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Walter Beller Taboada

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Bunge: método, (pseudo) ciencia y best seller

El doctor Mario Bunge (1919-2020) tuvo una larga historia de compromisos intelectuales con la filosofía de la ciencia –como él la entendió–, éxitos editoriales múltiples, premios internacionales (Príncipe de Asturias) y despertó ánimos favorables a sus ideas, pues de otra forma no se explica la larguísima presencia de su libro La ciencia, su método y su filosofía y de las numerosas reediciones de casi todos sus libros publicados en español; pero también despertó opiniones adversas, por su afán sostenidamente polémico, tanto de parte de las visiones conservadoras como de las “progres”, que le han reprochado sus descalificaciones a la mayoría de corrientes filosóficas (principalmente las contemporáneas), por su oposición férrea a la dialéctica marxista y a todo tipo de psicoanálisis, además de dar la espalda a las innovaciones a la concepción clásica de la ciencia.

Bunge se formó profesionalmente como físico y no como filósofo, sin embargo, sus numerosas contribuciones se dieron en el mundo de la filosofía. Aunque en sus inicios de su vida intelectual simpatizó con el marxismo, rápidamente lo abandonó porque lo consideró falto de solidez, y se encaminó –crítico, como siempre– por la senda abierta por el Círculo de Viena y el positivismo lógico.

Se sintió atraído por esta corriente filosófica ya que proponía realizar un análisis lógico y ceñido a los logros de las ciencias, para así ponderar las propuestas de la filosofía que parecían reemplazar los fundamentos de las ciencias y las tecnologías. Pero Bunge se desmarcó del positivismo porque defendía que en la base de la ciencia siempre hay una cierta filosofía, incluso una metafísica, que favorece (o no) el avance de la ciencia.

Apologista del método científico, Bunge no fue –contra toda apariencia– un cientificista clásico. Si bien defendió la importancia de la ciencia y la tecnología para la sociedad, también estableció que no podían ir más allá de lo límites éticos y humanistas que permiten la preservación de la cultura humana. Con la claridad que caracteriza sus textos, escribió: “Nadie duda ya del éxito sensacional del método científico en las ciencias naturales. Pero no todos concuerdan en lo que es el método científico. Ni todos creen que el método científico pueda estirar su brazo más allá de su cuna, la ciencia de la naturaleza” (Epistemología, 2009, 5a reimpresión). Y puesto que ambos problemas están íntimamente relacionados, Bunge se dio a la tarea de crear una concepción en la cual la ciencia y la tecnología evolucionan por su propia dinámica interna (problemas que enfrenta y resuelve) y por acuerdos filosóficos, éticos, culturales, políticos y económicos, teniendo como centro de gravedad una idea amplia del método científico.

En sus inicios, como se constata en La investigación científica, ya se hacía eco de las corrientes multidisciplinarias de los años  60, y después se decantó por un enfoque sistematicista, según la cual el mundo está compuestos por sistemas de sistemas (Ontología II [2011, 1a edición en español] y Diccionario de filosofía [2001, en Siglo XXI]). No hay átomos o elementos simples, sino que toda realidad contiene múltiples relaciones y cualquier totalidad forma parte de una totalidad más amplia y esta se vincula con otra más extensa, con excepción del Universo físico, que ya no quedaría comprendido por otro mayor.

Habría un nanonivel, cuyo referente central somos usted y yo, con nuestros antecedentes familiares, estatus dentro de una organización, etc., con problemas de empatía o antipatía, apoyo o indiferencia. Un micronivel, cuyo referente es el “sistema social pequeño o primario”, como la familia, el equipo de futbol llanero, el grupo de amigos o la industria casera; con problemas de agrupamiento y disolución (hay divorcios, rupturas entre amigos, etc.). Un mesonivel, el sistema de tamaño mediano, como un clan, una escuela en el barrio, una iglesia o incluso una ciudad pequeña; tienen problemas de competencia o cooperación con sistemas similares (las iglesias entre sí). Otro sería el macronivel, que es un sistema mayor, como una comunidad, un pueblo o un gobierno local; tienen problemas como la estabilidad y la cohesión, mantener servicios sociales (recolección de basura, seguridad municipal, etc.). Finalmente, un meganivel, como sería por ejemplo un país, una compañía transnacional o el sistema mundial inclusive; expresa problemas de la globalización, conservación o reforma del orden social nacional, etc. (La filosofía en las ciencias sociales, 2007, 3a edición en español, Siglo XXI.)

Un tema que acompaña las ideas de Bunge es el combate a lo que él denominó pseudociencias. Aclaraba que existen saberes que no tiene la pretensión de científicos (las consejas de las abuelas), pero que hay otros discursos que tienen la audacia de presentarse como derivados de la ciencia y con ese supuesto aval circulan en el mercado comercial, dejando pingües ganancias a sus promotores (con artilugios que se venden en los mercados del centro de la CDMX o sus equivalentes en los estados).

Sobre el psicoanálisis escribió: “Entre otras cosas, Freud entronizó el inconsciente y le adjudicó poderes causales que supuestamente intervenían en un gran número de fenómenos inexplicados, como los lapsus linguae y el mítico complejo de Edipo. Pero, por supuesto, ni a él ni a ninguno de sus seguidores se le ocurrió jamás aproximarse a esta materia de manera experimental” (Las pseudociencias, ¡vaya timo!, 2010, p. 45).

Teniendo presente el faro orientador de las ciencias, Bunge proponía darle un contenido objetivo a nuestros valores (como preferir la justicia a la injusticia, la solidaridad al egoísmo, la libertad a la tiranía…). “Siendo así, es posible y deseable intentar fundamentar la axiología y la ética sobre la ciencia y la tecnología, en lugar de sostener que los valores y las reglas morales son puramente emotivos o convenciones sociales, o normas impuestas por el poder económico, político o eclesiástico” (100 ideas. El libro para pensar y discutir en el café, 2007, 3a edición).

Bunge es objeto de todo tipo de críticas, así como ha sido inspiración no solo para maestros de educación superior sino también de políticos y legisladores. Con él ha muerto probablemente el último representante del discurso de la univocidad (que evita las ambigüedades, las contradicciones, las inexactitudes) y de la confianza más o menos matizada en la ciencia y la tecnología. Deja una estela de páginas que son reflejo del siglo XX, pero que difícilmente se adaptan o se pueden adaptar a las turbulencias del siglo XXI.

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