Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

¿Cómo es posible?

Creíste en él. Sus discursos denunciando las triquiñuelas de la mafia en el poder te cautivaron, como a tantos millones de tus compatriotas. Votaste ilusionada, con la convicción de que tu voto contribuía al nuevo amanecer de la patria. Marcaste la papeleta con la ensoñación de que el futuro gobierno estaría a la altura de las expectativas de la ciudadanía harta de sus gobiernos y anhelante de un futuro mejor.

El día de la victoria acudiste al Zócalo, como decenas de miles de tus connacionales, a celebrar el advenimiento de la nueva era en la vida pública. En la plaza principal de la nación te uniste al gigantesco coro que vitoreaba con fervor al líder que, al fin, al tercer intento, había logrado su objetivo. Ese logro, pensaste en esos momentos, era de todos los mexicanos descontentos con la situación prevaleciente.

No pasó mucho tiempo desde esa jornada triunfal para que te asaltaran graves inquietudes. Muchos de los personajes de que se rodeó el líder no eran precisamente los mejores ejemplos de honestidad, capacidad y congruencia. ¿Cómo podía admitir que participaran en la gran transformación que anunciaba? Bueno, te dijiste, quizás eras demasiado estricta. Tal vez todos ellos se habían regenerado, ¿por qué no?, y merecían la oportunidad de ser parte del gran proyecto del líder.

Pero nunca pudiste comprender que se desechara, a un costo de miles y miles de millones de pesos, la obra magna del nuevo aeropuerto internacional, y se le sustituyese por un aeródromo desaconsejado por los expertos. Ése fue tu primer gran sacudimiento de desconcierto y estupefacción. Pero, bueno, ni modo que en todo estuvieras de acuerdo con el líder. El país podría prescindir de ese nuevo aeropuerto. No por eso se iba a desintegrar.

Sin embargo, a esa desagradable sorpresa siguieron otras. Mal la economía, la seguridad, la atención a la salud, el cuidado al medio ambiente, la justicia, la transparencia, los contrapesos democráticos. Te costaba elaborar en la mente argumentos para convencerte a ti misma de que, de todos modos, al líder lo animaban las mejores intenciones, aunque a veces —¡tantas!— sus medidas te parecieran incomprensibles. Al fin y al cabo, te consolaste (¿fue sólo por asirte a un clavo ardiendo?), lo que verdaderamente siempre te ha importado es la causa de las mujeres, su lucha por sus derechos y la plena igualdad de oportunidades, y si el Presidente prometía justicia seguramente esa causa no podía dejar de ser una de sus prioridades. ¿No tenía varias mujeres en el gabinete, incluso en la Secretaría de Gobernación?

Pero después el Presidente decidió la eliminación de las estancias infantiles, que beneficiaban a decenas de miles de mujeres que, gracias a esas estancias, podían salir a trabajar o estudiar dejando a sus pequeños hijos en sitios seguros en los que se les alimentaba sanamente, se les educaba, se les proporcionaba estimulación temprana y convivían con otros niños. No obstante que esa decisión te retorció el alma, extrañamente algo en tu interior te dijo que no podías renunciar a tu fe porque perderla suponía el vacío espiritual, la muerte de tus ilusiones.

Pero después vino el embate contra los refugios de las mujeres víctimas de violencia, esos albergues donde tantas mujeres maltratadas han hallado protección contra sus maltratadores, esos lugares que les han abierto la puerta a ellas y a sus hijos para escapar de condiciones de vida espantosas y les han permitido iniciar una vida en la que pudieran encontrar, por decirlo con palabras de Rosario Castellanos, otro modo de ser humano y libre. Además, contra todas las evidencias, el Presidente negaba la alta incidencia del maltrato sexista contra las mujeres. A pesar de tu amargo desencanto, nuevamente hallaste motivos, que ahora te parecen absurdos, para continuar tu idolatría: todos necesitamos creer.

Pero después se rompió toda posibilidad de mantener la veneración. El Presidente apoya la candidatura a gobernador de un hombre acusado por varias mujeres de uno de los delitos más devastadores y repugnantes: la violación. Eso ya no puedes tolerarlo: el Presidente, a cuya devoción tanto te has aferrado, defiende a un presunto violador serial y, ante su falta de argumentos frente a la indignada protesta, exhibe su talante autoritario: “¡Ya chole!” ¿Cómo es posible?


Este artículo fue publicado en Excélsior el 25 de febrero de 2021. Agradecemos  a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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