Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Biden presidente

 

Cuando tuvieron lugar las elecciones presidenciales en Estados Unidos en el arranque del nuevo siglo, los contendientes, Albert Gore, candidato por el partido demócrata, y George W. Bush, candidato por el partido republicano, se enfrascaron en una crisis post electoral en la que el primero impugnó los resultados en el estado cave de Florida -donde, de manera coincidente, gobernaba Jeb Bush, hermano del segundo-, pidiendo un conteo manual. Gore fue muy claro: no reconocería el resultado si no se revisaban los votos emitidos en el estado peninsular. Como se recordará, el 13 de diciembre de ese atribulado año 2000, la Corte Suprema de Justicia -dominada por republicanos- sentenció que George W. Bush había obtenido 537 votos más que Albert Gore en Florida, lo que otorgaba los sufragios del Colegio Electoral de los electores floridenses al nativo de Connecticut y con ello, la presidencia estadunidense le era adjudicada al hijo mayor de Barbara y George. Fue un final de fotografía, como en las carreras de caballos: Bush obtuvo 271 votos del Colegio Electoral, frente a 266 de Gore.

Foto de Drew Angerer / Getty Images

Pese a lo apretado del resultado, lo interesante fue la reacción de Albert Gore. En un discurso en televisión, el demócrata señaló que estaba en desacuerdo con lo dispuesto por el tribunal. Dejó en claro su desencanto. Sin embargo, en un gesto de profunda responsabilidad, dijo que era momento de hacer a un lado los rencores por el bien de los estadunidenses y del país. ¿Le robaron la elección? Puede ser. Pero Gore se mostró respetuoso de las instituciones, de esas que a William Clinton y a él los convirtieron en Presidente y Vicepresidente -respectivamente- de la Unión Americana a partir de enero de 1993. Lo que es más: tras este episodio, Gore siguió con su vida, mantuvo el activismo ambiental que lo distinguió desde sus tiempos como Senador por Tennessee y en 2007 obtuvo el Premio Nobel de la Paz por el trabajo desarrollado en torno al empoderamiento de la agenda ambiental a nivel internacional. Nada mal, ¿cierto?

Este recuento viene a colación por lo que está ocurriendo en Estados Unidos tras los comicios del pasado 3 de noviembre. Si bien los votos favorecieron, en principio, a Joseph Biden, hay varias impugnaciones de por medio por parte del Presidente Donald Trump, que podrían o no proceder y modificar o no el resultado. En otras palabras: esto no se acaba hasta que se acaba. La fuerte división que muestra la sociedad estadunidense y que se vio reflejada en las urnas, es innegable y puede dar pie a revisiones, conteo y re-conteo de votos que requerirán tiempo. Hay algunas similitudes con el año 2000: si el tema se dirime en tribunales, hoy, como entonces, dominan jueces republicanos.

Con todo, la reacción de buena parte de las naciones y organismos intergubernamentales más diversas personalidades del mundo, felicitando al virtual ganador Joseph Biden -comenzando con el Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, seguido de los parabienes del Presidente de Francia, Emmanuel Macron, de la canciller germana Angela Merkel, del Presidente español Pedro Sánchez, del Presidente venezolano Nicolás Maduro, del titular de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) Jens Stotelberg, etcétera- se explica en parte por el trato que Donald Trump les ha prodigado a todos ellos a lo largo de su gobierno. Como se recordará, ha despotricado contra el multilateralismo, retirando a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de la Organización Internacional del Café (OIC), del Acuerdo de París y amenazó incluso con denunciar la permanencia del país en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Reubicó la embajada estadunidense ante el gobierno de Israel en Jerusalén, violentando las relaciones de EEUU con varios países árabes. Retiró la participación de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán. Impuso en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) a un ciudadano estadunidense, Mauricio Claver-Carone, rompiendo con la tradición de que el banco, con sede en Washington, siempre era presidido por un latinoamericano. Hizo lo propio en la Organización de los Estados Americanos (OEA) impulsando en plena pandemia la ratificación en el cargo, por un segundo período, del uruguayo Luis Almagro. Ha aplicado aranceles al acero y el aluminio a todos sus socios comerciales. Desarrolla igualmente una guerra comercial sobre todo contra la República Popular China (RP China) pero también castiga a sus socios europeos a los que aplica innumerables sanciones en diversos productos. Se ha mofado de sus aliados, a los que ha echado en cara que no asumen los costos financieros que les corresponde en el mantenimiento de las bases e instalaciones militares estadounidenses en sus respectivos territorios.

Con el advenimiento de la pandemia provocada por el SARS-CoV-2, agente causal del COVID-19, la administración de Donald Trump renunció a la posibilidad de liderar la respuesta mundial contra la contagiosa enfermedad, incluso sembrando serias dudas respecto a su capacidad para responder adecuadamente a la emergencia sanitaria en casa, que a la fecha tiene casi 10 millones de casos confirmados y un cuarto de millón de defunciones. Pero también, sus simpatías con el supremacismo blanco, el cual ha empoderado a grupos radicales exacerbando la violencia racial; su situación fiscal personal; las mentiras sobre los estados financieros de sus empresas; los sobornos a una actriz porno con quien mantuvo una relación inapropiada en plena campaña presidencial en 2016; y la aún no esclarecida injerencia rusa en los comicios de hace cuatro años, han desgastado la imagen presidencial ante el electorado, dado que Trump ha violado numerosas reglas sin recibir las sanciones que al ciudadano de calle, en contraste, sí se le aplican. También hay preocupación porque Trump podría haber incurrido en posible nepotismo al tener su hija pródiga Ivanka Trump y su esposo Jared Kushner con responsabilidades en el gobierno que no están claramente delimitadas ni transparentadas, ello sin contar que estos personajes tienen acceso a información sensible para la seguridad nacional estadunidense que pueden emplear a discreción.

AFP

Todo ello explica el júbilo de parte de la comunidad internacional al conocerse que el candidato demócrata supera en las preferencias electorales al controvertido republicano. Expresa el sentir de millones de personas en todo el mundo para quienes el gobierno de Trump resulta deleznable por las razones expuestas y otras más. Apelan a que, con un cambio de gobierno, Estados Unidos volverá a la cordura, sin que ello signifique una renuncia de Washington a promover sus intereses instrumentales particulares en el mundo. No sobre decir que la ratificación de la victoria de Biden compete esencialmente a los estadunidenses y sus instituciones: el resto del mundo no vota en esos comicios, por más que se hayan producido -y sigan ocurriendo- celebraciones en todas partes.

Cierto es que el virtual Presidente electo no tiene un escenario halagüeño. Tras la presidencia de Trump deberá acelerar la lucha contra el COVID-19. Asimismo tendrá que hacer frente a la debacle económica del país, a su enorme déficit comercial y al endeudamiento de Estados Unidos que ha roto todos los récords posibles. Asimismo, deberá restituir la colaboración con el mundo, no sólo a propósito de la pandemia sino en otros frentes. Israel, por ejemplo, tan favorecido por la administración Trump, ve con recelo a Biden, igual que Irán, quien, no obstante celebrar su victoria dejó en claro que espera cambios en la política exterior de quien, se espera, sea el nuevo inquilino de la Casa Blanca a partir del 20 de enero de 2021.

La diplomacia de Biden se antoja compleja. Deberá sanar heridas con la República Popular China (RP China), tan defenestrada por Trump y vencer las reticencias de Rusia -ambos países aún no lo felicitan-, además de trabajar arduamente con sus aliados y con quienes no lo son, como Corea del Norte, tan empoderada por el trumpismo -no obstante la continuación de su programa nuclear, incluso en plena pandemia. Parece difícil que, en tan sólo cuatro años, Biden revierta el declive de Estados Unidos que Donald Trump aceleró.

Pero, a todo esto, ¿qué va a pasar con Trump si se confirma su derrota? En modo alguno se puede afirmar que vaya a desaparecer del escenario político. Si bien tanto en 2016 como en la actualidad ha perdido el voto popular, tiene una base de apoyo amplia que lo mantendrá vivo, políticamente hablando, por largo tiempo. Incluso hay quienes consideran que podría volver a contender en 2024, con todo y que, para ese tiempo, tendría 78 años. A diferencia de México, donde los ex presidentes prácticamente desaparecen de la escena política nacional tras dejar la silla presidencial -con sus asegunes, claro, ahí está el caso de Vicente Fox, pero más destacado el de Ernesto Zedillo quien forma parte de grupos de expertos internacionales que asesoran a Naciones Unidas y otras entidades para analizar opciones ante diversas problemáticas globales-, en Estados Unidos muchos de ellos crean fundaciones, bibliotecas, escriben sus memorias, dictan conferencias y mantienen cierta ascendencia en determinados temas, por ejemplo, la Fundación Carter en aspectos electorales que le valió a su patrono, James Carter, el Premio Nobel de la Paz en 2002, por su contribución a la democracia y a la solución pacífica de los conflictos. Carter también financia a través de Habitat Humanity, la construcción de viviendas para personas con escasos recursos. Otro caso a destacar es el de la Fundación Clinton, creada cuando el demócrata dejó la presidencia tras el arribo de George W. Bush. Dicha fundación estuvo en el ojo de la tormenta en el marco de los comicios de 2016 al contar con un notable financiamiento en ese año, que luego se desplomó cuando se confirmó la derrota de Hillary Rodham. El posible desvío de recursos recibidos en la fundación para favorecer la campaña de la candidata demócrata, sigue siendo motivo de controversia al día de hoy. Otro caso es el de George H. W. Bush y el de su hijo George W. Bush. El primero obtuvo importantes regalías por 10 libros que escribió con sus memorias y experiencias. Su vástago, quien también escribió una obra alusiva a su paso por la Casa Blanca, se ha embolsado millones de dólares por concepto de regalías y conferencias.

Barack Obama al igual que su esposa, han publicado diversos libros, impartido conferencias y viajado ampliamente por el mundo. Obama ha criticado diversas acciones de Trump, por ejemplo, la salida del Acuerdo de París y del pacto nuclear con Irán, su política migratoria, y, ciertamente la manera en que ha enfrentado la pandemia provocada por el SARS-CoV-2. Asimismo creó la Fundación Obama que, con sede en Chicago, sería responsable de supervisar la creación del Centro Presidencial Barack Obama. Por si fuera poco, desarrolló una productora que realiza documentales para Netflix, uno de ellos ganador del Premio Óscar en el presente año.

John Quincy Adams decía que no hay nada más patético que ser un ex Presidente y por eso, al término de su mandato, se mantuvo como legislador hasta su muerte. Algunos ex Presidentes, como es sabido, han logrado reinventarse. Incluso Nixon, tan defenestrado tras la crisis de corrupción que lo llevó a dimitir, logró alzarse como un prolífico autor, claro, cobijado por el perdón presidencial que le otorgó Gerald Ford. Si se confirma la victoria de Biden, Trump podría enfrentar cargos por los ilícitos descritos que se le imputan, aunque, presumiblemente, en aras de la unidad nacional, el primero podría otorgarle un perdón presidencial. Aún es pronto para saberlo. ¿Escribirá sus memorias? ¿Creará una fundación filantrópica? ¿Se irá del país? ¿Volverá a contender por la presidencia? La moneda está en el aire. Lo cierto es que hay Donald Trump para rato.

 

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