Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Cólera: Sintagma pasional

¡Oh diosa!, la cólera feroz
Un supuesto Homero

Confieso que a veces me da por no dormir. Habitante de los tiempos postpandemia e instalada en él como prisionera, me invaden los temores y la cólera. Las cifras de muerte, la inseguridad, la incompetencia de este México virulento me acecha como pesadilla. Y aunque me propongo hablar cada vez menos del gobierno de la cuarta transformación (llevaran su propio epíteto como lápida), la historia que me he dado por contar para apaciguarme, en esta ocasión sé de antemano que no podré evitarlo. Cuál es el desencadenante, son muchos, pero tomo como epicentro temporal la covitosa condición que aqueja y mata a personas cada vez más cercanas. Esto derivado del maligno, nefasto y codicioso manejo de las vacunas, la seguridad, la justicia, las catástrofes naturales y las miles de plagas que el actual presidente traía guardadas en el zurrón de promesas.

Sabemos que la bilis es un líquido que revolotea en el estómago y es producido por el hígado. Las tempestades que se derivan de esos aquíferos huracanes fueron y son epicentro para el estudio pasional. Desde Aristóteles el deseo por dar respuesta al microcosmos que suponían ese planeta llamado ser humano, desarrolló una teoría de los humores correspondiente con astros, elementos, conductas y temperamentos.

Al parecer, en el mundo heleno, Physis fue el nombre de la primer fuerza que parió la realidad. Entidad andrógina que en la fabulación se transmutó en Gea y parió su propio Cielo. Urano, mi Cielo, parece que suspiró apasionada.

El pequeño mundo que suponía el cuerpo y sus contenidos orientó a los sabios de Mileto para rastrear los elementos escondidos en el cráter de la piel. La naturaleza ya sea Physis o Gea se decanta en agua, aire, tierra y fuego traducciones en el cuerpo de los humores: sangre caliente y húmeda como el aire en primavera que bombea como arroyo el corazón; bilis negra, fría y seca como la tierra en otoño que surge del bazo; la flema, fría y húmeda como el agua en invierno que adivinaban fluir desde el cerebro, y la bilis amarilla, caliente y seca como el fuego en verano, devorando el hígado como a Prometeo y convertida en vómito. Así la personalidad se alimenta de todos los humores pero es uno el que domina en cada temporada.

Galeno construyó su narrativa médica sobre el vitalismo aristotélico, inseparables de la retórica, nos movemos con nuestra propia triada: principio o generación, nudo: reproducción y desenlace muerte/nacimiento. El alma narrativa fluye por el relato como principio operativo, como el clima de nuestro ser y como indicio de la salud. Nuestros fluidos vaivenes condicionan como la cólera, que surgen de este mítico manantial.

Así, la cólera es la bilis, pero también una “Enfermedad aguda provocada por una infección intestinal de la bacteria Vibrio cholerae; se caracteriza por vómitos repetidos y abundantes deposiciones biliosas”. Y es un vendaval de la familia de la Ira.

Su historia es “la percepción de un obstáculo, una ofensa o una amenaza que dificultan el desarrollo de la acción o la consecución de los deseos, provoca un sentimiento negativo de irritación, acompañado de un movimiento contra el causante, y el deseo de apartarlo o destruirlo”. De entre sus múltiples vástagos describiremos tres monstruosas entidades que hoy acechan.

La cólera que en su desentonada frustración desata a la violencia; dicha perturbación se vuelca en la metamorfosis de la furia que supone una pérdida de control que se contamina de locura; el rencor se cruza en su camino para buscar irracionalmente la destrucción de todo aquello que se opone al libre tránsito de su encono. El estímulo destructivo degenera en una ebriedad placentera como orgasmo ante la represión.

El primero de nuestros sentimientos tiene un pasado heroico y es que en la antigüedad no se concebía a un héroe sin la cólera necesaria para enfrentar a la injusticia. La Ilíada es la historia de esa emoción bifurcada en dos y ambas brotan de Aquiles. Es importante recordar que la guerra aludida es un pacto de caballeros. Todos han luchado por el amor de la bella Helena. El héroe más humano, Ulises, propone una disputa justa, el ganador será marido de Helena y los perdedores se obligan a defender la unión. Ulises dice préstame a tu prima y se queda con Penélope, pero esa es la siguiente temporada.

Cuando París rapta a Helena, el pacto debe ser cumplido. Al margen de lecturas feministas, pensemos que es encomiable la promesa democrática. Pero la ira de Aquiles es provocada por la injusticia, la perversa repartición de un botín que incluye a la bella Briseida. La otra cólera es la muerte de su amigo Patroclo. Cabe recordar que la malvada discordia estuvo rondando esta historia desde el principio. La vida de Aquiles se funde con Eris desde que, en la boda de sus padres, se apareciera en forma de manzana. La conclusión de la historia es la muerte del héroe profetizada a priori por Calcante: Aquiles elegirá, dijo, una vida corta y gloriosa en lugar de larga y anodina. Así que el círculo se cierra cuando el raptor de la bella Helena mata también al héroe.

Recuerdo que mi madre solía contar aquel cuento de Wilde que hablaba sobre el instante de gloria por sobre una vida de penurias; por más que la poética elección nos lleve a preferir al instante, los propios griegos juzgaban al hombre de feliz, tras una larga lista de hazañas por durar. Como heredera de una familia de suicidas me decanto por la humilde gloria de salvar el pellejo en estos días y más, cuando quien debe cuidarte no custodia más allá de sus intereses. En todo caso y volviendo a la cólera enciende la injusticia, no se puede dejar que mane insaciable de las heridas porque alimenta a las Furias.

La visión pragmática que llegó a Roma e impuso la civilización que aún atizaba, provino de un populista atemperado, el gran Augusto que por ser más estratega que militar, no fue venerado como su antecesor Julio Cesar. Augusto no era como macho cabrío, así que urdió planes asistenciales, acarreos y no es secreto que compraba senadores con regalos o posiciones. La diferencia estriba en que su visión a largo plazo comprendía que había que hacer alianzas, delegar para gobernar tierras remotas, de otro modo el imperio hubiese sido pírrico. De ahí surge otro modo de gobernar que comienza a inclinarse cada vez más hacia Atenea.

El peligro mítico y psicológico de la cólera es la furia, personificación femenina y repulsiva de la venganza. No era sola la furia o las Furias eran unas trillizas también eran llamadas benévolas en una antífrasis temerosa de siquiera proferir su nombre para evitar su incontrolable ira, al parecer se miraban desde el espejo de los otros datos embusteros. Son hijas de la sangre derramada de la castración del dios del tiempo. La palabra furia designaba en latín una forma de locura, un extravío demente.

Gobernar y gobernarse es exigente, la venganza como toda pasión hiperbólica, devora las buenas intenciones. La cólera heroica es justa y justiciera, no es sed de poder sino su voluntad que en principio busca autogobernarse para encontrar la eficacia creadora, la cumbre más galta de la potestad que es ser dueño de uno mismo.

Por eso cada noche me cuesta contener la cólera que ahuyenta a Morfeo. Tánatos ronda, deja sus siniestras cifras aunque las quieran ocultar a base de mañaneras y el hijo de las Furias se envilece mientras ve que ni por corto o largo será un héroe, que los vientos del Caos comandados por Physis eterna no permiten que los beodos de poder y de venganza, los Narcisos cegados encuentren otro sito que las profundidades del Hades, la celda de traidores que mordieron la mano de quienes le dieron sustento.

Nos cuenta Bryson que cuando el microbiólogo alemán Robert Koch en 1884 descubrió que el cólera fue causado por una bacteria, un escéptico colega Max von Pettenkofer se sintió tan ofendido por no estar en lo correcto que hizo un gran espectáculo y tragó un frasco del bacilo para demostrar que Koch estaba equivocado. El hombre no enfermó pero eso no desminntió la evidencia de Koch, parece que el cólera era su habitante reincidente; algunos de sus seguidores por confiar ciegamente en su mentor, imitaron la terquedad y murieron revolcados de dolor. Se puede vivir curtido de cólera porque definitivamente hay terquedades peores que la muerte.

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