Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Caravaggio en el Munal, es una gran noticia

Leo que a partir de mañana y hasta el 20 de mayo se exhibirá, en el Museo Nacional de Arte, la Buona Ventura de Caravaggio. Me entusiasma el hecho más allá de la sutil interrogante de cuál de las dos versiones es la que estará en México (o si las dos, una lleva años en Roma y otra en París) y cuántas obras más estarán en la exposición, entre las cincuenta que se han conservado del pintor italiano nacido en Milán.

Permítanme una frivolidad: admiro la vida licenciosa de Michelangelo Merisi da Caravaggio (y quizá más que a su obra, le tengo mayor aprecio a su influencia en la actualidad) entre otras razones, y no sólo por una identificación personal, porque sin esta no se explica que el pintor acudiera a otros modelos distintos a los tradicionales en su obra religiosa, prostitutas para la representación de vírgenes –como lo muestra el óleo sobre lienzo “Muerte de la virgen” que está en el Louvre o “Madonna del Rosario” en Austria donde emula a Leonardo y Rafael– así como mendigos y borrachos para representar varios otros personajes celestiales, además de sus amigos, “El amor victorioso”, Cupido, por encima de todas las cosas es el ejemplo más connotado de la ambivalencia sensual y religiosa que tuvo como cómplice al modelo (y también pintor) Francesco Bioneri. Admiro también aquella vida licenciosa –mató a una persona si bien en su momento quedó registro de que fue involuntario– porque sin esa vida licenciosa ese donaire entre lúgubre y misterioso no habría sido posible tal expresión humana que con la técnica del claroscuro de Caravaggio logró la cima, vamos, la representación más destacada del barroco donde la luz brillante invita a que cada quien busque su propia esperanza en la vida, como es muy probable que intentara el artista en sus periodos depresivos hasta morir a los 31 años; si me pidiera dos ejemplos de esa luz mencionaría dos cuadros que he podido mirar de frente: “La negación de San Pedro” (que se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de NY) y “Los discipulos de Emáus” (en la galería nacional de Londres).

Niño con un cesto de frutas, h. 1593. Óleo sobre lienzo, 67 x 53 cm. Galería Borghese, Roma

Los primeros lienzos de este artista italiano tuvieron un colorido y una intensidad que poco a poco se iría apagando, no, me equivoco, más bien cobraría esos matices tenues y oscuros, y esos rostros abandonados en la tristeza: no es lo mismo “Niño con un cesto de frutas” y esos ojos desolados apunto de gritar (1593) que “La flagelación de Cristo” (1602/03) ya sin aliento ni para sufrir.

Siempre me han seducido aquellos ambientes sórdidos en los que Michelangelo Merisi da Caravaggio se desenvolvió y vaya paradoja puedo adivinarlos a través de su pintura religiosa; pero esto no es circunstancial ni puramente subjetivo, esa mística (digámoslo así) también la notaron los jerarcas religiosos de aquel entonces. A mi me gusta imaginar a esa ramera que logró la posteridad con el pincel que la dibujó como santa y pura; a aquellos jerarcas no les hizo mucha gracia, seguro, pero el genio de Caravaggio y su necesidad de deslindarse de las religiones protestantes lo hicieron vigente algunos años antes de morir casi olvidado.

Hace unas semanas anduve por la Basilica di Santa María del Popolo, es una iglesia menor si comparamos con las que hay en Roma, situada de lado izquierdo de una de las puertas de la vieja entrada de la ciudad. Ahí, en un rincón donde se construyó la primera capilla en 1099 la capilla Ceracci, están dos obras así como olvidadas de este hombre de oscuridad, reyertas y esperanza. Arriba casi en el centro está la decoración de Rafael y, en el costado izquierdo, también destaca la “Asunción de la Virgen” de Annibale Carracci; poco más a la izquierda se encuentra el óleo sobre lienzo “Crucifixión de San Pedro” –la obra maestra de Caravaggio– y a un costado se sitúa la dramática “Conversión de San Pablo en el camino de Damasco”. O sea, están como arrumbados, fuera de la conversación del arte en esta construcción, pero sin duda están y eso es lo que importa. Son dos obras que encuentran el mismo destino que su autor: sombrío pero imponente, el genio que tradujo la vida cotidiana en la representación de la iglesia que no admitía borrachos, putas ni vagabundos. Y ahí está sí, el llamado chico malo del barroco, el hijo pródigo del manierismo que denuncia también desde su condición homosexual la doble moral religiosa.

¡Larga vida a Caravaggio!

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