un aniquilamiento de la legalidad en aras del propósito justiciero que no es otro sino el capricho o la obsesión ideológica del líder.


Este artículo fue publicado en Excélsior el 28 de enero de 2021. Agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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