Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Borgen y su utopía

Borgen, la exitosa serie de Netflix, narra la historia de Birgitte Nyborg, lideresa del partido de los Moderados, quien se convierte en primera ministra de Dinamarca después de una genial negociación entre distintas fuerzas políticas en la cual su partido es solamente el tercero en cuanto a número de escaños parlamentarios. Desde luego, es pura ficción, pero como los creadores de la serie lo admiten, la serie está inspirada en personajes y hechos reales. Los Moderados son los Social Liberales de la vida real y la figura de Nyborg retrata vagamente a quien fue su lideresa, Margrethe Vestager. Los Social Liberales han perdido influencia en la política danesa. Ya no son el partido bisagra en la formación de coaliciones de gobierno, más como socios de los socialdemócratas que de la derecha. Hoy nadie desea pactar con ellos, aunque su presencia parlamentaria sigue siendo importante. Para la izquierda sus posturas en los renglones económico y social resultan demasiado conservadoras; para la derecha sus políticas de inmigración son excesivamente tolerantes. Es el drama del centro en una era de polarización exacerbada.

Ser de la línea social liberal tuvo un breve auge hace cuatro años con el triunfo de Emanuel Macron en los comicios presidenciales franceses. Ante el ocaso de los partidos tradicionales y el apogeo de los populismos de izquierda y derecha por toda Europa, pareció de pronto que opciones nuevas de orientación liberal progresista surgían con fuerza como la alternativa de los defensores de la libertad, la igualdad de oportunidades y el bienestar frente la xenofobia, la demagogia y el antieuropeísmo. Reaparecían líderes favorables a una Unión Europea mejorada capaz de hacer frente a los desafíos en materia de seguridad, trabajo, derechos sociales, inmigración y comercio, así como vigorosa en el restablecimiento de la confianza de los ciudadanos en las instituciones europeas. Pese a todo en Europa existe aún un electorado de izquierda liberal, socialdemócratas que no temen a la globalización y saben que la administración pública debe ser eficiente mientras mantiene las esencias del Estado bienestar, sin olvidar que la mejor política social es la creación de empleos.

Al auge del liberal progresismo se sumaron políticos como Albert Rivera en España (Ciudadanos), Matteo Renzi en Italia (Partido Democrático) y los liberaldemócratas británicos, entre otros. En América esta corriente se veía representada por el primer ministro Canadiense Justin Trudeau e incluso por el ex presidente Barack Obama. En la ficción de Borgen el referente sería Birgitte Nyborg, una firme defensora del consenso en el ejercicio del poder. La victoria de Macron parecía ser la primera piedra de un renacimiento del centro, quizá el anunció del fin de la ola populista. Pero no fue así. El errático liderazgo y oportunismo de Rivera hundió a Ciudadanos, la megalomanía perdió a Renzi, los liberales británicos fueron devorados en la vorágine del Brexit y el gobierno de Macron está cediendo a la tentación de alinearse cada vez más a la derecha. Pero no todo está perdido. Una esperanza resurge con la victoria de Biden en Estados Unidos y en Europa resultó muy alentador el estupendo resultado obtenido en las urnas en los recientes comicios parlamentarios celebrados en los Países Bajos por los liberal progresistas del muy original partido Demócratas 66 (D66).

La breve historia de este movimiento tiene algunas lecciones interesantes para quienes buscamos la construcción de un partido ciudadano, moderno y democrático. Fue fundado en octubre de 1966 por ciudadanos que tenían como característica no haber participado nunca en política y a quienes no convencían las organizaciones demasiado burocratizadas o excesivamente ideologizadas de los partidos políticos tradicionales. Criticaban al statu quo, pero jamás recurrieron a la demagogia de la antipolítica ni cedieron ante el personalismo de algún dirigente iluminado. Han mantenido desde sus inicios una ideología social liberal, poseen una visión pragmática de las labores gubernamentales, privilegian las soluciones técnicas, científicas y humanistas sobre las meramente políticas y demandan someter -en todo momento- la labor gubernamental al escrutinio ciudadano.

El éxito de D66 no se hizo esperar entre los sectores más ilustrados del electorado. Ha formado parte como socio minoritario de la mayoría de las coaliciones de gobierno que ha habido en los Países Bajos desde 1966. Rechazan ser homologados en el eje tradicional “izquierda-derecha”, y afirman moverse más bien en el eje “libertad-autoritarismo”. Han ensayado con estructuras internas lo menos burocratizadas posibles. Los militantes del partido se organizan en agrupaciones de tres tipos: Territoriales, Sectoriales y de Agrupación Digital, está última es el cauce de participación de los afiliados que deciden trabajar preferentemente a través de internet. Todos los militantes son defensores de una sociedad abierta dentro de una Europa fuerte, frente a las sociedades cerradas de los nacionalistas radicales.

D 66 fue casi víctima de su éxito a causa de los dilemas internos creados por aceptar participar en coaliciones gubernamentales. No es lo mismo militar en un movimiento testimonial dedicado exclusivamente a la difusión y sostén de buenas intenciones que trabajar en un partido corresponsable en la toma de decisiones. Sin embargo, D66 ha sabido sortear bien sus crisis gracias a liderazgos eficaces y a que los temas que desde mediados de los sesentas han postulado son cada vez más vigentes. Pero quizá el principal defecto que debe aún superar el D66 es esa aura de elitismo que casi siempre desprenden las corrientes políticas liberal progresistas y que las han vuelto impopulares con los ciudadanos de a pie. Por ejemplo, a la ya citada Margrethe Vestager es famosa por altiva, sarcástica y distante aunque, también por ser muy competente, mientras que la Birgitte Nyborg de Borgen es cálida y simpática. Los liberal progresistas deberán aprender algunos trucos a los populistas al menos en lo que se refiere a la cercanía con la gente, la utilización de un lenguaje inteligible y el abandono de actitudes elitistas si es que quieren realmente seguir compitiendo por el poder.

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