Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Cinco Estrellas: la “antipolítica” se politiza

La insatisfacción de los ciudadanos con los partidos ya es añeja y está presente en todos los rincones del planeta porque los dilemas de la representación política son difíciles de resolver. Las controversias sobre el tema son interminables, las respuestas son esquivas y la mayor parte de los experimentos diseñados para “reinventar” la función de los partidos han sido fragmentarios e insuficientes, cuando no rotundos fracasos.

El caso más reciente de estos desengaños es el del Movimiento Cinco Estrellas (M5S) en Italia, espejismo de quienes sueñan con renovar las formas de representación política mediante el uso de las nuevas tecnologías. Desafió la corriente creada por el histrión Beppe Grillo todas las categorías y métodos dedicados a clasificar a los partidos de acuerdo a su estructura e ideología porque fue concebido como un movimiento heterogéneo y cabalmente ciudadano. Logró un rápido ascenso en las urnas desde su aparición, en 2009, hasta su contundente victoria en las elecciones legislativas de marzo de 2018. Pero desde su arribo al poder han iniciado un descenso a los infiernos. Hoy imperan en este ensayo de “pospolítica” las divisiones y los desencantos. Su gestión del gobierno en las ciudades donde ha logrado ganar las alcaldías (principalmente Roma, Turín y Parma) es caótica. La ausencia de una identidad política inteligible lo ha llevado a, primero, aliarse con la extrema derecha de Matteo Salvini y, más tarde, con los socialdemócratas del Partido Demócrata. La vertiginosa evolución del movimiento ha demostrado las complicaciones organizativas derivadas de una formación atípica.

Italia fue pionera en el aparición de la “antipolítica”. La Patitocrazia fue fulminada con el escándalo de Tangentopoli a principios de los años noventa. De ahí vino Berlusconi, il pagliaccio, augurio de los líderes populistas actuales. Con él se aceleró la mediatización y personalización exacerbada de la política. Más adelante, Italia vería el resurgimiento de la extrema derecha y, finalmente, la aparición de M5S como un fenómeno granado de antipolítica, posicionado como alternativa al establishment al canalizar la inmensa insatisfacción de los ciudadanos con los partidos y la clase gobernante. Ello, porque se trataba de un movimiento carente de estructuras de dirección sólidas. La organización, libre y flexible, se basaba en el uso de Internet y las redes sociales como mecanismos de participación directa en línea. Nada de Comités Ejecutivos, Consejos, Congresos o Secretarías Generales. Toda decisión se tomaba directamente por los militantes en consultas vía internet, incluidos los programas electorales y las listas de candidatos.

Los problemas empezaron con su entrada en el Parlamento en 2013, cuando, a quererlo o no, apareció una “estructura”: el grupo parlamentario. El MS5 empezó a ser devorado por las dificultades de institucionalización de un movimiento que había hecho de su repulsa al “sistema” su sello distintivo. Se nombró un “consejo de administración”, aunque de carácter rotativo y sujeto a un código de conducta. Para los parlamentarios y autoridades electas se impuso el límite de dos mandatos, sin posibilidad a una eventual tercera reelección. Pero ello no bastó para dirimir las controversias ideológicas y programáticas consecuencia de la necesidad de tomar decisiones, establecer “líneas rojas” y compromisos aceptables en el tema de las alianzas y adoptar posturas concretas ante los problemas del país. La plataforma de Cinco Estrellas era una ensalada pro ecología, anti globalización, pro Estado bienestar, prístinamente “ciudadana”, euroescéptica, anti sociedad de consumo y, sobre todo, anti corrupción. “Ni izquierda ni derecha, sino propuestas de cara al siglo XXI”, decía Beppe Grillo. Pero esta curiosa coexistencia de temas heterogéneos y, a veces, contradictorios no pasó la prueba parlamentaria y menos la del ejercicio del gobierno. El movimiento empezó a ser acosado por las pugnas internas. Más de una treintena de sus diputados han desertado o sido expulsados, sus alcaldes se cuentan entre los más impopulares del país y, según las últimas encuestas, el apoyo de los electores se ha reducido a alrededor del 15 por ciento, cuando en 2018 consiguió el 33 por ciento de los sufragios.

El MS5 contribuyó a una relativa revitalización de un sistema de partidos moribundo al ganar los votos de los decepcionados. Su innovadora estrategia organizativa logró movilizar a millones y crear una forma de identidad colectiva. Pero su participación en el gobierno nacional ha sido un fiasco. La selección abierta de candidatos acarreó la postulación de individuos muy bien intencionados, pero inexpertos en la función política. Imposible asegurar coherencia ideológica, programática y organizativa a base de trabajar solo mediante activistas en línea. Asimismo, no contar con un mínimo de estructuras hace al movimiento demasiado dependiente de la falaz dicotomía “políticos malos, ciudadanos buenos” y del voto de protesta, de suyo volátil, el cual ha empezado a migrar, en buena medida, a las expresiones populistas de derecha.

Hace un par de semanas, los militantes del M5S decidieron mediante consulta en línea modificar la regla que limitaba a los funcionarios y representantes electos miembros del movimiento a un total de dos mandatos en todos los cargos electos. Ahora podrán presentarse a la reelección hasta por una tercera ocasión. También se votó a favor de abandonar su oposición a las alianzas electorales formales con los partidos tradicionales. Así, el M5S podrá vincularse con su socio actual de coalición gubernamental, el Partido Democrático, en los comicios municipales a celebrarse este mes. El avance a la “normalización” de la vida partidista parece inexorable. Todo esto desde luego, nos da lecciones. Las laxas características organizativas e ideológicas de este movimiento fueron factores muy favorables para el éxito meteórico de una fuerza política contestaria en tiempos de decepción con la política y crisis económica, pero se han convertido en pesados fardos para la consolidación del movimiento como un proyecto genuino de transformación. Como sucede también con los llamados Catch All Parties, la ambigüedad ideológica es muy útil cuando una organización se desempeña en la oposición, pero es letal a la hora de formar gobiernos, cumplir compromisos y aplicar políticas públicas específicas.

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