Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

Cheng How. El eunuco de las tres joyas

Aprovechando el estado beatífico en que mis editores se encuentran en Pascua, pongo a la vista de ustedes otra vieja historia de viajeros aunque esta con un final mucho menos feliz. Y aunque parece un mero incidente anecdótico (una mera botana histórica), en realidad quiere hacer notar una paradoja, de las más grandes ocurridas (¿o no ocurridas?) en el último milenio.

¿Por qué China no se lanzó por el Este intentando alcanzar vía marítima la redondez de la tierra? No cabe duda que ese imperio colosal contaba con una potencia tecnológica y humana mucho más vasta y diestra que cualquier otra nación de entonces. Y ya estaban en sus mesas imperiales los preparativos logísticos para ir a ese más allá ¿Qué fue lo que pasó?¹. Veamos.

Existió un personaje que por su inteligencia, pericia, sus largos viajes y su experiencia como navegante pueden equipararse a un Balboa, a un Vasco de Gama, a un Vespucio: se trata de Cheng How, “el eunuco de las tres joyas”.

Entre 1405 Y 1433, Cheng How dirigió las expediciones marítimas más grandes que el mundo había visto jamás. Tenía bajo su mando a 37,000 marinos y una tripulación suficiente para conducir 317 barcos de todo tipo y tamaño. Los árabes afirmaban: “no hay barcos más grandes, ni más altos, ni mejor equipados que los que comanda el almirante Cheng How”.

No era casual: en ese momento la China del emperador Yung Lo era toda una potencia económica, capaz de financiar obras monumentales, palacios y flotas descomunales capaces de satisfacer los más altos estándares y los caprichos imperiales.

Había que llevar el mensaje de la grandeza de China a todas partes. Por eso, el eunuco obtuvo recursos para recorrer todas las cosas del Mar de China y del Océano Índico.

Contaba con mapas completos del Río Nilo, Sudán, Zanzíbar en Tanzanía e incluso, de muchas regiones afectadas del Norte en la Costa del Mediterráneo incluyendo el actual Marruecos.

En siete grandes expediciones, visita la Isla de Sumatra, Java, Corea, Somalia y llegó al Mar Rojo. Su viaje más oriental tocó tierra en Nueva Guinea, donde se enteró que había islas habitadas situadas aún más al Este del Océano Pacifico (probablemente las actuales Vanuatu o Samoa). Y Chen How quería visitarlas, ir todavía más lejos “hacia el extremo del mar, donde se pone el sol”.

Ya hacía planes y construía nuevas embarcaciones para la que sería su octava expedición, compuesta por 50 naves y más de 6,000 hombres. Nótese: la Niña, la Pinta y la Santa María de Colón solo alcanzaron a embarcar poco menos de 100 hombres.

Pero murió el emperador. El nuevo mandarín emitió un edicto en 1433 para imponer castigo a quien se arriesgará a viajar al extranjero. Y es que los tártaros y los mongoles habían vualto por sus fueros y arreciado las hostilidades ancestrales con el Imperio chino.

Los burócratas imperiales “todos eunucos” arguyeron que el tesoro debía ser invertido en la fortificación militar en el Oeste –continente adentro- y en las obras de riego para multiplicar los rendimientos agrícolas para tener suficientes reservas ante los eventuales sitios “antes que en las aventuras pomposas de marinos sin más oficio”, y por si fuera poco, esos aventureros niegan las enseñanzas de Confucio: “los hijos del cielo” deben ser autosuficientes y no necesitar a nadie más.

Esta política se reiteró en 1449, en 1452 y prevaleció hasta el siguiente siglo: construir una lancha con más de dos mástiles era un delito. En 1525 los barcos de cabotaje fueron incluso destruidos y los marineros fueron arrestados. Todavía en 1600 la palabra “espía” eran una noción que incluía a cualquier viajero que provenía del mar.

Mientras tanto, del otro lado del mundo conocimos mejor la historia: 80 años después de la última gran expedición marítima de Chen, Colón encuentra tierra firme (aunque no supo que era todo un continente), se inicia el descubrimiento y la conquista de un mundo nuevo, extraño y tremendamente rico al que bautizarían “América”.

La paradoja se había consumado: una gran civilización, mucho mejor dotada que los españoles o los portugueses, renunciaría a la exploración del pacífico y optaría por encerrarse en sí misma.

China estaba preparada, técnica y financieramente para explorar el globo pero faltó el arrojo, el espíritu de aventura y la ambición que sobraban en Europa. La muralla cultural puso contra el cerrojo las pretensiones de Chen How

De ese modo, China no sería una nación descubridora y esperaría a ser una civilización descubierta (o redescubierta, si le damos su lugar a Marco Polo). Las consecuencias de esa coyuntura histórica las vivimos hasta nuestros días.


¹ La historia y los datos de este viejo episodio fueron extraídos de Los Descubridores, Boorstin, J. Daniel. Editorial Crítica, 1986. Las citas provienen de Chang Tien-Tse, Sino-Portuguese Trade from 1514 to 1644, Leiden, 1933.

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