Cinque Terre

Armando Reyes Vigueras

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Periodista

La censura y las dos varas

Mientras un youtuber perdió su espacio en una cadena de televisión de paga, por unos mensajes en redes sociales discutibles, un personaje público que cuenta con una emisión en una televisora estatal mexicana sigue como si nada a pesar de tener en su historial mensajes similares. En tanto, otro conductor que ha recibido mucho apoyo en el presente sexenio, se mantiene a pesar de las acusaciones de poca transparencia en sus bienes. Son las dos varas que se utilizan para castigar a quienes se considera ofensores de la moralidad en turno.

Políticamente incorrecto

Ilustración: Hanna Barczyk

Estamos en una época en que ciertos sectores de la sociedad se erigen en censores ante lo que consideran políticamente incorrecto… siempre y cuando no contradiga sus simpatías políticas.

Esta inquisición que se manifiesta en redes sociales, principalmente, exige la cabeza y el puesto del ofensor, sin considerar que con eso no sólo entierran la carrera de alguien, sino también a la libertad de expresión.

Diversos son los casos en los que alguna persona emite un mensaje en alguna red social que genera la indignación de ese sector ultrasensible a todo lo que no concuerde con su escala de valores.

Tenemos el caso de James Gunn, director de la cinta “Guardianes de la Galaxia”, quien fue retirado del proyecto por unos tuits del pasado.

Y es que para esta inquisición, no importa cuando se hizo el mensaje, ni bajo qué circunstancias se emitió, sino que se ofende su sensibilidad aquí y ahora.

En México hemos tenido algunos casos similares en los cuales algunos personajes públicos —aunque también las personas comunes y corrientes pueden sufrir la sentencia de este tribunal moral–, ven sus carreras truncadas o sus espacios en medios perdidos por haber externado alguna opinión o chiste que no gustó a este segmento que reclama un castigo que en ocasiones es desproporcionado.

Nicolás Alvarado escribió en su espacio en Milenio que no le gustaba Juan Gabriel y que “mi rechazo a Juan Gabriel es, pues, clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas”. Como resultado, días después de este mensaje tuvo que presentar su renuncia a la dirección de Tv UNAM.

¿Fue justa esta medida y que hordas digitales exigieran esto sólo por decir que no le gustaba un cantante, por más popular que fuera?

Ricardo Alemán, por entrarle al juego con usuarios de redes sociales —como él mismo reconoció— posteó en su cuenta de Twitter un meme en el que hacía eco a un exageración: convocar a atentar en contra del presidente López Obrador.

De nada sirvió que explicará que se trataba de una interacción y que buscaba contrastar alguna contradicción en el intercambio de mensajes, pues la frase que antecedió al meme, “ahí les hablan”, fue tomada por una provocación y su programa en Canal 11 fue cancelado, además de perder su espacio en Milenio.

Chumel Torres, luego de la polémica por la invitación que recibió para participar en un foro de Conapred, algo que irritó a la esposa del presidente, vio su programa de HBO cancelado por unos mensajes en redes sociales que fueron calificados como racistas.

Volvemos a preguntar, a la luz de que una disculpa, a veces, no es suficiente para apaciguar a las hordas enfurecidas por lo que consideran ofensivo para su moral particular, ¿es justo que se exija terminar con la carrera de alguien, considerando que esto puede afectar su patrimonio y que incluso un preso tiene garantizada comida y un lugar para dormir?

Pero si se trata de alguien protegido por el manto de la 4T la cosa cambia.

Gibrán Ramírez, secretario general del CISS, ha posteado en su cuenta de Twitter mensajes que se equiparan a los de Chumel Torres y en algunos casos los superan, que también se pueden calificar de misóginos y sexistas, pero no ha perdido su espacio en Milenio como Ricardo Alemán o su programa de televisión como Chumel Torres.

¿Por qué en este caso hay tolerancia y se pasa por alto una falta que en otros casos ha provocado que las redes sociales se incendien con demandas de expulsión, despido o similares?

Y en el caso de John Ackerman, a pesar de que se mantiene la duda de cómo amasó su fortuna y adquirió sus casas, además de las interrogantes acerca de su trayectoria académica, no se prevé alguna sanción de ese tribunal que se erige a la menor provocación en las redes sociales.

¿Será porque también está bajo el manto protector de la 4T?

Para los que hablan de justicia y se ofenden con algunas muestras de libertad de expresión, el silencio cómplice en los dos casos citados no sólo es llamativo, sino que ilustra que lo que puede ofender un día, puede ser tolerable al siguiente… siempre y cuando quien lo diga sea aliado.

Lamentablemente, en una época en que se quiere revisar y reescribir toda la historia, pero de manera selectiva y atendiendo una doble moral, parece que el peligro es expresar lo que se piensa, sin considerar que —citando a Voltaire— “podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Lo de hoy es, “podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero pagaras hasta con la muerte tu derecho a decirlo”.

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