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Angélica de la Peña

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Benito Mussolini, el fascismo y López Obrador

No es la primera ocasión que el presidente López Obrador menciona la anécdota de que Mussolini el Duce, se llamaba Benito porque su padre le puso así, en honor a Benito Juárez. El 21 de marzo pasado también lo mencionó, y el desafortunado comentario dio pie a un artículo que publiqué el 25 de marzo en El Sol de México intitulado “La remembranza a Mussolini”.

En ese artículo escribía que López Obrador ha roto todos los moldes. En el aniversario de la ONU, en su mensaje como Jefe del Estado mexicano, se vuelve a constatar que ha roto todos los moldes: ningún mandatario mexicano se había atrevido a mencionar a un fascista en una reunión mundial, salvo para deslindarse. Porque la pregunta es inevitable: ¿Qué presidente de un país democrático y con la trayectoria de México que abrió sus puertas a víctimas del fascismo de la Segunda Guerra Mundial y que se distinguió en señalar las tropelías del fascista Mussolini ante la entonces Sociedad de las Naciones, tiene la fijación en un hombre terrible? Y perdonen sus fanáticos que todo le disculpan, pero su exaltación a Juárez, no viene al caso endilgarla también, a partir de la coincidencia del nombre, a un fascista. Es de terror.

Hay cuestiones que nos deben alertar respecto al posible camino hacia un fascismo: la presencia de elementos religiosos en los discursos del presidente; la sacralización de la política; cada mañana, la liturgia egocéntrica y sus irrespetuosos comentarios a la oposición, o a alguien que simplemente se atreve a hacerle una crítica; su presencia siempre imbuido en un heroísmo y retórica nacionalista y populista; su permanente añoranza a tiempos pasados los cuales hace una permanente referencia para reafirmar que él es la continuidad de la siguiente transformación.

El uso de la propaganda que excelsa su personalidad para fomentar una euforia psicológica repitiendo hasta el cansancio que está acabando con la corrupción, que ahora todo se hace bien, que tiene controlada la pandemia, que todos los partidos son corruptos, que los organismos autónomos son un invento del neoliberalismo, que los medios de comunicación también le servían. Toda la descalificación a la oposición, cualquiera que sea la tendencia de estas, también es propia de un régimen fascista. Muchas similitudes encontraremos entre el presidente y Mussolini al que parece admirar.

Hoy, además, hizo el ridículo ante el mundo, habló de un país que no es este, de una rifa de un avión que no lo fue, sin venir al caso de un fascista que se llamó Benito por Juárez; 19 minutos de una retórica vergonzosa en un evento de la Organización de las Naciones Unidas la cual surge precisamente después y como respuesta de la derrota al fascismo. Causa un gran desasosiego que a este país lo esté llevando al desastre; y sí, ya todo mundo se dio cuenta de nuestro penar.

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