Manuel Cifuentes Vargas

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Doctorante en Derecho por la UNAM.

Bicentenario de la Consumación de la Independencia de México Segunda parte

Los Tratados de Córdoba

Hoy que se cumple el Bicentenario de los “Tratados de Córdoba, vale retrotraer este histórico documento a nuestro tiempo, con el objeto de revivir algunos de sus pasajes sustanciales, ya que con ellos se fue concretando la edificación del país en ciernes.

Retrato del teniente coronel don Juan O’Donojú // INAH-Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec

Después de los dos primeros trascendentales pasos que se dieron con el acercamiento, encuentro y acuerdos de Acatempan, así como  con la posterior proclamación del Plan de Iguala, este fue el segundo documento que se firmó, ya en camino firme al cumplimiento de la Independencia de México: el primero por Vicente Guerrero Saldaña y Agustín de Iturbide como símbolo de la reconciliación de los dos grupos en lucha: insurgentes y realistas, y el segundo ya con el nuevo representante político enviado de España, por Iturbide y Juan O´ Donojú y O´ Ryan.[1] Sin lugar a dudas, un importante documento ya definitorio para la culminación de la ansiada emancipación de la corona española.

Pero antes hay que recordar que en el tramo de tiempo  que va del Plan de Iguala a la firma de los Tratados de Córdoba,  se protagonizaron algunos hechos de armas y otros de carácter político con agrupaciones militares que se resistían a reconocer el nuevo proyecto  que se estaba fraguando  para favorecer la concreción de la emancipación de la corona española, así como el propio trabajo político que realizó O´ Donojú, que se registran en la historia preparatoria a la realización de la Independencia de México, entre los cuales cabe destacar los dos siguientes:

  • Un 13 de marzo de 1821, el ex realista José Joaquín de Herrera, retirado en Perote, Veracruz, con el grado de teniente coronel y ya en este tiempo dedicado a boticario, acaudilla a una columna de granaderos que se sublevan al virrey y se proclaman partidarios del Plan de Iguala. Se les une una parte de la guarnición de la fortaleza de San Carlos y salen hacia Orizaba, tomada por los insurgentes. Al llegar a Orizaba, encuentra que la plaza ya fue ocupada por los realistas, dirigidos por Antonio López de Santa Anna, quien al ver la superioridad de Herrera, y considerando la inminente caída del imperio español, se pasa a las filas de los afectos al Plan de Iguala.
  • Al decir de Ignacio Gonzales-Polo, mediante una carta enviada a Iturbide, el recién llegado O´Donojú lo invita a que se reúnan a conversar en la Villa de Córdoba, expresándole que su único deseo era: “tranquilizar las inquietudes, no consolidando el despotismo, no prolongando la dependencia colonial, ni incurriendo en las funestísimas debilidades de muchos de mis antecesores, combinados por un sistema de gobierno que se resentía del barbarismo de los siglos en que se estableció, y que ya felizmente no rige entre nosotros.”[2]

Como hemos dicho, estos fueron dos importantes hechos preparatorios a la precipitación de la Independencia mexicana.

Ahora bien, hay que subrayar que desde antes de la consumación formal y material de la Independencia nacional, en estos Tratados, que son la continuación documentada de los pasos firmes que se dieron para darle forma y sentido material a la concreción de la Independencia mexicana, ya se señalaba desde sus primeros artículos, como para que no hubiera dudas, el proyecto, perfil y matiz de país que se seguiría. Son tres los ejes que serían la vértebra sobre la cual se erigiría  el nuevo Estado: el de un país independiente y soberano; que sería un Imperio y que tendría un gobierno monárquico constitucional moderado. Por su importancia, vale reproducirlos:

“Art 1º Esta América se reconocerá por nación soberana e independiente, y se llamará en lo sucesivo imperio mexicano.

“2º El gobierno del imperio será monárquico, constitucional moderado.”

Sobre el particular, considero que aunque ya se intuía que era imposible que el entonces Rey de España renunciara a esa corona para aceptar la de México, y que tambié difícilmente alguien de sus consanguíneos la aceptara, en su artículo 3° se cubrieron las formalidades para darles prioridad en el llamado a reinar el Imperio Mexicano, por lo que se decía al final de dicho precepto, que en caso que no fuera aceptado por ninguno de los que puntualmente enunciaba, lo sería el que las Cortes del Imperio designara.

¿Y quién era en ese preciso momento el más perfilado para ocuparlo por el papel que jugó entre los dos grupos reconciliados para el logro del proyecto independentista, primero con Guerrero y después con O´ Donojú? Aunque a muchos no nos guste, viéndolo desde un ángulo realista, sereno y sin apasionamientos chauvinistas, pues creo que era Agustín de Iturbide. Si se quiere todo urdido, maquinado y hasta sin un impecable pasado, pero así fue.

Y me atrevo a pensar que así lo vio desde un principio  su primer par independentista, Vicente Guerrero, digno de alabanza al mostrar la grandeza de su nobleza y sublime desprendimiento de ambiciones personales, para ponerlos al servicio del término de una guerra para lograr finalmente concretar la ansiada Independencia del país (que no era una persona inocente como algunos creen, menos siendo un militar con mando formado en el campo de batalla por once años), porque como él mismo lo pensaba, lo decía y lo demostró irrefutablemente en los hechos, la patria era primero. “La Patria es Primero”, y después todo lo demás y todos los demás, sean quienes sean. Una frase sentida, de altura e imperecedera que debería estar siempre en nuestra mente y en nuestro quehacer diario, y con mucho más razón en todo político y en todo servidor público.

Siguiendo el hilo conductor del espíritu del Plan de Iguala, en sus artículos 6°, 7º y 8° de los Tratados, y también se determinó que se formaría una Junta Provisional Gubernativa, de la cual el Teniente General Juan O´Donojú sería uno de sus integrantes, toda vez que no solo se consideraba conveniente que formara parte de ella, sino que además tuviera una participación inmediata en el gobierno.

Asimismo, conforme a su numeral 9º, se determinó que la Junta Provisional de Gobierno contaría con  un presidente que ella misma nombraría. La elección de  éste recaería en uno de sus propios integrantes, e incluso se abría la posibilidad para un externo, que reuniera la pluralidad absoluta de sufragios.

Otro punto a destacar, es que de acuerdo con su artículo 10, la primera tarea de esta Junta, sería elaborar un manifiesto al público en el que se informara de su instalación y los motivos por los que se reunirían, así como para enterarlo sobre la forma en que se haría la elección de diputados a las Cortes.

En su artículo 11, hablaba de que la Junta Provisional de Gobierno nombraría después de la elección de su presidente, una Regencia, la cual se compondría con  tres personas de sus propios miembros, o de un externo a ella, en la que residiría el Poder Ejecutivo, misma que gobernaría en nombre del monarca hasta que éste tomara el cetro del Imperio.

Cabe apuntar que conforme al numeral 12, la citada Junta gobernaría interinamente tendría como base las leyes vigentes en ese momento, que obviamente eran las españolas, en lo que no se opusieran al Plan de Iguala, y en tanto las Cortes crearan la Constitución del nuevo Estado.

También determinó, de acuerdo con el artículo 13, que la Regencia procedería a convocar a Cortes conforme al método y espíritu del artículo 24 del Plan de Iguala, que determinara la Junta Provisional de Gobierno.

Señalaba, conforme al precepto 14, que el Poder Ejecutivo residiría en la Regencia y el Legislativo en las Cortes. Sin embargo, se dejaba que provisionalmente la Junta Provisional Gubernativa  asumiera las funciones del Poder Legislativo, solo en cuanto quedaran constituidas las Cortes, para atender los asuntos urgentes de esta naturaleza que se presentaran. En un supuesto, para aquellos casos que pudieran ocurrir y que no dieran lugar a esperar la reunión de las Cortes, para proceder conjuntamente con la Regencia; y en otro, para servir a la Regencia de cuerpo auxiliar y consultivo.

Estos Tratados, que se componen con 17 artículos, como su nombre lo dicen, fueron firmados en la entonces Villa de Córdoba, el 24 de agosto de 1821, por Agustín de Iturbide y Juan O´Donojú, dando fe de la fidelidad de la copia de su original José Domínguez y José Joaquín de Rea del original que quedó en la  comandancia general; actuando como ayudante secretario Tomas Illañez.

“Los tratados de Córdoba son el reflejo del gran esfuerzo político por alcanzar un ajuste entre diferentes intereses, con la responsabilidad por validar ideas plasmadas en el movimiento de Independencia personificado por Agustín de Iturbide como Comandante del Ejército Trigarante, frente a las muy limitadas posibilidades del Teniente General Juan O´Donojú, recién llegado de la Península Ibérica, representando al Virreinato de la Nueva España.

“Los Tratados por tanto, no fueron solamente el reconocimiento de la unión de las fuerzas insurgentes y realistas o el concilio de intereses entre la Colonia y la Corona Española,  sino un cuerpo jurídico estructurado que siguió siendo utilizado hasta la formación del Primer Congreso Constituyente Mexicano.

“La firma del Tratado no detuvo a los españoles más leales a la Corona, quienes rechazaron el documento y mantuvieron ocupadas las plazas de México, Veracruz, San Carlos de Perote y el castillo de San Diego en Acapulco. Estas discordias entre los realistas y el Ejercito Trigarante, finalmente terminaron cuando el General Francisco Novella se desempeñaba como Jefe Interino Superior de la Nueva España, quien encontrándose en una situación insostenible fue obligado a retirarse, dando como resultado que  los españoles que aún permanecían en el territorio se desplazaran hacia Veracruz, para abandonar las plazas de inmediato.”[3]

Nos dice Ignacio Gonzáles-Polo, que  dos días después de que firmó los Tratados,  O´Donojú se dirigió al General José Dávila, último jefe realista que se mantuvo adicto a Fernando VII en el Fuerte de San Juan de Ulúa para, al margen de ordenarle que impidiera el desembarco de las tropas españolas que venían de La Habana, expresarle que estaba “convencido de la justicia que asiste a toda sociedad para pronunciar su libertad y defenderla a par de la vida de sus individuos;  de la inutilidad de cuantos esfuerzos se hagan, de cuantos diques se opongan para contener sagrado torrente, una vez que haya emprendido su curso majestuoso y sublime.” Y “de que es imposible”, para ser independiente, “vivir sujetos a tutela.”[4]

“Una vez firmad el Tratado de Córdoba, O´Donojú se dirigió a Puebla  con Iturbide y desde ahí trató de convencer al virrey provisional, Novella, de que depusiera las armas y se rindiera,  lo que aconteció después de la reunión de éste con O´Donojú e Iturbide en la hacienda de la Patera, muy cerca de la ciudad de México, el 13 de septiembre de 1821.

“De suerte que, hallándose  cuatro días después don Juan en Tacubaya, se dirigió gozoso y optimista, a los habitantes de Nueva España, expresándoles:

“ Mexicanos de todas las provincias de este vasto imperio, a uno de vuestros compatriotas, digno hijo de patria tan hermosa, debéis la justa libertad civil que disfrutáis ya, y será el patrimonio de vuestra posteridad; empero un europeo ambicioso de esta clase de glorias quiere tener en ellas la parte a que puede aspirar, ésta es la de ser el primero por quién sepáis que terminó la guerra (…)cesaron felizmente las hostilidades sin efusión de sangre; huyeron lejos de nosotros las desgracias que de muy cerca nos amenazaban; el pueblo disfruta las dulzuras de la paz; las familias se reúnen y vuelven a estrechar los vínculos de la naturaleza que rompió la divergencia de opiniones, y bendice a la Providencia que hizo desaparecer los horrores de una guerra intestina, substituyendo a las convulsiones de la inquietud las delicias de la tranquilidad; al odio, amor, y a las hostilidades, amistad e intereses recíprocos. Amaneció el día tan suspirado por todos en que el patriotismo exaltado se redujo a sus verdaderos y justos límites; en que los antiguos resentimientos desaparecieron; en que los principios luminosos del derecho de gentes brillaron con toda su claridad. ¡Loor eterno y gracias sin fin al Dios de las bondades que usa así con nosotros de su misericordia!

“O´Donojú culminó su discurso diciendo, como si se tratara de una premonición, que:

“Instalado el Gobierno acordado en el tratado de Córdova, yo seré el primero a ofrecer mis respetos a la representación pública. Mis funciones quedan reducidas a representar al gobierno español, ocupando un lugar en el vuestro conforme al dicho tratado; a sr  útil en cuanto a mis fuerzas alcancen al americano, y a sacrificarme gustosísimo  por todo lo que sea un obsequio de mexicanos y españoles.”[5]

Agustín de Iturbide. en la mesa se encuentra el Acta de Independencia del Imperio Mexicano firmada por Agustín de Iturbide y otro documento con el Plan de Iguala enrollado, también sobre la mesa un sombrero bicorneo con plumas con los colores trigarantes y una pequeña escultura, detrás se observa el Valle de México con sus montañas, del lado derecho una silla tallada y dos grandes columnas // INAH-Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec

Vale señalar, que si bien es cierto que la proclamación y de hecho los primeros indicios tendientes a la Independencia fue desde el propio inicio de la insurgencia, el primer documentos legal en el que se reconoció formalmente aquí en nuestro territorio, la Independencia de México por parte de una autoridad española, fue en los Tratados de Córdoba, a través del recién llegado de España Juan O´Donojú, aunque no con este propósito, sino con el de reemplazar a la autoridad virreinal existente. Tan es así, que España no la reconoció en ese momento, lo cual nos confirma que no traía por lo menos esa encomienda oficial, pues ésta  finalmente llegaría de manera oficial años después.

Hay a quienes extraña el hecho que O´Donojú muriera el 8 de octubre, de 1821; esto es, apenas once días después de haberse consumado la Independencia, a un mes catorce días de haber firmado los independentistas Tratados de Córdoba y dos meses ocho días de haber llegado a la entonces todavía Nueva España. Se le sepultó con los honores y título de Virrey. En sus exequias al ser sepultado al día siguiente en la bóveda del Altar  de los Reyes de la Catedral Metropolitana, donde todavía se conservan, asistió Vicente Guerrero quien al dirigirse a la división del ejército que comandaba, les dijo: El fallecimiento del Excelentísimo señor don Juan O´Donojú, vocal que fue de la Regencia del Imperio, teniente general de los ejércitos españoles, etc. etc. a llenado de amargura llenado de amargura mi corazón. Ninguna expresión será bastante para manifestar mi sentimiento por la pérdida de este profundo político,  que en tan corto tiempo dio  a mi cara patria las pruebas menos equivocas de predilección.  No dudo que los señores jefes y oficiales de la división de mi mando, poseídos de estos mismos sentimientos, procurarán sensibilizarlos a la vista del gran México (…) y unirán conmigo sus votos para implorar del trono de las misericordias el eterno descanso de una alma digna de nuestro reconocimiento y gratitud.”[6]

Otro hecho, según el mismo González-Polo, es que “lo que sí llama la atención  es la indiferencia con que se comportaron a lo largo  de la enfermedad y muerte de O´Donojú los miembros de la Junta Provisional Gubernativa quienes,  a invitación de Iturbide, discutieron si concurrían  o no a los funerales y pésame como particulares o a nombre o de parte de la Suprema Junta, pero no con su representación.”[7]

Y al decir de Carlos María de Bustamante, citado por González-Polo, tampoco en las sesiones de la Junta Provisional Gubernativa, hasta el día que murió, no existe en sus actas ningún comentario sobre su estado de salud o de su ausencia en las mismas.[8] Las sospechas están en el aire, al no haber pruebas de alguna conspiración en torno a su persona.

Hay que resaltar que la Junta Provisional Gubernativa y la Regencia son los primeros órganos de gobierno constitutivos del nuevo país, y que ellos también, en el mes de septiembre próximo  cumplirán 200 años que fueron instalados para darle cause a las siguientes instituciones del nuevo Estado Mexicano.

Me parece oportuno proponer en este espacio, que con motivo del bicentenario de la consumación de la Independencia, pero también de los Tratados de Córdoba, que fue el documento jurídico que finalmente dio pauta a la concreción de ésta, en un lugar adecuado donde se encuentra el inmueble en el que se celebró el encuentro, se concretó el acuerdo y se firmaron los mismos, debería colocarse ahí  un monumento con la efigie de Agustín de Iturbide y de Juan O´Donojú, a fin de rendirles un justo homenaje a estos dos independentistas y a los propios Tratados de Córdoba, también por el cumplimiento del bicentenario de su expedición.


[1].- Juan O´Donojú y O´ Ryan. Nació en Sevilla, España, el 1 de agosto de 1762. De abuelos y padres irlandeses emigrados a España por cuestiones religiosas. Fue designado por el Ministerio de Ultramar el 25 de enero de 1821, Capitán General y Jefe Superior Político de la Nueva España. “…en sustitución del título de virrey, suprimido por las Cortes de Cádiz.” Llegó el 30 de julio de 1821. González-Polo, Ignacio. Don Juan O´Donojú, un benemérito  gobernante olvidado en la historia de México. Boletín,  vol. XI, números 1 y 2, México, primero y segundo semestre de 2006. UNAM. Instituto de Investigaciones Bibliográficas.  PP. 2 y 5.

[2].- González-Polo, Ignacio. Don Juan O´Donojú, un benemérito  gobernante olvidado en la historia de México. Boletín,  vol. XI, números 1 y 2, México, primero y segundo semestre de 2006. UNAM. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. P. 3.

[3].- “Tratados de Córdoba. https://enciclopedia de historia.com/tratados-de-cordoba/

[4]. González-Polo, Ignacio. Don Juan O´Donojú, un benemérito  gobernante olvidado en la historia de México. Boletín,  vol. XI, números 1 y 2, México, primero y segundo semestre de 2006. P. 4. UNAM. Instituto de Investigaciones Bibliográficas.

[5]. González-Polo. Ob. Cit. PP. 5 y 6.

[6]. Ibidem. P. 9.

[7]. Ibidem. P. 8.

[8]. Idem.

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