Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Bípedos y parlanchines

Se aprende en bicicleta

No aprendí a andar en bicicleta cuando era niña, hoy sé lo mucho que me perdí y también comprendo lo fascinante que es mantenerse en equilibrio. Desde que comenzó la pandemia salgo en la bici más o menos de forma cotidiana, los hallazgos son muchos, entre ellos y sin mistificaciones, es que el cerebro al oxigenarse incide en el ánimo y favorece la imaginación. El trayecto me hace reflexionar sobre muchas cosas y disfruto el clima, el panorama de esta hermosa ciudad de Ixtapa que hemos elegido residencia. No le juego a acumular kilómetros, ni a ponerme en gran forma. Pongo mi audiolibro y escucho, pienso, sueño, viajo. Sigue caminando, sólo hazlo, son dos exitosísimas frases publicitarias que en extrema síntesis le pegan a un lugar común, la vida consiste en avanzar y se regocija uno en el trayecto, en sólo hacerlo aunque la meta sea la muerte.

Nuestra atención es limitada y hasta no interiorizar el patrón o algoritmo (diríamos ahora) “andar en bicicleta”, se trata de una hazaña difícil. Requiere esfuerzo concentrarse, las manos, la ruta, las piernas, el miedo, sobre todo eso, el miedo a caer.

Nos dice Bryson en su historia sobre el cuerpo que no sabemos realmente por qué caminamos, entre 250 especies de primates, somos los únicos que en un punto decidimos levantar la columna, ni qué decir de treparnos en un artefacto de dos ruedas. Parece que hemos pagado un precio alto por caminar. Al mantener el equilibrio sobre dos soportes, desafiamos a la gravedad y sufrimos con ello dolores crónicos en la espalda o rodillas; hasta que nuestra tecnología médica se refinó, la pequeña cadera femenina derivada de este ejercicio, propiciaba que la cría humana fuera la que moría en parto con mayor frecuencia.

En mis primeros intentos por no caer de la bici, recuerdo lo graciosos que se ven los pequeños al intentar ponerse en pie, la seriedad, el miedo y el riesgo que les supone. No es empresa menor, lleva algunas semanas y hasta meses.

El primer caminante que recuerdo fue mi hermano, quien se tardó tanto en hacerlo que asustó ligeramente a mi madre. Pero con la preparación minuciosa con la que hoy Jeff Bezos ascendió hasta el espacio, paso por paso Tomás emprendía sus expediciones. El día señalado, sin la prensa o las cámaras a su alrededor, decidió que ya sabía, una larga caminata triunfal y vehemente, lo llevó a recorrer la casa completa como si de un conquistador se tratara, se reía mucho y hasta gritaba. Resulta que por días juntó la teoría hasta que su destreza lo mostró como un ágil caminante. Hablar, fue otro problema, pero ese era su método así que un día su repertorio de palabras se puso en una fluida práctica, supongo que la abogacía como profesión fue una excelente práctica para su destreza comunicativa.

Para poder erguirnos, nuestros cuellos se volvieron más largos y rectos, se unieron al cráneo más o menos centralmente en lugar de hacia atrás como en otros simios, la espalda se flexibilizó y parece ser que todo esto derivó en tractos vocales capaces de articular el habla. La explicación que dan algunos científicos es que como precarios y pequeños cazadores teníamos que inventar la manera de trabajar en equipo y el lenguaje es arma secreta.

Mi primer frase me cuentan fue: “pastillitas no” me la enseñó mi tía Virgo, palabras precautorias y condicionantes para el rechazo hacia drogas y medicamentos. La primera, de Andrea fue coqueta, me llevó días enseñarle tan complejo vocablo y claro, en un afán de la madre por verse original y por acondicionar la vanidad de mi hija que desarrolló una seducción discreta pero potente. De Mariana recuerdo: cípepe por príncipe, no se la enseñé yo, ella sola se empeña, desde chica, en buscar al sujeto perfecto para compartir su reinado. Nuestros lenguajes son complejos. Nos comunicamos con palabras entre nosotros y también con nosotros mismos, pero existen emociones que sólo se develan en imágenes, en temblores, picores, caricias o repulsiones. Hay verdades que se aparecen en las pesadillas o mientras la razón se distrae y anda uno en bicicleta.

No es casual que la búsqueda de sentido tenga una orientación lineal secuencial como nuestro andar, que busquemos una ruta única para dirigirnos. Con esta atención limitada nos está vedado lo simultáneo y cuando lo intentamos podemos perdernos.

En mis noches avanzo por las casas de mi infancia, en ella se me aparecen mis hermanos y mis padres, experimento la emoción de encontrarlos, o en el caso de mi papá, el deseo de esconderme para que no me encuentre. Es curioso que con la luz del día la ruta se despliega clara y todo avanza sin nostalgia ni remordimientos. No puedo evitar pensar la historia de mi padre, la muerte más reciente, la más “sórdida” entre un cúmulo doloroso de muertes por elección. Mi teoría es que mi padre pertenece a un grupo nuevo de seres que el mundo digital va volviendo obsoletos. En muchos sentidos creo que se impuso como penitencia la renuncia. Se trataba de un hábil comunicador análogo que le temía un poco al mundo cibernético. Un seductor que como ya he dicho tenía destreza para la presencialidad, recuerdo la primera vez que fui a su oficina y vi una computadora, le pedí que la prendiera y me dijo que no sabía, que cuando la necesitaba le pedía a sus secretaria que la prendiera.

En su casa siempre se comía delicioso pero él no era capaz de prepararse un sándwich, cuando no estaba mi mamá esa era mi tarea. Uno de los más grandes talentos de su mujer era ese, el de cocinar. A la muerte de su pareja, con la extinción de las secretarias, con el advenimiento del mundo digital, con el feminismo, no supo cómo se pedaleaba la bicicleta. Buscó parejas pero los encantos de antaño se volvieron obsoletos, micromachismos obvios y deslucidos; poner un mail era un problema, supongo que hacer un zoom le hubiera parecido un cuento de Bradbury. Buscó trabajo mil veces pero lo imagino como un niño la víspera buscando artilugios para disimular que entendía las redes (los mensajes los firmaba como si fueran misivas); lo imagino de manos sudorosas ante el intríngulis de escribir un mail (perdía su clave diario, mientras nos hablamos, yo era su escritor fantasma) ¿Cómo un hombre de su categoría podría aceptar que una hoja de Excel le resultaba chino y un Power Point arábigo? La vida descontinuó a mi padre, perdió el rumbo y se quedó sentado en un sillón esperando a que su nieta le diera las buenas noches.

Pedaleo y avanzo, ya no quiero instalarme en esta historia, sin embargo y como Heracles, reconozco que mi aversión me ha dado nombre y si el héroe legendario adoptó el nombre de su oponente, no he de adoptar el nombre de mi padre pero agradezco su legado, la oposición que siempre supuso, el dolor que no quiero repetir y la compasión que merece por ser un frágil hijo de su tiempo.

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